El gallo en el espejo

Nunca tuvo Guachi muchas esperanzas de celebrar su nochebuena porque, entre otras cosas, carecía de plata. Pero del 20 al 30 seguramente se presentaría algo que hacer, desde cargar algunas maletas en piqueras de guagua hasta conducir jaulas de pollos, huacales de frutas o matules de legumbres de las hortalizas al mercado; algo, algo... Estos días siempre son propicios al movimiento; la gente va de un lado a otro, hace compras y en cualquier momento, por supuesto, sería posible festejar la fecha.

En el huevo del ojo se le ve que ha pasado algún tiempo frugalísimo durante el cual ha debido comer esas ensaladas de aire y esas tajadas de chiflo, tan famosas. Alguna aventurilla le ha tentado; no ha caído. Es un muchacho con principios que no quiere mezclarse, a pesar de sus amigotes, a la mala faena. Ha roto el vínculo de familia, se ha escapado de la casa y no sabe en qué emplear sus dieciocho años ociosos. Se ha escapado de la casa porque le fastidia ser gravoso a su madre, estar pesando sobre ella, y necesita abrirse paso, conquistar el mundo. Solo que de este modo...

—Guachi; te viene bien abril una puelta... No te vas a pasal la vida esperando que te caiga del cielo.

— ¿El qué? Yo no nací pa eso.

Y Guachi soporta la burla de los amigotes que merodean por el mercado, pasa lo suyo, toma su café con leche cuando lo consigue (la completa, cuando la suerte le bate), duerme en cualquier portal y piensa que si alguien le diera a vender unos billetes de lotería no haría mala cosa. Porque él desea ganarse la vida honradamente y cumplir, cumplir siempre. ¿No está en tratos para sacar su carretilla, con viandas o frutas, un día de estos, así que tenga para el fondo y la garantía?

Un zapato se le ha roto ya, por el contrafuerte, por donde casi nunca se rompen los zapatos. ¡La de tropezones que ha dado! La de tropezones y reculones... Y piensa que tal vez si fuera de noche en busca de aquellos otros de vaqueta con que correteaba el barrio, que deben estar todavía debajo de la cama donde los dejó, podría hacer un cambalache y salir de apuro. Pero su camisa no está mucho mejor que esos zapatos, y el pantalón, bien mirado, ¿siquiera es decente? “¡No hay suerte pa el hombre honrao”. “Yo iría —se dice—. Hace tres meses que no veo a la vieja. Pero me da vergüenza... Sobre todo que me pongan la vista encima aquellos que antes siempre me tuvieron — ¡válgame Dios!— por lo que debía haber sido: un buen hijo trabajador”.

—Pareces un finao —decía la madre un tiempito atrás; y quería decirle que de tan sucio y destartalado semejaba eso, un finao. Porque nadie daba a finao el valor de finitud, sino que de abandono y destrozo.

— ¡Qué lááástima! —gritaba el borracho que andaba a pie todo El Moro, toda La Lira, que dormía entre El Moro y La Lira como quien dice: él, que siempre estaba entre pinto y valdemoro—. ¡Qué lááástima!

Y esto lo plañía como en un silbo desgarrado, dando tumbos en su noche de miserere. Y los muchachos le preguntaban:

— ¿Lástima de qué, Zamora? ¡Tás completo!

—Que Zamora beba... ¡Qué lááástima!

La madre le decía:

—Mira, Guachi, a lo que se llega por mala cabeza. Portarse bien, no hacer locuras, que te volverás un perdío, como Zamora. Ya eres finao, pero si te bañas, si te limpias... ¡Ayer, las medias! Voy a lavarlas... ¡A ver, su camiseta! Mi filo no es un finao...

Y, ¡lo que quiere el pie!, bien que se veía camino de su casa. Pensó que su mamá después de todo era su mamá, un poco materia adjunta y minúscula, galifarda sin remedio, cosa que le sonroja un tanto, pero su mamá al fin... ¿Cuándo su mamá iba a dejar de hablar tan raro? Bien que en trasantaño anduviese con todos esos ous y meus, pero ahora, ¿todavía? Si hasta los gusarapos que sirven por el Vedado ya no dicen así, aunque hayan venido ayer de allá, y se vuelven biyayas y parlan una letra de guardacandelas. “¡No hay derecho, comadre!”

