El día más feliz de todos

Quién salva a un hombre de su ángel, de su bestia.
Mabel Diez Ochoa,
Nocturnas transfiguraciones.

 

Ahora, por fin, soy yo mismo, sin hipocresía, sin cargo de conciencia, sin prejuicios ni presiones. Así nací y así me moriré, como dice una canción.

Siempre quise saber qué se sentía matando a alguien. Y ahora lo sé.  Mi entrenamiento empezó temprano. Una claridad desconocida, hermosa y alucinante me mantuvo en un temblor aquella mañana en que la buena de mi madre me dijo sin mirarme y sin saber que de aquella manera sellaba mi destino.

—Mata ese pollo que voy a hacer una sopa.

Entonces lo agarré, y le miré el pescuezo, y le acaricié las alas por un rato, lo estudiaba y me estudiaba, a los pocos segundos se sacudió, presintiendo su fin y yo tuve miedo, y después dudas pero fue solo un momento porque cuando me di cuenta que movía las patas, tratando de escapar lo apreté con fuerzas. Con todas mis fuerzas.  Yo desconocía entonces todo el daño que podían hacer mis fuerzas pero eso no importaba, mamá sí lo sabía y me había dado la oportunidad.

Pude haber asfixiado a una doctora de cara quemada que maltrató a la buena de mi madre en ocasión de una cuarentena. Pero matar en un hospital da mala suerte.  Tampoco estaba apurado, a fin de cuentas, motivos sobran en este país si uno quiere arrancarle el alma a un buen hijo de puta.

Ya de grande sufrí mucho, sobre todo cuando me fui adentrando en el mundo del barrio, y mi madre se fue al cielo, y yo me quedé solo, en medio de aquella gente que no me quería, que se hacían mis amigos porque mi casa era grande y podían almacenar aceites, jabones, calderos, pomos y todo lo que se le ocurriera en mis cuartos, y porque yo era discreto, casi ni hablaba.

También sufrí cuando me cerraron aquel contrato y tuve la certeza de que iba a matar al jefe. Su cuello era ancho, recio y nudoso y si lograba apretarlo durante veinte minutos seguidos todo estaría bien.  Pero no pude. Lo cogí con una mano y el maldito se escapó. Ya sabía que eran necesarias las dos cuando fuera a estrangular a alguien.

Un jueves de calor infernal casi mato a un cochero. Era un tipo negro, alto y tenía un tabaco en la boca. No aparecía nada que me trasladara al trabajo y aquel era un trabajo que me habían conseguido después que me quitaron el otro, y no quería perderlo. Por eso me subí al coche.

El tipo, sin sacarse el tabaco me entregó el vuelto. Eran un par de pesos gastados y a veces no me gusta el dinero viejo. Cruzamos un par de frases pero no insistí demasiado porque todos los días no son buenos para matar un negro. Eso lo sabe cualquiera. Es verdad que en aquel momento tuve deseos de ver rodar su cabeza bajo las ruedas. Lo imaginé más alto todavía pero ya sin cabeza, guiando su coche mientras la cabeza daba saltos por el contén. Sin soltar el tabaco. Era una idea cómica. Me faltó valor y cuando uno va a matar a alguien tiene que armarse de todo el valor necesario. No debe pensar en nada. Ni siquiera en uno mismo. Y aquel jueves pensé mucho en lo que podía pasarme.

Pero mi día llegó como llegan las cosas cuando son del alma.

Había despertado con una alegría extraordinaria sin saber por qué. Era una de esas mañanas en que uno se pone a tararear de puro vicio. Desayuné y me sentía tranquilo, feliz. Salí de casa con las manos en los bolsillos porque hacía frío. Silbaba y todo. El frío siempre me ha caído bien. Yo sería un rey si pudiera vivir en uno de esos países.

En las dos primeras horas en el trabajo todo fue normal, metidos hasta el cuello en la gloriosa y definitiva mierda de cada día. Aguantando la misma tanda de imbéciles que hay en todas partes.

