El Cine Pobre y la reinvención de Gibara
Fotos: Leandro Maceo y Rafael Grillo
 

La música de fondo era “Como los peces” y aquel joven me dice: “Gracias al Festival escuché por primera vez en vivo a Carlos Varela…”. Te habrá pasado lo mismo con X Alfonso, Raúl Paz, Descemer Bueno, Polito Ibáñez, Kelvis Ochoa, Haydée Milanés, Aldo López Gavilán y muchos más, le respondo para mis adentros completando su evocación. Mi interlocutor es hijo natural de Gibara y no olvida sus vivencias del Cine Pobre, aunque hoy viva muy lejos de su pueblo natal. La conversación es absolutamente fortuita, sostenida entre clientes de mesas contiguas en el Café de los Artistas, sito en el llamado Callejón de los Peluqueros.


 

Alrededor de nosotros, como decoración del lugar, hay fotos de varias luminarias de la cultura cubana; y entre ellas, de Humberto Solás, tomadas justo en sus días felices del Cine Pobre en la Villa Blanca de los Cangrejos. Este sí no es detalle casual, porque el que atiende a los comensales es Aldo Benvenuto, sobrino del cineasta, y quien fuera antaño el diligente productor del Festival y ahora regente del acogedor paladar.

Este encuentro me regresa a las semanas de abril que cada año hacían que en mí se restaurara la fe en el arte. En el Séptimo Arte, pero también en las demás manifestaciones, aliadas dentro del concepto del Festival de Cine Pobre para provocar una experiencia integradora, no solo de enriquecimiento estético a nivel individual, sino igualmente de restitución de los vínculos sociales y de la autoestima de una colectividad. Pienso en Solás hablando de “un espíritu de abanico cultural”; y de “una mutua y positiva apropiación” entre Festival y comunidad.

Recuerdo sobremanera a la gente de pueblo cuya voz dejábamos escucharse en una columna del Diario del Festival. Bárbara, enfermera, asegurando que esos eran “los grandes días del año para todos los habitantes de Gibara”. Antonio, padre satisfecho de que se trajera a los jóvenes esta “opción de recreo sano e intelectual”. Zonni, estudiante de la Universidad de Oriente, llegado hasta la Villa Blanca como muchos de sus coetáneos, para apreciar propuestas cinematográficas que enriquecerían su acervo y sus propios proyectos de trabajo. Martha, dependienta de farmacia, afirmando que “el Cine Pobre contribuye a recuperar el alma feliz de Gibara”. Ella aludía a un tiempo perdido en que la comunidad vivió orgullosa de sí, de ser el paraíso natural de playas, de la célebre Silla de Gibara y una bahía que —según tesis todavía con seguidores— fue la primera percepción de Cuba para Cristóbal Colón cuando exclamó aquello de “la tierra más fermosa que ojos humanos vieron”.


 

Esa Gibara del pasado, un emporio económico codiciado por piratas que la forzaron a ser la segunda ciudad amurallada de la Isla; y oasis cultural, donde bailó la simpar Isadora Duncan y nació un Premio Cervantes de Literatura, Guillermo Cabrera Infante; devino ciudad dormida, tierra cerrada, hasta que la despertara y la abriera al mundo el mismo cineasta que la convirtiera en plató de cine para Lucía y Miel para Oshún.

En un post de su blog La Pupila Insomne escribió Antonio García Borrero: “Antes de morir, Humberto Solás tuvo tiempo de reinventar una ciudad nombrada Gibara. Puso en ello el mismo esmero con que preparaba la más fastuosa de sus películas: su Festival de Cine Pobre es un ejemplo de cine de autor devenido arquitectura espiritual; catedral donde cada año van a refugiarse un sinnúmero de soñadores sin más recursos que las quimeras”.

Pero no todo era “espíritu”, también el Festival ayudaba a ganarse el pan. Así, el cantinero Norberto, los vendedores de artesanías y gangarrias, o los que ofertaban delicados productos del mar, aplaudían la arribazón de consumidores y compradores que disparaban “la entrada de capital” a una población en sobrevivencia a base de la pesca y una fabriquita de tabaco, de virtudes enormes pero desaprovechadas, no solo para el turista de sol y playa, sino también el de naturaleza y el histórico-cultural, porque Gibara es sitio espeleológico, de hermosas cuevas aledañas donde encima perviven huellas de la herencia indígena.

