El Festival de El club, La obra del siglo, El clan y El acompañante
Fotos: Cortesía del ICAIC

Desde la correcta inauguración, con las interpretaciones al mismo tiempo sobrias y espectaculares de la orquesta del Instituto Superior de Arte, en el Karl Marx, la entrega del premio coral de actuación del pasado año a la actriz Geraldine Chaplin, y la proyección del largometraje argentino El Clan, de Pablo Trapero, se podía colegir que la edición 37 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano había comenzado con el pie derecho muy bien afincado.

Más de 400 filmes fueron exhibidos en las pocas salas que quedan habilitadas para ello. Pero si bien se perdieron espacios, se ha ganado en calidad de proyección (con el moderno e impecable sistema DSP instalado en los principales cines), habrá que lograr ahora capacitar al personal para evitar, en el futuro, accidentes respecto a la manipulación del nuevo equipamiento.

Altísimo nivel profesional predominó en todas las muestras, tanto en competencia como paralelas. Solo la representación cubana evidenció falencias y desniveles, respecto a sus competidoras latinoamericanas, dado el indiscutible impacto de los productos chilenos y argentinos, la emergencia colombiana, venezolana y peruana, y el sostenido nivel de México y Brasil, dentro de los 23 largometrajes de ficción, 22 cortometrajes, 21 óperas primas, 33 animados y 36 documentales, en busca de los corales máximos en sus respectivas categorías. Mencionar los títulos cubanos que tristemente estaban de más en la competencia implicaría la odiosa comparación entre unos y otros, pero baste decir que el nivel medio y alto de las competencias fue garantizado, si acaso,  solo por la mitad de los nueve largometrajes incluidos a nombre de Cuba.

Incluir la casi totalidad de nuestros productos “a la cañona”, en una selección tan impecable en cuanto a los materiales llegados de otros países, puede sentar pautas muy cuestionables.

El Festival, para que siga teniendo sentido, tiene que continuar siendo exigente y riguroso, lejos de paternalismos chovinistas. Es cierto, que el evento puede y debe contribuir al estímulo de la producción local, y nuestros creadores añoran el Coral como el máximo reconocimiento en el pequeño universo cinematográfico cubano, pero es hora de pensar en una competencia paralela de cine nacional, que aproveche el prestigio del Festival, y asimile las experiencias de tantísimos otros festivales latinoamericanos, como Mar del Plata y Guadalajara, por solo citar dos buenos ejemplos. El nivel estético, conceptual, técnico y profesional de nuestro cine (creo que ya es hora de reconocerlo) está bastante por debajo del que ostentan argentinos, mexicanos, brasileños y chilenos, de modo que incluir la casi totalidad de nuestros productos “a la cañona”, en una selección tan impecable en cuanto a los materiales llegados de otros países, puede sentar pautas muy cuestionables.

Contamos todavía con la ventaja de un público ávido de cine nacional, como lo demostraron las exhibiciones multitudinarias de Bailando con Margot, Espejuelos oscuros y El acompañante; nuestro cine aún cuenta con el apoyo de los especialistas y la prensa, como demuestran los premios o elogios bastante generalizados que conquistaron La obra del siglo, de Carlos M. Quintela, o Cuba libre, de Jorge Luis Sánchez, por hablar al unísono de producciones independientes como del ICAIC.

Finalmente, los premios Coral demostraron la preferencia de los jurados por el documental, el animado y el cine cubano del mañana, más que por los largos de ficción tan prolijamente incluidos. En el reparto de premio terminaron predominando, como impone la equidad y la honestidad, las producciones de Chile, Brasil, Argentina y México, en ese orden. Las cubanas quedaron en discretísimo segundo plano.