A las diez y media el director me mandó a llamar.

—El consejo de dirección ha decidido estimularlo.

Dijo y creí imaginar lo que vendría después. Iba a pedir mi esfuerzo abnegado para que entregara horas voluntarias en saludo a alguna fecha o campaña. Era una época de muchas campañas y consignas, por suerte ya todo eso ha terminado.

—Por su trabajo, por sus resultados le ofrecemos la posibilidad de que nos represente en un congreso que se va a efectuar en junio en La Habana

—¿Yo?

—El alojamiento será de primera categoría, por supuesto, hay una cuenta a su disposición, ya solicitamos una dama de compañía para ese fin de semana, le hemos asignado ropa y calzado de importación y un par de tarjetas de créditos con los fondos suficientes, necesarios y razonables, dispone de una reservación alternativa en un hotel de cuatro estrellas en Varadero, sí, no nos mire así; ya es hora de que personas como usted, de abajo, sean tenidos en cuenta, es hora de que  disfruten de este país que por algo es de todos, qué me dice.

Qué le iba a decir. Quedé mudo. Sin creer ni jota de toda.

—Vamos, no sea modesto, usted tiene méritos de sobra para este premio. Se ha quedado blanco, como un cadáver, pero es una reacción lógica ante semejante propuesta, ¿no es así?

En los tres años que llevaba en aquella empresa el director nunca me había dirigido más de veinte palabras juntas, algo debía andar mal en el país, algo estaba sucediendo y no me había enterado, tampoco soy retrasado mental, conozco que hay gente hipócrita, sé de jodedores en todas partes, estaba seguro que de un momento a otro el director iba a soltar la risa en mi cara pero lo que hizo fue darme un ultimátum.

—Tiene un par de horas para darnos su respuesta. Vamos a estar muy agradecidos si se decide a representarnos.

Entonces por un momento creí que la vida podría ser otra, que tal vez, que a lo mejor, que quién sabe si… En fin, que sentí aquella claridad desconocida, hermosa y alucinante, y un temblor raro de fiebre me colocó en un estado indefinido, extraño.

Fui a la biblioteca y me senté, empecé a inventarme Varadero, estaba sentado en la arena, tenía una cerveza en la mano, una hembra hermosa, de esas de las películas, me acariciaba y se reía, sus dientes eran blancos, parejos, y sus labios, finos y voluptuosos me decían, señor, después compartía una cena presidencial en un área exclusiva con un montón de gerentes hijoeputas, jodedores  y podridos en plata. Nunca he estado en Varadero pero creo que  es una inmensidad de azul infinito, con olas grandes que invitan, una arena mejor que un colchón nuevo y una cantidad de bellas mujeres dispuestas a todo, todo el tiempo. Varadero estaba hermoso, yo movía la cabeza imaginando suavemente, imitando el vaivén de las olas, pero entonces sonó el piano.

En la biblioteca había un piano. Estaba allí porque el director no quería botarlo y porque le servía de pretexto para tomar acuerdos y acuerdos y acuerdos en las reuniones. Las teclas sonaron como si las hubieran golpeado con un martillo. Me volteé y lo vi. Era rubio, hermoso, bien alimentado y sin ningún asunto serio en la cabeza. Siete años, no más. Siete años y golpeaba las teclas con una rabia atroz. Estaba destripando las teclas. Le dije que dejara de hacerlo y se rió y siguió dándole. Entonces supe por qué me había levantado tan alegre. Le miré el cuello. Con una mano habría bastado. Volví a regañarlo y Varadero desapareció de mi mente.

Él siguió con los manotazos y me sacó la lengua. Me paré. Agarré la silla. La ordené. Con cuidado. Era un experto cuidadoso que ordena sillas en la biblioteca. Cuando iba a caminar hasta él para hacerlo callar dejó de tocar y no es que hubiera adivinado lo que estaba a punto de pasarle sino que su madre se paró en la puerta de la biblioteca y le lanzó un grito.