A su casa iba, no sin incertidumbre, a ver la vieja, a buscar los zapatos. Venía a pie desde el mercado, con su poco de cansancio, esperando que cayera la noche para que los vecinos no le reconociesen y a lo mejor:

— ¡Miren a Guachi, que se le acabó la cuelda! Ya volvió.

— ¡El pobre Guachi! La estampa de la herejía... El viento no se cocina, ¿eh?

Como seda se desliza frente a una casa de concreto, la única en todo el barrio; en los dos barrios: en La Lira, en El Moro. Miró por la cancela a hurtadillas. Unas muchachas estaban en palique:

— ¿Qué te parece lo de Bismark?

—Pues me estropeó el domingo. Yo tenía que salir a Rancho Boyeros, a un asalto de cumpleaños, ¡y ya ves! Me rompió las medias.

— ¡Qué perrito el tuyo! Y eso que dicen que está criado debajo del escaparate. En too se mete.

Le deslumbró una luz potente cerca de su casa, iluminando su casa, la miseria de casa en que vivía su madre. Bajo los focos vio el aguilón de una grúa girando en todas direcciones, removiendo tierra y lodo para dar paso a un camino. Veía eso que es trabajo y se ruborizó, no por fuera sino por dentro. Luego se dijo:

—Ese Bismark es el perrito salchicha que le regalaron a... ¿Cómo se llama esa muchacha?

Y viró en redondo. El brazo mecánico de la grúa como que le estaba acusando sin piedad, por holgazán y vagabundo. ¿Qué cuento es ese? ¿Qué confusión siembra en su alma? Y ya no pensó más en su madre, ni en sus zapatos, ni en el pollón aquel que ya sería un gallo y al cual su madre quiere como a un familiar cercano.

La pobre María Bidó, todavía muchacha de servir a los sesenta años, como se acercaba la navidad estaba muy triste. No veía a su hijo, se sentía achacosa, y si se le preguntaba:

— ¿Qué tiene la doña? Dígalo, no lo escriba.

— ¿Además de calendario? —respondía—. Morriña...

A veces sacaba una carta, la única de ese tipo que recibiera en toda su vida, copiada de tal cual manualillo, a saber: “Distinta damisela: Confíome a bondade qui non poide fallar á quen posexe unha fermosura deslumeante, pra qui me perdoe o es trevimento de isquirbir–le, o qui fago obrigado pal–a pasión demasiado vemente qui as suas olladas espertaron no meu corazón...”.

Por allá quedaba la firma del padre de Guachi, mohosa, herrumbrosa; una sombra de humo como era el padre ahora. ¿Y dónde se había metido el hijo, proyecto de sombra también? Porque no da señales de vida, se marcha y no vuelve...; eso es, tal hizo el otro en tiempos...

La pobre María Bidó había hecho una promesa: vestirse de saco un año si su hijo se quitaba de lo que andaba, cualquiera que fuese el asunto en que se amarra. ¡Oh! Su corazón no hace más que preguntarse: “¿En qué malas piedras pone su planta el chico este? Debe andarse en muy buenos malos pasos...”. Criado muy libremente porque su papá —decía María— nunca se ocupó de meterlo en cintura, saltarín de riscos y peñascales, flor de las afueras, le dejaron hacer cuanto quiso sin ocuparse nunca de averiguarlo. El padre había criado puercos y el hijo se había criado, si no como esos gochos, punto menos: comer, hocicar, dormir..., ¡y en santa paz!

Pero la María Bidó no se angustia mucho porque también tiene, ¿cómo decirlo?, otro hijo. O se angustia en una suerte de encantamiento, porque el otro hijo le resarce de los dolores que le produce el Guachi. O el Guachi y este, váyase a ver, es la misma cosa.

