El danzante ilustrado
Fotos: Tomadas de Internet
 

Desde el siglo XVIII hacia acá, la cultura del bailarín ha sido un tema de debate recurrente entre la gente de la Danza. ¿Cuán culto ha de ser el bailarín y sobre cuáles áreas de saber ha de apoyarse esa cultura? En tiempos de la Ilustración, un bailarín, coreógrafo y maestro de ballet, Jean-Georges Noverre (1727-1810), devino formidable abanderado de una nueva poética que llegaríamos a conocer como ballet d'action, cuyas reformas incluyeron tópicos acerca de la preparación del bailarín, la técnica, el vestuario, la coreografía y la espiritualidad misma del ser danzante.


 

Noverre consideraba que el bailarín debía ser dueño de una amplia cultura general, incluidos estudios sobre poesía, historia, pintura, música e incluso anatomía. Esta ha sido una visión polémica y no resuelta hasta el presente, azuzada por las  contradicciones entre la teoría y la práctica; entre lo deseado y lo posible; entre la preparación técnica y la erudición de los bailarines; entre la brevedad de la vida activa del bailarín y el creciente acortamiento de las edades de acceso a la maestría artística; entre el saber hacer y el acervo cultural.

El drama personal de Noverre fue el de los anticipados, el mismo de muchos otros hombres y mujeres de la danza en el mundo occidental, condicionada por un impulso de retardo respecto a otras artes que han podido adelantarse en el tiempo, como la pintura, la literatura y el teatro. No fue un artista totalmente clásico como pretendió serlo Louis de Cahusac, quien mostraba un desbordado afán por proponer las danzas griegas como modelo. Por ello, en tiempos de plena Ilustración, el público y la crítica dudaron en apoyarlo.


Jean Georges Noverre
 

“Todo parece indicar que las intenciones teóricas de Noverre no pudieron ser llevadas a la realidad por presiones existentes, tanto por el gusto del público, como por la falta de valor en la mayoría de los bailarines, con respecto a romper con las convenciones” [1], pues algunos de sus enfoques atentaban contra las normas sociales y ciertos códigos morales de la época, ya fuera al acortar las faldas o ajustar los trajes al cuerpo. Sin embargo, a pesar de todas esas dificultades, la visión de Noverre dejó sentadas las bases del ballet actual y ello es la causa de que el 29 de abril, fecha de su natalicio, se celebre el Día Internacional de la Danza.

Las famosas Cartas sobre la Danza y los Ballets de Noverre fueron publicadas en Cuba y han sido divulgadas entre maestros, bailarines y estudiantes de danza. Sus ideas acerca de que el ballet debe tener una acción dramática, sin exagerar en los divertimentos y describiendo las pasiones, las maneras y los usos de todos los pueblos, son conocidas en este entorno.

Con Noverre se abrieron las puertas de la Teoría de la danza [2], una disciplina relativamente nueva y que, poco después de las Cartas..., habría de ver nacer un estudio comparado en Teoría del Arte de la magnitud del Laocoonte o sobre los límites en la pintura y la poesía [3], del poeta y ensayista alemán Gotthold Ephraim Lessing [4].

Desde la Carta I, el pensador se aventura por los caminos de los paralelismos y comparaciones entre artes, a la manera de Lessing: “Un ballet es un cuadro, la escena es la tela, los movimientos mecánicos de los que figuran en él son los colores; su rostro, me atrevo a expresarlo así, es el pincel; el conjunto y la animación de las escenas, la elección de la música, la decoración y el vestuario constituyen el colorido; en resumen, el compositor es el pintor” [5].


 

En la Carta III continúa adentrándose en las relaciones y comparaciones entre artes: “La ventaja que la Pintura y la Danza tienen sobre las otras artes, es la de pertenecer  a todos los países y a todas las naciones; su lenguaje es universalmente comprendido y causa en todas partes la misma sensación (...) Un cuadro hermoso no es más que una copia de la naturaleza; un hermoso ballet es la naturaleza misma [6].

Otro criterio acerca de las relaciones entre artes, de cierto tono preceptivo, se encuentra en la Carta VIII: “Un compositor de música  debería saber algo de baile, o por lo  menos conocer los tiempos y las posibilidades de los movimientos propios de cada género, carácter y pasión, para así poder idear rasgos adecuados a todas las situaciones que el bailarín puede pintar sucesivamente” [7].

La identificación, ordenamiento y definición de formas danzarias; la introducción de áreas de saber típicamente teatrales como la dramaturgia; los intentos de definición del genio y su relación con la obra artística, entre otros, forman parte de los tópicos que engloban las Cartas... y la obra ensayística con formato epistolar [8] de Noverre.

Aunque sus ballets no han llegado hasta nosotros ―sus títulos sí: El baño de Venus (1757), La muerte de Ajax (1756), Jasón y Medea (1763), y Los Horacios (1774) —, siempre podremos retomar la pregunta sobre cuán culto ha de ser el bailarín. Es un tema típico en líderes de la danza cubana, como Fernando Alonso, Ramiro Guerra, Rogelio Martínez Furé, Miguel Iglesias, Ramona de Saá, Bárbara Balbuena y Miguel Cabrera. ¿Cuáles han de ser las bardas de esa cultura? ¿Cómo se entrecruzan las técnicas, que también constituyen una forma de saber, con los conocimientos transversales de la filosofía y las restantes artes? En realidad, ello parece ser un proceso en vías de solución donde aún no se ha dicho la última palabra, y que hoy retomamos en memoria del gran Noverre.

 

Notas:
1. Guerra, Ramiro: De la narratividad al abstraccionismo en la Danza. Centro de investigación y desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello. La Habana, 2003. p. 119.
2. La idea de Noverre como padre de la Teoría de la danza está bien fundamentada por Miguel Cabrera en su ensayo “Teoría de una práctica en el umbral del Tercer milenio”. En www.balletindance.com.ar/2001/teoria_de_una_practica.htm.
3. Las Cartas de Noverre son anteriores al Laocoonte de Lessing, publicado en 1766.
4. Gotthold Ephraim Lessing (1729-1781), considerado el más importante poeta alemán de tiempos de la Ilustración.
5. Jean Georges Noverre: Ob. cit.  p. 65.
6.  Jean Georges Noverre: Ob. cit.  pp. 92-93.
7. Jean Georges Noverre: Ob. cit.  pp. 149-150.
8. Es conveniente recordar que el famoso texto de Noverre florece con el apogeo de los géneros epistolares en el siglo XVIII.