“El Coral de Honor es el mejor premio que jamás podría recibir”

A sus 84 años, con su barba blanca, su tabaco y sus espejuelos oscuros, Ruy Guerra nos hace imaginar a un personaje revivido. No importa de dónde: puede estar presente en cualquiera de sus filmes o puestas en escena, en sus obras literarias, o incluso, formar parte de alguna de sus tantas canciones.

“Músico, poeta y loco”, pero ante todo, uno de los más célebres cineastas del continente. Ruy nació en Mozambique con sangre europea en sus venas. Quizá el sentimiento latinoamericanista y su compromiso con las causas justas, lo hicieron adoptar al gigante suramericano como segundo hogar desde 1958.

Hoy constituye uno de los mitos sobrevivientes del llamado Cinema Novo brasileño y lo tuvimos acá en Cuba, su isla mítica, como suele llamarla, para recibir el Coral de Honor en el 37. Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.

Poco antes de clausurar la magna cita del séptimo arte, le fue entregado el reconocimiento que para Ruy constituye el máximo galardón de toda su vida. El homenaje incluyó, asimismo, una muestra fotográfica del realizador junto al cineasta cubano Tomás Gutiérrez Alea y el escritor y amigo colombiano Gabriel García Márquez. Además, fue estrenado el documental El hombre que mató a John Wayne, tributo de sus exalumnos Diogo de Oliveira y Bruno Laet que realiza un acercamiento a la vida y obra del cineasta, donde realidad y ficción se entremezclan para mostrar testimonios de amigos, escenas de sus películas, así como fragmentos de canciones y poemas de su autoría.

Ruy estudió cine en el Institut des Hautes Études Cinématographiques (IDHEC), en París; residió casi un año en ciudades como Madrid y Atenas, y en 1962 realizó su primer largometraje Os Cafajestes, en Río de Janeiro y Cabo Frío. Durante una década se dedicó a escribir más de 100 letras de canciones y dirigió varios espectáculos musicales. En 1963, filmó su célebre película Os Fuzis, que le valió un Oso de Plata en el Festival de Berlín. Siguieron otras como Os deuses e os mortos, A queda, A ópera do malandro, Os amores difíceis, y las basadas en la obra de García Márquez Erêndira y O veneno da madrugada, por solo mencionar algunas de las más conocidas.

El Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, desde su fundación en 1979, se erigió como plaza para la proyección de sus filmes. Los vínculos con Cuba están dados, además, por su condición de profesor de la Escuela Internacional de Cine y TV en San Antonio de Los Baños, a partir de 1988. En La Habana rodó también su largometraje Estorvo, adaptación de un romance de Chico Buarque, protagonizado por Jorge Perugorría y con un equipo técnico integrado mayormente por cubanos.

En los jardines del Hotel Nacional y respirando aún el ambiente cinéfilo del festival, me comenta sobre su más reciente producción, Casi memoria, basada en una novela de un escritor brasileño, que aunque se distribuirá el año próximo, ya cuenta con el Premio Especial del Jurado en el Festival de Río de Janeiro. La historia de un hombre que a los 40 años se encuentra consigo mismo tres décadas después, o viceversa, se antoja ya de por sí, sugerente. Ruy la define como una especie de comedia dentro de una película más profunda, un diálogo sobre la memoria donde se encuentran personajes del pasado y el futuro dialogando en un presente confuso.

Entre sus proyectos figura, igualmente, la filmación el año próximo de Palabras quemadas, largometraje vinculado a Cuba que llevará a la pantalla grande la historia de la que se conoce hoy como Casa de la Amistad y los personajes que la habitaron en el pasado. Y por si fuera poco, para el 2017 el incansable realizador anhela comenzar el rodaje del filme que cerrará la trilogía del personaje protagónico de las cintas Os fuzis y A queda.

Sobre sus múltiples facetas artísticas, sus criterios acerca del cine latinoamericano y brasileño, sus relaciones con Cuba y sus ideales progresistas, dialogamos con el Invitado de Honor a la más reciente cita de la cinematografía de Nuestra América en la Isla.