A veces sostiene conversaciones muy curiosas con desconocidos que se interesan por ese bulto que siempre lleva a cuestas:

— ¡Ababoles! Meterse a lo suyo; no es ningún finao...

O bien responde a aquellos que saben bien lo que lleva allí:

—Maldito. No preguntes por gusto. Te harás muy feo y orejudo.

Le había dado por plantarse a media tarde en el parque Trillo, junto a un banco de hierro y listón, haciendo hora para seguir a su trabajo. Pero como ponía el asunto sobre el banco y, ¡vamos!, los bancos están hechos para que se siente la gente y no se manchen la ropa, María sacaba un trapo, y tendiéndolo cuidadosamente emitía con ternura:

—Tesoro: así no harás daño. Arrecochínate bien...

Los transeúntes miraban aquello y pensaban: “Debe estar chiflada esta mujer...” El guardaparque daba la vuelta, se detenía maquinalmente y ella, una y otra vez:

—Puedo quedar, ¿no es eso? Todo está bien; el palio lo pongo por si acaso...

De tanto detenerse ante ella el guardaparque, María tomó confianza y pasaba más tiempo ante el banco, de pie, siempre de pie, mirando para su amor. Un día un comerciante retirado se detuvo a interrogar:

— ¿Y qué hace usted con ese gallo aquí, mujer?

—Pero si es un pollo, caballero —dijo ella—. Un pollo...

—Bueno, ¿y qué? Le pregunto qué hace.

Muy asustada, solo acertó a decir, de corrido:

—Le paseo... Le traigo a ver el verde. No tiene más que nueve meses, un pollo... ¡y mire qué carne! No parece sino carne de gente. La señora de la casa donde trabajo le dio con la uña en la pechuga. ¡Mala! ¿A que no se figura usted por qué hizo eso? ¡Quien va a saberlo! ¡Oh!, fíjese qué plumita esta del rabo... Esto sí es pluma bonita; la misma con que se hacen los plumeros chinos, sí, señor. Mi filio es muy bueno; se garra con las uñas a esto que le pongo..., como si fuera faldellín. Le llevo aniñado, con su almohadita y todo. La señora tiene que admitirlo; ese fue el trato. Y ella le dio con la uña, me parece a mí, por si tenía abajo sangre azul, de tan majo como se ve. ¡Ababoles! No hace daño a nadie. Yo llego a la cocina, lo marro a la pata de una silla pra que no ande estorbando, y él se está quieto ahí hasta que le echo el desayuno. Desayuna igual que yo: pan mojao con leche; pan blando... Aquí, en mi cartera, ¿qué llevo? Señor... Maiz y arroz pra él. Cuanto toco la cartera, tenga o no hambre, él se acerca, viene corriendito... Sabe que es su comida, porque el mi filio no come cualesquiera cosa. Le quiero como a filio; duerme conmigo y el muy ladino me abre el día canta que te canta. Bunito que canta ya... Si viera como canta el chequetín de su madre... ¿Que si me sigue? Como a sombra; no pierde paso... Y aquí le traigo, señor, pra que mire el verde... No, yerba no come; no quiere tocarla; pero el verde gústale.

— ¿Y por qué no lo deja en la casa?

— ¿En mi casa? Solito el pobre...

— ¿Tiene miedo que se lo roben?

—Rubarlo pueden, ¡hasta mí!, pero tendrán primero que matarme. Yo velo.

— ¿Y si se lo matan?

—Lo seguiré cuidando; lo seguiré viendo, muerta y todo.

El hombre se inclinó, y con una delicadeza, con simpatía:

— ¿Qué le pasa? ¿Está herido?

—Se le trastornó una patica. Fui por almidón, sebo y pabilo. Dile masaje; púsele una bizma. Esto tiene; una bizma. Sanará...

Hubiera querido proponerle trabajo en su casa, pero pensó en su mujer, la cual era muy quisquillosa. “Y es una lástima, porque se ve que tiene buenos sentimientos y caridad cristiana... ¡Oh; se encuentra poca gente así!”