Mario Iglesias, realizador español de la película De bares, decía: “Me impresiona ver al pueblo abocado al Festival, no para tocar a las estrellas, como en los certámenes de Europa, sino para ir al cine y disfrutar las películas”. Y yo le respondería que sí, que la gente tocaba a las estrellas, no las distantes de Hollywood, sino a las de su país: Jorge Perugorría, Luis Alberto García, Isabel Santos, Aurora Basnuevo, Mario Limonta, Alberto Pujols, Renecito de la Cruz, Enrique Molina, Adria Santana, Mirtha Ibarra…, caminando entre ellos, pernoctando en sus casas, conviviendo sin diferencias de estatus. Además, disfrutaban de compañías teatrales como El Público, El Ciervo Encantado, Teatro de la Luna y la danzaria Retazos; del contacto con la obra plástica de Nelson Domínguez, Pedro Pablo Oliva, Alicia Leal, Cosme Proenza, Joel Jover, Vicente Bonachea, Osneldo García y tantos más.

El saber de la apreciación cinematográfica llegaba con la presencia de Rufo Caballero, Joel del Río, Juani (García Borrero), Reynaldo González; y el de los vericuetos de la realización, con los experimentados Enrique Pineda Barnet, Tomás Piard o Manolito Pérez, y los nuevos: Alfredo Ureta, Alejandro Brugués, Inti Herrera, Carlos Lechuga, Jessica Rodríguez, Milena Almira, Marilyn Solaya… Hubo talentos prohijados por el propio Festival como el santiaguero Carlos Barba y el gibareño Armando Capó; o Maysel Bello, quien participaba en los trajines organizativos del evento.


 

La lista de extranjeros ilustres es igual de impresionante: el director de fotografía francés Jacques Loiseleux, el diseñador español Javier Mariscal, el artista estadounidense Peter Nadin, el filósofo canadiense Hervé Fischer, el poeta español Benjamín Prado, el compositor argentino Osvaldo Montes… Llegaban muestras del cine del gran Roberto Rosselini o de festivales de similar formato existentes en México, España, Alemania, África. Siendo parte yo mismo en varias ocasiones del Comité de Selección de obras presentadas a concurso, fui testigo de la amplísima capacidad de convocatoria alcanzada por el evento y, además, de la variedad, pues no solo abundaban filmes de países del Primer Mundo y de Latinoamérica, sino hasta aparecían de los “exóticos” Irán, Azerbaiyán, Macedonia o Senegal.

Es tan abarcadora la contribución del Festival de Cine Pobre que se me agolpan los ejemplos. Agrego uno del ámbito que me ligara a mí mismo al Festival. Luego de acompañar en funciones de reportero la filmación de Barrio Cuba, la que sería última cinta de Humberto, recibí de Sergio Benvenuto —gran acompañante de su tío en esta aventura, y quien fungiría como audaz y eficiente director del evento de 2002 a 2011— la invitación a vincularme al equipo de prensa. Ahí compartiría a lo largo de los años con otros colegas periodistas (Del Río, José Luis Estrada, Rubencito Padrón, Mayle González…) y un joven pero todos estrellas team del diseño (Nelson Ponce, Díaz Cabezas, RAUPA, Fabián Muñoz). Pero junto a esos “llegados de La Habana”, también tendrían la oportunidad de probar sus armas en el oficio varios reporteros de Holguín y algunos, como Carlitos Gómez o Manuel Alejandro, que todavía cursaban la carrera de Periodismo en el Oriente.

De la positiva sinergia creada desde el nacimiento en 2002 del Festival de Cine Pobre, dan fe el que llegara en 2004 la declaración de la Villa Blanca como Monumento Nacional, la reparación del local cine Jibá y la inauguración de una Sala de Arte Contemporáneo, o el que tras la tragedia del huracán Ike, muchas de las ONGs auspiciadoras del Festival aportaran ingentes recursos para restaurar viviendas y techos o reponer tramos viales.