¿Cómo se han interconectado a lo largo de su vida el cine, la música, la narrativa, la poesía y el teatro?

Cuando era muy joven pensaba ser escritor, pero me dejé encantar por el cine y empecé a hacer pequeños cortos, aunque mantenía conmigo el amor hacia la escritura.

La carrera de cineasta es muy inconstante y el cine que realizo es poco comercial, contestatario, casi siempre de cuestiones políticas. En el tiempo que tenía disponible, por una cuestión de sobrevivencia, me vi obligado a hacer otras cosas. Empecé a trabajar en áreas paralelas al cine como guionista, actor, montador, algo de fotografía... Además, comencé a escribir novelas cortas y poesías, trabajé en periódicos haciendo crónicas y en teatro como director, aunque me gusta más escribir piezas que propiamente dirigir. Mis mejores amigos siempre fueron los músicos, por eso me dediqué también a componer canciones.

Las necesidades de la vida te guían. A lo mejor si hubiera trabajo como director en la gran industria cinematográfica y tuviera la posibilidad de vivir de ello continuamente, sería solamente guionista y realizador de cine, pero no fue así. A mí me gusta mucho trabajar en esas áreas de creación paralelas, me dan placer y estimulan a abrir nuevos horizontes. De cierta forma, constituyen una red o trama entre sí; no son tan distantes unas de las otras, terminan teniendo la misma base estructural de actuación.

Esa capacidad de incursionar en diversas manifestaciones artísticas le ha permitido también trabajar junto a grandes de la literatura y la música, como Gabriel García Márquez y Chico Buarque, por ejemplo…

Sí, con Gabo se produjo un encuentro muy hermoso a inicios de los años 70, cuando nos hicimos grandes amigos, y desde el primer día decidimos trabajar juntos. Hablamos de filmar una película los dos y al día siguiente me llamó desde Barcelona para leerme un titular de la France Press que decía: “García Márquez rodará una película con Ruy Guerra”. Tardamos diez años en iniciarla y cuando empezamos verdaderamente, ya había una amistad muy grande. Siempre me dio mucho placer trabajar con él porque éramos viejos amigos.

Chico es un caso parecido, pero con otras características. Cuando lo conocí, todavía no era muy famoso; yo hice la dirección de su primer show porque al que le correspondía falló y a partir de ahí nos hicimos amigos. Empezamos a escribir canciones y obras de teatro juntos, a hacer cine, etc.

La década de los 60 fue muy rica, no solo en Brasil, en el mundo entero. Si tenías diez años no la podías aprovechar todavía, y si tenías 60 ya estabas muy mayor, pero para mí tener 30 en esa etapa fue algo extraordinario, dijera que es una dádiva de Dios, si no fuera ateo.

Otra de sus pasiones ha sido la enseñanza. ¿Cómo ha vivido esta experiencia en Brasil y en la Escuela Internacional de Cine de La Habana?

Yo ejerzo como profesor de manera sistemática desde hace más de 20 años y es para mí muy gratificante, porque estoy en contacto con los jóvenes y también incorporando constantemente nuevos conocimientos e informaciones. Siempre les enseño el arte del cine no para que hagan las películas que yo hago, sino para que sepan pensar una manera de hacer el cine que ellos quieren. Un buen cineasta debe tener talento, sí, pero este no es una cosa innata, sino que se construye. Lo más importante para un artista es que al final de su vida pueda contar con la satisfacción plena de que su trabajo tuvo un sentido. Y eso solo se logra teniendo el coraje de reflejar lo que uno piensa y no aquello que le dé más éxito.

Siguiendo esa directriz, varios de sus filmes han apostado por la crítica de problemáticas político-sociales. ¿Considera que el cine puede erigirse como instrumento de denuncia y alerta ante dichos fenómenos y que, a su vez, podría contribuir a modificar la realidad social? 