La cúmbila habla de sus hazañas, de los negocios que hay que hacer, de las estúpidas persecuciones policiales, de lo poco que se puede contar con ese Guachi, tan zoquete que no pone media.

—No silve ni pa desvalijal un camión roto, lo más fácil del mundo. Bueno, ando en un ten con ten con él; no le doy na.

—Si se ha constituío a pedil —dijo otro—. No hace más que pedil, como un poldiosero, ¡tan joven! Con lo bien que abriría una puelta...

Pasó Lanza con su fotingo escandaloso y gritó:

— ¿Alguno va de camino? ¡Pal Cotorro!

—Bueno, si me llevas en el asiento del bobo... Los asientos de atrás estaban ocupados por dos placeros y su conversación era muy viva. Uno decía que estaba pensando dedicarse a sembrar lichí, que los chinos andan pagando a ochenta centavos la docena tal si fuera una ambrosía. ¿Lo era? “A los tres años se da —aseguraba este—, y dicen que se da muy bien. En China a veces ni a los ocho... Pero aunque sea a los cinco aquí...”. Y describía el litchí chinensis, rojo como púrpura, suave de carne, del tamaño de un mamoncillo..., buscado, muy buscado por los que saben comer. El otro hablaba de clavar fuertes clavos, de esos con que se coge el raíl al polín, para que las matas de cocos que tienen flojera en sus racimos se fortalezcan y los aguanten. Y de que había visto que un vecino enterraba tarros de buey al pie de sus naranjales con el fin de que salieran dulces las muy agrias, en vista que los injertos deforman un poco el fruto...

No se habían fijado en el que iba en el “asiento del bobo”, junto al chofer, pero su catadura de pronto les fue familiar.

—Y esa botella pa Bijirita, ¿a santo e qué, Lanza? El corazón del aludido dio un brinco. ¡Pero si le conocían! Y él que venía pensando que este fotingo podía romperse en el camino; a lo mejor Lanza lo había llamado porque esperaba tal rotura y bueno era tener un machacante; que si en el accidente había heridos, a estos heridos había que conducir a curar, y que en caso de que la golpeadura fuera de marca mayor pues hasta posible que perdieran el conocimiento, que muriesen..., con esos monederos repletos de billeticos. .. ¡Dios mío! Y saber que en la casa de socorro los pasarán por la piedra. ¡No! Solo que estos placeros que llevan sus cuchillos a veces con un corcho en la punta, a fin de protegerse si caen o resbalan, pueden también hacer volar ese corcho no tan prevenido como para que no deje actuar en su momento la buena punta jamás embotada. Pero heridos, con las cabezas abiertas, sangrantes, ¿podrían valerse?

Bijirita se rehízo en seguida, y viendo que Lanza se metía por estrechos boquetes entre carro y carro a punto de remellarlos a todos ellos, divisó puerto seguro súbitamente:

—Cuela por ahí, compa, pero con cuidado... ¡Y aquí me quedo! Mi botella es chiquita, caballeros.

— ¿En este descampao?

—Cierto y cabal. ¡Punto redondo! ¡Cuela!

Luego le comunicó por lo bajo a Lanza que quería ver a unos que andaban en el trapicheo de la fumadera; que necesita encontrarles por estos rumbos, y que otro día no lo invitase más a subir a una santabárbara tan repleta de pólvora.

Junto a la bodega conocida por la del Ñato una camada de casas verdes se apuntalaban entre sí. Cierta de ellas dio norte a Bijirita. Aquí venían a tratar los revendedores que escurrían peligro poniéndose a buen resguardo.

—Yo soy el recomendao, compa, y necesito unos prajandís.

Después de mirarle detenidamente, el que parecía currillo le dijo:

—Cogiste la guagua equivocá; de eso no hay.

— ¿Y qué hay? Porque yo vengo recomendao de parte...

—Mota —emitió el otro cuanto oyó el nombre invocado—. Y dile pa otra vez te dé un papel.

—Chantillón —completó el currillo—. A ver si nos entendemos.