La muy elogiada La obra del siglo, de Carlos M. Quintela, perfectamente merecedora de uno de los grandes Corales, tuvo que conformarse con una mención del jurado, de modo que los otros cuatro largometrajes de ficción concursantes (El acompañante, La cosa humana, Vuelos prohibidos y Cuba Libre) se fueron con las manos vacías. Los Corales máximos correspondieron, como se sabía desde antes que comenzara el evento, a la chilena El club, las brasileñas Toro de neón y Campo grande, la colombiana El abrazo de la serpiente, la argentina La luz incidente, y la mexicana Te prometo anarquía. Esta última resultó sobrestimada hasta el punto de premiar a sus jóvenes intérpretes Diego Calva y Eduardo Martínez mientras se olvidaba los extraordinarios desempeños del chileno Alfredo Castro en El club, el argentino Guillermo Francella en El clan (reconocida por el público como el filme más popular del evento), o los  cubanos Mario Balmaseda en La obra del siglo, y Amando Miguel Gómez en El acompañante.

En cuanto a la competencia de óperas primeras, el cuarteto cubano (Espejuelos oscuros, Café amargo, Bailando con Margot, Caballos) fue pasado por alto olímpicamente, porque el Coral máximo correspondió, con toda justicia, a la venezolana Desde allá, de Lorenzo Vigas, mientras que el Premio Especial del Jurado recayó en la peruana, también excelente, Magallanes, de Salvador del Solar.

Ya se sabe que en todo concurso cinematográfico que se respete hay muchos eventos implícitos: los organizadores tienen “su” Festival, igual que los periodistas, los críticos, los jurados y sobre todo el público. Los espectadores descubren a su manera las películas con las cuales se conectan, y es evidente que esa preferencia masiva estuvo muy cerca, por suerte, de la producción nacional.

Tuvimos mejor suerte con el jurado en otras categorías: En documental, alcanzó Coral Casa Blanca, de Aleksandra Maciuszek, joven egresada de la Escuela Internacional de Cine y TV, de San Antonio de los Baños, que rodó en Cuba este notable trabajo. En animación fue reconocido como el mejor mediometraje Las aventuras de Juan Quin Quin, de Alexander Rodríguez, y otros tres Corales, bastante significativos, fueron a manos de creadores cubanos: el de guion inédito para El hilo rojo de Arturo Infante; el de postproducción Nuestra América primera copia para Sharing Stella, de Enrique Álvarez, mientras que el de cartel fue otorgado a José Alberto Menéndez por su representación gráfica del filme Cuba libre.

En cuanto a otros aspectos del Festival, este año se estrenó la sección Galas, con una decena de películas que han obtenido reconocimientos en otros eventos cinematográficos, al igual que las seleccionadas para el Panorama Contemporáneo Internacional. Salvo la presencia de algunos ilustres, extraordinarios títulos latinoamericanos como La calle de la amargura, de Arturo Ripstein, otro clásico del Maestro en la línea de sus obras maestras, la sección Galas debería perfilar su diferencia con otras secciones del evento para ganar en coherencia dentro del inmenso bosque de exhibiciones y propuestas.

Otros notables aciertos de 2015 —en un Festival que continúa sentado en el trono como el mayor evento cinematográfico del año— se asociaron con la muestra alemana, como casi siempre, y las cuatro conferencias organizadas con el apoyo del Instituto Sundance, y que incluyeron paneles sobre escritura de guiones, y clases magistrales de edición de documental, de música para cine y de producción, además de la presentación de los documentales de HBO. Todo ello se insertó con fluidez y naturalidad en un evento cuyo sentido y esencia se mantiene nucleado en el estado actual y perspectivas del cine latinoamericano.

Porque escuchar al guionista de la serie norteamericana Breaking Bad contar los secretos de la fabulación, puede ser utilísimo para los realizadores cubanos, inclinados como parecen algunos, tirios y troyanos, independientes y del ICAIC, a dominar la narración clásica y nítida de una buena historia, como lo demuestran, sobre todo, El acompañante, Bailando con Margot, Cuba libre o Espejuelos oscuros. Y aunque este cronista jamás ha padecido de prejuicios en contra de una buena historia, bien contada y con personajes sólidamente construidos, a la manera de la memorable Conducta, creo que la singularidad de La obra del siglo, consiste, parcialmente, en su narrativa quebrada, anómala y circular, naturalista e irreal, de alternancias entre ficción y documental, de pastiche entre tonos dramáticos y estilos expositivos a veces contrapuestos.  Hay que ser valiente para hacer una película como esa, y también para premiarla.