 

Mención especial para la influencia de Solás. Con su cabello blanco y ropas claras, cuando se desplazaba por las calles de Gibara provocaba —y no exagero—, el entusiasmo de un Mesías, o de un Dios mundano y benevolente, que no tuviera a menos rozarse con los comunes. Una vez lo comparé con el efecto del americano en el pueblo de Hershey, que Laimir Fano describe en el documental Model Town. Tanta era la sincronía, que toma ribetes esotéricos, o de leyenda, con la cercanía entre la devastación provocada por el ciclón y el agravamiento y muerte de Humberto durante septiembre de 2008.

Es fundamental el aporte teórico realizado por Solás, a través de textos como el mismo “Manifiesto” inaugural o su imprescindible “Acerca de una estética del Cine Pobre”, a los inicios del siglo XXI en Cuba y la necesidad de una renovación del pensamiento y las estructuras para hacer cine en el nuevo contexto tecnológico y de globalización cultural. Su noción de Cine Pobre, explicaba, “no es cine carente de ideas”, sino “escaso en recursos pero inmenso en presupuestos estéticos y éticos”. Un cine de resistencia contra la trasnacionalización del espectáculo y la banalidad.

Encantado con esos presupuestos y dejándome llevar por un espíritu poético, así lo presenté una vez, en líneas escritas para aquel periódico del Festival: “Cine Pobre, digamos al fin, no es Cine Pobre. Esa es una máscara, como la del Zorro. Él es el verdadero Cine Rico. Cine Pobre tampoco es un cine Otro. El Otro es Hollywood, el Universo paralelo que ni los físicos alcanzan a encontrar, la distante Nebulosa de Andrómeda, la Ilusión perdida, el onanismo de un Gran Arquitecto, sexo en grupo de cuatro gatos. Mientras que Cine Pobre es fotograma en que aparezco yo, abrazado a todos los demás, a los millones de convivientes en este Barrio Cuba. En este Barrio Tierra”.

Mis palabras estaban animadas, sobre todo, por el legado práctico dejado por el creador de El Siglo de las Luces a cualquier reflexión sobre la contribución necesaria de los proyectos culturales a los enclaves comunitarios. Como en esos buenos cuentos, los que no se olvidan, si hubiera de narrarse a fondo esta historia, bien podría comenzar así: “Había una vez un pueblo pequeño llamado Gibara que tenía un gran Festival, nombrado del Cine Pobre…”

Recuerdo estas palabras que Abel Prieto, entonces Ministro de Cultura, pronunciara en la inauguración de una de las citas anuales: “Pueden despreocuparse los gibareños, el Cine Pobre no se va de esta ciudad. Este Festival se ha consolidado, ganado fuerza y prestigio, y está en perfecta correspondencia con nuestra política cultural”.


 

Tristemente, sin embargo, ocurrió una discontinuidad. Mas, por fortuna para Gibara y el cine cubano, se prevé ahora una resurrección. Y si bien lamento que no sea ya bajo la batuta de los mismos de ayer, aun así les deseo en lo personal mucha suerte a Perugorría y el relevo.

Ojalá, nuevamente, se logre que muchos caigan bajo hechizo similar al que me compulsaba a disfrazarme, o escabullirme, bajo el ropaje de El Peregrino Descalzo, y firmar aquellas escenas para el Diario del Festival. Con una muestra de ellas, la escrita como cierre de una edición de 2009 que ahora me suena lejana, quisiera terminar esta declaración:

“Cuando un final se avecina, suele pasar que trastoquemos el presente y nos pongamos a hablar de ahora mismo con saudades del pasado. Ese instante ya llega, y antes de alzar la mano para dibujar en el lienzo del aire mi signo de adiós a Gibara y el Cine Pobre, recuerdo unos días de inmenso Festival, de tardes y noches a oscuras en el vientre del Jibá, cobijado por historias de luz y pasión y muerte, con sexo de todos los sexos, de paisajes y gente remota o personas y sitios cercanos, sobre grandes esperanzas y mínimos deseos, acerca de realidades imaginadas o ficciones verdaderas. A mucha gente escuché disertar, con palabras lindas o enérgicas o amargas, hubo premoniciones y desvaríos y lucidez. Se aplacaron viejas hambres en el cuerpo y el espíritu. De todo pasó. Como en los buenos y que hoy se dicen extintos Metarrelatos. No hagamos Juicio Final. Tan solo pongamos el.”