—Bueno, es que ustedes no me quieren explicar. Lo que tiene de do-re-mi-fa-sol... De templar la guitarra...

“Este no es más que un alcanzador” —pensaron a un tiempo los socios, y para salir del atasco dijeron precio y condiciones. No sé qué alegó Bijirita de conseguirla más barata y fue abatido por recelosas miradas.

—Competencia en esto, ¿eh? Briegas de patanes querrás decir.

— ¡Hala! —amenazó el otro—. Y alma en boca y huesos al costal, que si no... ¡Apura!

Vuelto a la cúmbila, con una posible confidencia encima, oyó cómo Cufí decía:

—Lo que flota en el agua es el huevo podrido; la basura.

—Digo —respondía Bayoco—-; como el funerario de mi pueblo: tarde o temprano te alcanzo.

 

Este desatinado diálogo ladeaba una cuestión, es decir, consumía perífrasis y circunloquio. Los buenos muchachos no ven el momento de escalar, ellos también, las cumbres que otros escalan. Bijirita irrumpió:

—Bueno, ¿y qué preparan ustedes pa nochebuena? La tenemo encima, y hay que festejaría.

—Yo arreglé ya la mía —contestó Bayoco—. ¡Y de arribales!

— ¿Ensartaste la aguja? Eres un cairoa.

—Me puse al dao, gané unos quilos, y aunque me los deben...

—Cara...po, ¿a quién abancuchaste?

—Al tipo ese que me tiró un rentoy ayer. Le di al principio changuí y luego, con el cargao... Cuanto pague me pongo...

— ¿Y tú qué pones? —dijo Bijirita volviéndose para Guachi—. Tienes una facha de cotorra con moquillo..., ¡y cojeando! Pásate un sedal por la rozadura esa... Punto redondo: desaparece el agua. ¡Y alístate pa los prajis!

—Veremos a vel —dijo Guachi—. Tal vez ponga lo más importante, ¿qué les parece? Depende...

Y sin intención deliberada, porque aquello fue tomado a beneficio de inventario, todos se intrigaron por saber qué cosa podía allegar para la fiesta de navidad al pobrecito Guachi, y pensaban como la cosa más natural. “Guachi, te viene bien abril una puelta”.

La llana del albañil que empareja material se ha detenido en mitad de la obra a las seis de la tarde. ¡Ya no más! Pues no es un día cualquiera el 23 de diciembre, esa víspera de tres o cuatro días atorbellinados en que, reglamentariamente, debe uno embriagarse y de modo indubitable comer hasta el hartazgo. “¡Basta!”

Guachi venía sigilosamente, cantando bajito como se dice, y otra vez..., ¡la casa de concreto con sus muchachas parlanchinas!

—Es muy grande paa ella —decía una en voz muy alta—; es un siete piso... La tendrá que levantal en vilo paa besarla, ¿no?

—Será enana —interrumpió la que estaba leyendo—, ¡pero muy presumida! Eso sí... ¿Y quién quita que la quiera?

— ¡Ay, qué mona! —dijo otra—. ¿La quiere? ¿Te consta a ti?

Cuando decían “¡qué mona!” era, tal vez, para decirle, eso..., encubiertamente, porque para decirle graciosa o simpática no había deseo aparente. ¿Acaso no contrariaba ella la opinión general de que aquella enana tuviese un enamorado tan alto, tan buen mozo? Si uno supiera cómo se manejan las mujeres entre sí, para encarecerse o menospreciarse, los tonos que usan en la voz, en el acento, los diferentes grados de decir, pues no sería un sabio y en esas no estamos. Guachi pensó cabalmente que para ser un sabio...

 

Bismark ladró; le miró desapaciblemente. Chato, orejudo, criado debajo de un escaparate, formando parte del suelo, nacido de las entrañas del mosaico, pura pamplina... Le puso todas estas tachas a Bismark porque le ladraba y se dijo que para ser un sabio...

—El 25 montería, Ana. ¡Qué rica la montería! Y los rabanitos picantes. ¿Te gusta a ti el turrón de almendra?

