El compromiso raigal de Enrique González Manet

Cada vez que se haga justicia en favor de la verdad en los medios de comunicación, tendremos que acordarnos de Enrique González Manet. Fue desde Cuba uno de los más constantes luchadores por el establecimiento de un nuevo orden mundial en el campo de la información y un decidido promotor de una visión integral de la cultura como herramienta emancipadora. Lo hizo sin rutinas ni reposo, a base de ciencia y conciencia. Su deceso en La Habana, a los 87 años de edad, a principios de este noviembre no podrá despojarnos de su permanente magisterio.

Ahí están los libros que publicó fruto de sus investigaciones y reflexiones: La era de las nuevas tecnologías, La guerra oculta de la información, identidad y cultura en la era de la globalización, Recolonización y nuevas tecnologías. Conviene repasar sus numerosos artículos publicados en GranmaCubarte, el Boletín de la Comisión Cubana de la Unesco, Cultura y Desarrollo y Bohemia. Amplia fue su cosecha académica en la Universidad de La Habana, el Instituto Internacional de Periodismo y varios centros académicos de Europa y América Latina.

Notable huella dejó en foros internacionales, como Programa Internacional para el Desarrollo de la Comunicación (PIDC) de la Unesco y en el Comité de Información y la Comisión Política Especial de la Organización de Naciones Unidas relativa a la información y la comunicación social.

Pero también debo evocar también al ser humano accesible en conversaciones —finas maneras, verbo ajustado, bonhomía a toda prueba— con jóvenes colegas, en la sede de la Unión de Periodistas de Cuba o en improvisadas tertulias callejeras, con los que compartió con generosidad conocimientos y confrontó puntos de vista.

Por los días en que desde EE.UU. se arreció la agresión mediática contra Cuba en tiempos de Reagan, González Manet multiplicó su actividad pública en la denuncia de la ofensiva e insultante instalación de una televisora que usurpó el nombre del Apóstol.

Fue también su verbo esclarecedor por los días en que EE.UU. quiso chantajear a la Unesco con su retirada de la organización. El “castigo” duró desde 1984 hasta el 2003, incluida la ausencia de pago de más de 900 millones de dólares.

Le dolía —no en abstracto, sino aportando pruebas irrefutables obtenidas de diversas fuentes— que la distribución y circulación internacional de mensajes se mantuviera incólume, debido a los medios más influyentes en la opinión pública están regidos por las leyes del mercado y el régimen de propiedad privada, de modo que los dueños saben qué hacer en defensa de sus intereses de clase, incluido el uso del silencio, las omisiones y las mentiras.

Entre sus preocupaciones recurrentes en los últimos tiempos estuvo el uso de la internet: “Las nuevas tecnologías de información y comunicación —dijo— facilitan el anonimato y la comisión de delitos que van de la estafa a la venta de pornografía, pasando por la pedofilia y la difusión de falsedades propias de la distorsión ideológica y la guerra psicológica, orientadas en contra de las posiciones de izquierda o simplemente liberales. Internet se ha convertido en un terreno de nadie, sobre todo si tiene relación con el lucro o el poder político”. De manera que luchó por un enfoque ético a la hora de asimilar y poner al día el impetuoso desarrollo de los medios en la era digital.

Quienes se dedican al estudio y la práctica de la comunicación tendrán en González Manet una brújula. Ese es su legado.