Yo creo que sí, pero de una manera distinta a como lo creía en los años 60. Cuando era joven pensaba que el cine era tan poderoso que a lo mejor podía ayudar a conquistar el poder político. Hoy ya no le atribuyo esa función.

Quizá no tenía un punto de vista correcto en aquel entonces, pero ni siquiera, es que se trataba de una idea muy corriente en la época. En un filme, tenías que trabajar para ayudar a tomar el poder contra los gobiernos totalitarios; era una utopía irreal, porque no tienes esa facultad. En cambio, creo que la verdadera toma del poder para lograr otro tipo de sociedad pasa por la aproximación del ser humano que, de conjunto con las fuerzas sociales, pueden cambiar el poder político.

Pienso que las películas tienen la capacidad de estimular el pensamiento crítico y elevar el conocimiento político, transformando a las personas para contribuir al mejoramiento de la sociedad, y ojalá suceda. No es un proceso de una o dos décadas; quizá por generaciones no pase nada, porque todas las fuerzas de dominación siempre tienden a anestesiar a sus pueblos para permanecer en el poder. Pero el cine tiene la obligación de combatir ese adormecimiento y letargo; en ese sentido, es un gran instrumento a disposición del ser humano.

En el caso del cine brasileño, ¿cuáles son sus criterios sobre las más recientes producciones en cuanto a la estética audiovisual y los temas abordados?

En el cine brasileño, de una década hacia acá, están surgiendo películas muy interesantes. No son filmes directamente vinculados a la política, sino muy inquietos en relación con temáticas de la sociedad. Suelen provocar de una forma un tanto agresiva y están llenos de situaciones cuestionadoras. También se está produciendo una estética revolucionaria en cuanto a la reformulación de las maneras viejas de contar historias. Una película no puede ser un proyecto que cambie la sociedad si no encuentra un lenguaje propio para eso, y no es con fórmulas tradicionales de narrativa que logras entrar en temáticas modernas. 

Usted ha sido fiel cómplice del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano desde su fundación. En este sentido, ¿cómo valora el evento para el desarrollo, reconocimiento y difusión del séptimo arte realizado en nuestra región?

El festival posee una gran fuerza, porque está muy ligado a la Escuela de Cine; siempre que se piensa en uno, se piensa también en la otra. En los últimos 30 años han pasado por aquí una gran cantidad de jóvenes directores; algunos ya son grandotes, hombres de 50 años y más. Pero se ha establecido una red inmensa entre los antiguos estudiantes de la Escuela Internacional de Cine provenientes de todos los países de América Latina, principalmente.

El festival tiene una repercusión muy grande a nivel de la gente que hace cine o que es cinéfila; es muy respetado y los cineastas se sienten con mucha voluntad de mostrar sus películas aquí. Esta es la oportunidad que tenemos para ver filmes que no sean solamente europeos o norteamericanos, los cuales dominan los circuitos de exhibición y distribución.

Esta vez no acude al festival como concursante, sino como invitado especial para recibir el Coral de Honor. ¿Qué representa este premio en su vida artística y en lo personal?

Cuba es parte de mis grandes mitos. Cuando era niño la asociaba con los corsarios, filibusteros, bucaneros… Luego ese mito fue cambiando para bien, porque se tornó en ejemplo del rescate de la dignidad de los países subdesarrollados. Después tuve la oportunidad de trabajar y vivir aquí por un tiempo, y estuve cinco años casado con una cubana.

De cierto modo, Cuba continúa siendo una isla mágica para mí. Me encanta el pueblo cubano; yo soy de África, la presencia del negro está estrechamente ligada a mi afectividad y aquí es muy fuerte. Entonces, este es el mejor premio que jamás podría recibir. No quiero un Oscar o un Cannes, esos galardones para mí no tienen gran valor. Sí, es bueno y agradable porque te abre las puertas para tu trabajo, pero si me dan el Oscar lo rechazo, y luego explico por qué. El Coral es, sin duda, el más grande premio que he recibido y voy a recibir en toda mi vida.