— ¿Y el 24? ¿Qué haremos el 24 después de la cena? ¿Dónde iremos a bailar?

Siguió pegado a la sombra; pensó: “Una cuenta pa lante; otra pa trás”. El calcañar le dolía un poco; la peladura con el frío le echaba chispas. “Si tuvieran —se dijo— toavía los sapatos e vaqueta abajo la cama...”. Iba sorteando los círculos pálidos de luz, los faroles; el viento se helaba por minutos. Le pareció ver de pronto la casa, le pareció escuchar algo; paró la oreja; la vieja estaría fuera, en la colocación..., ¡y la casa sola!

Entraría en su casa como Pedro por su casa, ¡zas, zas, zas!, pero, señor, ¿qué iba a pensar la vieja cuando viese la cosa? “Bueno —había resuelto—, pa eso mi mamá es mi mamá..., y más perdona Dios y no pregunta”. Las voces se precisaron:

— ¡UPJ El mosquito tá telero; con frío y too, ¿eh?

— ¡Y bien!

— ¿Y teas fijao tú en un detalle? Que el mosquito de aquí no canta... ¡Suuuung! ¡Piaf! Y te quema... Pero no canta. ¿Cómo sabrá él dónde está uno en la oscuridad? Y no canta pa cogerte al seguro... ¡Piaf!

—Esto de la oscuridad me recuerda... Aquí mismo en este barrio... Lo más gracioso.

—A ver; dime.

Guachi estaba indeciso; no quería que le viesen entrar a la casa, y estos hombres, ¿qué hacen ahí parados en el paso mismo? Había pensado mucho en aquella plata que tenía su madre metida en el forro de la colchoneta, plata de verdad, entre el miraguano de la colchoneta, buenos pesos plata, redondos, grandísimos, con un perfil de mujer en el medio. Un montón.

—Pues figúrate..., me meto un día en el servicio del café ese de mala muerte... “Cuidao, que hay uno” —oigo—. Ya le había dao su baño de regadera; venía muy urgente. Reculé; entonces el hombre gritó: “No má amoniaco; ni en la casa de socorro lo dan ya...”.

—¡Qué pasó!

—Na; me dijo después de secarse: “¡Ñinga!... Lo que necesitas..., lo busca tú en otra palte. ¡Qué lááástima! ¡Qué lááástima que Zamora beba!” Y se volvió a dormir.

Guachi se rió sin querer. ¿Se imagina usted la escena? El infeliz borracho negándose a abandonar el sitio, señorean do el sido, “su” sitio...Y ahora les vio la cara a los conversadores, recostados a una pared, charlando placenteramente, esperando nada, de servicio rutinario por aquí, o, ¡quién sabe!, sobre una pista... Guachi pensó volverse atrás; abandonar su idea. En medio de esta dubitación se dejó ver medio cuerpo bajo la luz. Le gritaron:

—¡Hombre! Párate ahí.

—¿Buscando algo? —le increpó el otro—. ¿A afanar?

Guachi pegó un salto imperceptible, pero salto al fin. Creyó otra cosa y su mirada rabitiesa se puso en guardia. Se dejaría registrar; no llevaba nada encima.

—¿Qué pasó? —dijo uno con tono afable, falsamente dulce—. ¿Se conversa o no se conversa?

—Usté dirá...

—Mira, ni —dijo el otro tomándole por el cuello de la camisa sucia—; te quiero preguntar... ¡Pero me dice la verdá!

Se vio perdido. ¿Cómo no iba a darse cuenta que le conocían sus trapicheos? Eran los falsos placeros que hablaban del lichí, de los tarros de buey al pie de los naranjales, de los clavos enterrados.

Y él era el amigo de Bijirita; tal vez para ellos el ecobio íntimo de Bijirita.

