El Diario de la Marina, un decano de los tres poderes

El domingo 16 septiembre de 1832, dos empresas editoras se fundieron en una y comenzaron a editar un periódico que, pocos años más tarde, adoptaría el nombre de Diario de la Marina y con el tiempo, se autoproclamaría “El Decano”.

Sin sonrojo se adjudicaba la condición de ser uno de los medios impresos más influyentes en la sociedad cubana. Y era cierto. Solo entiéndase como sociedad cubana, la sociedad detentadora de “los tres poderes”: político, eclesiástico y económico. Entiéndase el poder político, el de la monarquía y todos los que sustentaba el coloniaje, desde el Capitán General hasta el último voluntario; el poder económico estaba representado por banqueros, hacendados y empresarios. El poder eclesiástico no necesita aquí de elucidación.

El periódico tomó el nombre de Diario de la Marina el 1 de abril de 1844, pues inicialmente había comenzado bajo el título de "El Noticioso y Lucero". Aquellas dos editoras fundidas eran productoras, respectivamente, de El Noticioso —fundado el 12 de diciembre de 1813— y El Lucero —fundado en 1830—, periódicos habaneros más leídos por entonces.
 

Ciento veinticinco  años después —1957—, en el editorial “Recuento de una obra”, escrito evidentemente por José “Pepinillo Rivero”(su dueño), se decía, también sin sonrojo: “…dentro del estilo de cada una de estas épocas el Diario ha sido y es espejo de su tiempo, a la par que un activo promovedor de los mejores estilos de vida, de pensamiento, de idealidad”.

Y también: “No fue un periódico político, y por lo tanto nunca fue órgano de un gobierno —español o cubano— o de un partido”.

Y en un arranque de sinceridad declaraba el editorial: “El Diario de la Marina no ha sido, no podía haber sido, un vocero del separatismo político”.

La palabra separatismo, concepción “light” para sortear el término independentismo, era la esencia del “discurso” —siempre lo fue—del Diario, a pesar del que el independentismo era un concepto manejado desde antes de 1868.

El 20 de mayo de 1902, “…en la calle Muralla, zona primada de comerciantes españoles y ex voluntarios, muchos de los cuales habían abandonado convenientemente hacía tiempo su integrismo, se levantaban arcos de triunfo, en los que se leía letreros tales como ¡Concordia! ¡Paz!  ¡Aquí no ha pasado nada!”[1].

Esa fue la compostura que intentó “El Decano”. En la naciente república, llena de contradicciones políticas, objeciones ideológicas y paradojas sociales, el Diario de la Marina asumía la clásica actitud del sí, pero no.

En 1903, el periódico insistía en la falta de brazos para el tabaco y la zafra azucarera, censurando al gobierno interventor de Estados Unidos, no porque estuviera en contra de la ocupación, sino “porque en vez de promulgar una ley de inmigración libérrima (…) había puesto en vigor severísimas leyes y disposiciones sanitarias”, lo que entorpecía el propósito de promover la necesidad de lograr una inmigración proveniente de la península.

Ergo: Ya que no fue posible mantener el dominio por la fuerza militar, entonces era preferible españolizar la sociedad cubana. Y de paso blanquearla.

Con todo, no podía dejar de enseñar la oreja peluda y en alguna ocasión declaró hacer frente a los “ignorantes e incultos que intentaron causar a la república —teniéndose por muy cubanos y por muy libertadores— la afrenta del ateísmo en la constitución”.

Ojo: en sus páginas y suplementos también se publicaban excelentes trabajos culturales, científicos y sobre deporte, solo que en tales terrenos, expresión y reflejo de construcciones sociales y posiciones de clase, eran formas de manifestarse propias del poder.

Hoy, sus —todavía— apasionados defensores, también sin sonrojo, admiten que el periódico, por ejemplo, fue franquista durante la guerra civil española y promotor de una “¡monarquía democrática, moderna y pro occidental!”.

De su historia misma en los años más amargos del batistato, se encarga el editorial y el mismo número extraordinario que celebraba el 125 aniversario.

Ahí está, en los archivos, como testimonio. En Cuba no pasaba nada. Era la isla, la perfección per se.

Intentando mantenerse al margen del horror del 10 de marzo en relación con los hechos, mantuvo tibia actitud mientas publicaba informaciones falsas contra los revolucionarios que atacaron el Cuartel Moncada en 1953.

El edificio que albergó al Diario de la Marina en sus últimos años, tal vez explique cómo un periódico podía hacerse de tal imponente inmueble.

Hoy, un remedo de aquel diario sale digital, dizque dedicado a los españoles de Cuba y la Hispanidad.

El Diario de la Marina que pidió hacer un tintero con la cabeza de Maceo y festejó su muerte, recibió entre sus muchos epítetos uno que es un epigrama genial. Su autor fue José Martí. “…tenía desgracia, pues lo que aconsejaba por bueno es justamente lo que todos los cubanos tenemos por más malo”.

 

Notas:
1. Pérez García, Rolando/Cuba. Las máscaras y las sombras. La primera ocupación, Tomo I. Pág. 333. Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 2007. Pág.11.