—¡Deja ese piano, Alejandro!  ¿No te das cuenta que molestas al señor? Dios mío, desde que entró a la escuela de música me tiene la vida echa un trapo —dijo mirándome directamente a los ojos, como buscando un poco de compasión.

Caminó hasta donde estaba y lo agarró por un brazo y lo sacó. Yo, sin saber qué hacer, frustrado, con el hígado roto en mil pedazos, apenas acerté a coger un libro del estante. Me senté nuevamente a la mesa y empecé a hojearlo. Era un libro de muchas ilustraciones, malas ilustraciones en verdad, en blanco y negro, parecían planos de máquinas o de algún artefacto que alguien debía aprender a armar en algún momento.

Pero aquel era el día y a los pocos minutos volvió. Se paró en la puerta y me miró de arriba abajo, estudiándome. Lo miré de arriba abajo, estudiándolo. Cruzó sus brazos y caminó despacio hasta el centro de la biblioteca, me dijo señor y otras estupideces. Lo miré bien. Siete años, no más. Estaba seguro. Vestía suéter blanco y pantalón mezclilla. Todavía no fue hasta el piano si no que vino hasta donde yo estaba y volvió a mirarme de arriba a abajo. Meneó la cabeza. Metió los ojos en el libro y perdió el interés. Me dijo que su mamá le había comprado tres libros y que sabía dibujar el sol, casi redondo, dijo.

No le dije nada. No es buena suerte hablar con alguien se va a morir en los próximos dos minutos.

Me miró, tratando de entender por qué me empeñaba en hojear un libro que no me detenía a mirar. Se aburrió, dijo no sé qué sobre un permiso y se sentó al piano. Después me reventó los tímpanos. Sólo una vez se volvió y dijo que su madre estaba "pallá" y en mi mente yo también dije "pallá".

No se preocupó por nada más en el mundo. Iba a ser bueno. Al menos se entregaba al instrumento con devoción que daba envidia.

Era una lástima pero ya no había remedio.

Me levanté. Levanté la silla. La acomodé debajo de la mesa. Cogí el libro. Lo cerré lentamente. Caminé hasta el estante. Estiré los brazos. Acomodé el libro lo mejor que pude. Giré lentamente. Caminé. Despacio. En puntillas. No quería estropearle su actuación. Hice un esfuerzo para que no se me escapara desde el fondo del alma la alegría y la paz que me ahogaba.

Él seguía arrimado al piano como todo un consagrado. Me había olvidado por completo.

Después fui a la oficina y le dije al director que no había tomado ninguna decisión todavía pero que lo haría de un momento a otro. Y era verdad. Ya no era difícil.  Era el día más feliz de mi vida.

 

FICHA
Argenis Osorio: Narrador cubano. Nació en 1970, en Doña Juana de San Ramón, Manzanillo. En 2013 ganó Mención en el Concurso Iberoamericano de Cuento “Julio Cortázar”. En 2015 ganó el Premio Ciudad del Che, convocado por la UNEAC en Santa Clara. Ha publicado: Convite de Cenizas, (Ediciones Santiago, cuento, Santiago de Cuba, 2002), Tras la piel (Ediciones Santiago, cuento, Santiago de Cuba, 2004), En este lado de la muerte (Editorial Capiro, cuento, Santa Clara, 2014), El orden natural de las cosas (Editorial, Sociedarte, novela, Santo Domingo, República Dominicana, 2015).La Asociación Austriaca de Escritores PODIUM en su antología sobre la Nueva Narrativa Latinoamericana (en español y alemán), y Le.Tra.S., Revista Literaria de la Universidad Metropolitana de Bayamón, de Puerto Rico, incluyeron su texto “La ventana” (2015). Tiene inéditos los libros: Prohibido morir en La Habana (novela, 2006), La nada infinita (novela 2010), Ante los ojos de Dios (cuento, 2011), Al sur de la calle Houston (cuento, 2013),  Pequeño mundo perfecto (cuento, 2014), La última isla (cuento 2015), y El círculo musical del infierno (novela, 2015).