El espejo, subversión de estereotipos en un divertido musical

En medio del panorama teatral cubano, bastante gris en lo que va de este año, entre las excepciones hay una muestra de aliento fresco, con el rescate de un texto de uno de nuestros más grandes dramaturgos. El espejo, puesta en escena de Mariam Montero con Ludi Teatro, estrenada dos sábados atrás en la Sala Tito Junco del Centro Cultural Bertolt Brecht, parte de El peine y el espejo, segundo texto de Abelardo Estorino, escrito en 1956 y en buena medida suerte de boceto para una de sus grandes piezas, El robo del cochino, escrita y estrenada en 1961, con personajes coincidentes.


Fotos: Cortesía de la autora

La joven directora Mariam Montero, formada como actriz, y con un único antecedente en la dirección con Night Club el pasado año, elige un modo novedoso para tratar un texto sobre el cual el tiempo ha dejado su marca, pero sigue teniendo qué decir al público cubano. La trama doméstica y costumbrista de un matrimonio provinciano, en el que la mujer lleva la peor parte, abandonada por un marido machista y parrandero, al que solo le importa que ella cuide a los hijos, y una cuñada beata y moralista, está subvertida en la escena al recrearse desde distintos ángulos que favorecen una aguda mirada paródica: la radionovela, el show de cabaret y el tratamiento musical, que hacen escarnio del componente melodramático y no dejan de atraer nuestra atención y divertirnos durante una hora de buen teatro.

El montaje está a cargo solo de actores. Siete jóvenes elegantemente vestidos y ataviados con media máscara, nos reciben estáticos en una escalinata de tres pasos —único elemento en el diseño escenográfico de Diaven Molina—, para luego dar riendas sueltas a un juego en el que El peine y el espejo será el pretexto para el recurso del teatro dentro del teatro llevado a múltiples planos, en el cual se sucederán las escenas de la radionovela —con narrador y realizador de efectos incluidos—, para llenar el rimbombante espacio “Su novela del corazón”, y un espacio musical como intermedio.  Pero como el teatro es un arte audiovisual, también desfilarán ante nuestros ojos coreografías televisivas de grupo, los consabidos pasillos de los cuartetos vocales de antaño, variedades musicales, y un ingrediente más actual, con el show travesti.



 

El machismo está visto así, intencionadamente, a través de un prisma en el que la conducta masculina machista se subvierte en posturas manieristas, en expresiones rebuscadas de su proyección para dar una vuelta de tuerca al estereotipo del sujeto masculino hegemónico, y en sugeridos pasajes de elegante homoerotismo. La directora sabe aprovechar, con agudeza, el sesgo existencial del personaje de Cristóbal, que lo tiene todo en la vida pero que a menudo siente que le falta algo. Y así el espejo en el que suele mirarse el personaje se vuelve aquí un referente simbólico en el cual los machos, al mirarse, pueden encontrar una imagen otra, distorsionada de sí mismos.

Resalta el notable desempeño integral del conjunto junto con la precisión en las acciones y la economía de medios. Frank Ledesma no es solo un notable y multipremiado contratenor, pues logra recrear a una Rosa sufrida y convincente, el actor derrocha gracia y recursos interpretativos para dar la feminidad requerida a la recatada mujer. Carlos Busto, como Carmela, también hace gala de su capacidad para travestir un personaje orgánicamente, solo le falta modular un tanto la agudeza de su voz. El novel Rolando Rodríguez convence con el Cristóbal callejero y poco considerado con las mujeres, y es curioso cómo para este personaje, paradigma de la masculinidad y de la presunción masculina, se haya escogido a un actor que transgrede físicamente los estereotipos. Luis A. Aguirre deslumbra en su brillante interpretación, comedida, de la sandunguera vedette Nenita de la Palma, un personaje que irrumpe en medio del drama para relajar las tensiones. El joven actor reafirma en un nuevo desempeño virtudes que ya había exhibido en la desigual puesta de Rent (2015) donde brilló como el histriónico Ángel Schunard, el travesti alma del grupo. Rone Reinoso, como el narrador, y Joel Martínez en los efectos, cumplen con efectividad y sobriedad sus roles de apoyo, siempre a la vista de los espectadores. El muy joven Roberto Romero, como la negra Hilaria, debe ajustar la construcción de su personaje, un tanto más orientado a lo caricaturesco, y cuidar las tensiones físicas del primer momento estático.



 

Menciono a cada uno de los actores porque quiero resaltar cómo, cuando hay una dirección con claridad en las ideas y los propósitos artísticos, puede lograrse una labor apreciable. Con un mínimo de recursos, pero con buen gusto, Mariam Montero supo concretar sus objetivos en una puesta sencilla pero potente en sentidos, en la cual llama la atención la limpieza de acciones y movimientos, el ritmo ajustado que no decae, y la interrelación de cada intérprete con el resto. Estoy segura de que Abelardo Estorino la hubiera disfrutado muchísimo, como lectura de su obra que corresponde a estos tiempos.

En El espejo todos actúan y bailan bien cuando es necesario y los cuatro actores que cantan como solistas —pues como parte de la banda sonora de Montero se interpretan en vivo temas como “Bésame mucho”, “Negro bembón”, “Un compromiso” y “Despertar”, en amplio diapasón de géneros—, lo hacen con afinación y saben sacar partido dramático a la música, requisito esencial en la escena.

La iluminación de Miguel Abreu y Roberto González crea transiciones y las necesarias rupturas entre uno y otro pasaje, y apoya los distintos niveles en una escena sumamente escueta pero expresiva.

Felizmente, como ha ocurrido con los espectáculos de cabaret-teatro social Mujeres de la luna y Qué tiras al agua, de Raúl Martín, o con el estallido de un cabaret político juvenil que significó Cuban Coffee by Portazo’s Cooperative de Pedro Franco en 2015, ahora en otra cuerda y con otra forma de teatro musical llega a la escena El espejo y desmiente a quienes afirman que en Cuba se acabó el género.

El espejo volverá a la sala Tito Junco del Centro Cultural Brecht durante tres fines de semana, a partir del viernes 17 de marzo y luego pasará a la Nave 3 de Fábrica de Arte, en su espacio teatral habitual de los domingos. No se la pierda.