Dentro del comedor de su casa María Bidó, que tenía el día libre porque mañana 24 trabajará todo el tiempo sin detenerse, limpiando, fregando, volviendo a limpiar y a fregar, daba vueltas presa de extraña inquietud. Unos gritos la habían alarmado; un sueño la tenía sobre aviso, el remordimiento de no haberse puesto la promesa de saco le quemaba adentro. Si no fuera por la compañía de su gallito, ¿qué mejor hacer de su destartalada vida que echarla al agua, como lo había soñado noche por medio?

Este gallo tenía una sola veleidad que no se ha dicho: se portaba como persona mayor, se miraba en el espejo. Silencioso, altivo, de vez en cuando se miraba en el espejo. Curioso punto: jamás cantó ante el espejo a no ser el día que quisieron robarle a ella unas faneguitas de maíz para hacer rollón. Batió alas; el poderoso pecho de vainilla, abierto; las gallardetas de canela, engrifadas. Ella sentenció:

—El que pierda el tino ante el espejo, no sé... no sé... Será que se asusta de verse tan buen mozo, el muy majo.

Algún quejido llegó de nuevo al borde de su conciencia; algún ladrido de perro airado también. Volvió la vista: su gallo se miraba en el espejo, desafiante, anunciador. ¡Coqcorocó!

—¡Válgame el cielo! ¿Qué sucede?

¿Percibió ella el daño? ¿Lo infería en su entraña de madre? Se acercó a una rendija y cogió al vuelo:

—No estoy conforme. Zapatos viejos, ¿tú? ¡A ver la yerba! ¿Dónde la cargas?

—Pero si vengo a buscal el gallo de máma, teniente. Ese bonito que tiene ella... ¡Se lo juro!

La pobre María Bidó salió a la puerta, gritando:

—¡Ababoles! Acabarás de llegar, rapaz. Mira, ¡ponte recontento!... A ver si te lo comes mañana noche con su buena botellita...

Y como volviendo de un desvanecimiento:

—Perro sin dientes..., ladra cuanto quieras; no morderás.

Lo decía por Bismark, juanetudo, muy abierto de patas, ojos de huido, confinado en el silencio. Lo decía por los expertos, a los cuales instintivamente odiaba. Quería, tal vez, quedarse a solas con el hijo baldonado, que ellos se fueran, y eso se logró no se sabe cómo.

— ¿Y qué te pasa, encantiño, en ese pie?

—Na... El zapato me aprieta; es durañón como diablo. De huirle me hice la ñáñara.

—Sea Dios testigo. Como el gallito, mi filio. Él les manda iguales padecimientos; iguales suertes. A ver, que te haré una bizma; almidón, sebo carnero, pabilo.

Le enjugó la frente con su pañuelo:

—Magulláronte, filio. Sentite balar como ovella. —Y después de mirarlo amorosamente:

— ¿Por quí choras? Daríate unos duriños... pra que corrieras la tuna... ¿sabes?

Fue al cuarto; volvió con algunos de los gordos pesos de su colchoneta, tarareando:

Dizía la fermosinha

ay deus, val!

como estou d’amor ferida,

ay deus, val!


Su vieja mano extendida temblaba un poco. Guachi no tocó aquella plata; temblaba un poco. Ella volvió a decir:

—Pillo, ¿por quí choras?

—Quiero mis encoriocos viejos, máma.

—No es rabia, ¿eh? Bobito, no llorar.

Y poniendo el gallo entre su pecho y el pecho de su hijo, le penetró tal alegría y dejadez que las monedas cayeron al suelo, desparramándose. Luego el gallo las fue signando distraídamente con su pico en una ceremonia incomprensible.

 

FICHA
Enrique Labrador Ruiz: Narrador, ensayista y periodista cubano. Sagua La Grande, Las Villas, 1902 - Miami, Estados Unidos, 1991. Es uno de los más prolíficos y reconocidos escritores cubanos del siglo XX. Autodidacta, periodista, uno de los fundadores del Pen Club en Cuba. Recibió el premio periodístico Juan Gualberto Gómez en 1951. En 1946 obtuvo el premio nacional Hernández Catá con su cuento Conejito Ulán, incluido en Carne de quimera (1947)