El cine es mucho más…

…que técnica, oficio, dinero, fanfarria, espectacularidad. Es sensibilidad creativa, intuición artística, en fin, cosas esenciales para el cineasta, quien puede saber cómo dirigir actores, colocar la cámara en el mejor ángulo, mejorar líneas de texto, manejar efectos especiales, lidiar con productores buenos y malos, disponer de presupuestos altos o ninguno; pero nada de eso basta si cada día supone que ha descubierto el Mediterráneo y no sabe que para todos era ya conocido.


Foto: Cortesía Dolores Calviño


Julio García Espinosa estaba al corriente de todo esto y más, pero también comprendió que no es necesaria una grande y compleja industria para hacer filmes valiosos y duraderos, iluminados de arte. Las cinematografías latinoamericanas que no habían logrado desarrollarse todavía, no podían esperar por tal industria para responder a sus obligaciones con sus pueblos, cuando los impuestos cánones —no solamente culturales—, querían hacerles creer que eran colaterales, exóticas, existentes únicamente para que algunos estudiosos y críticos pedantes pudieran ejercer sus trabajos. Tenían que hacer mucho cine con poco, y hacerlo bien.

Y Julio dejó escrito en sus penetrantes e inteligentes reflexiones, variablemente asimiladas —a veces, excesivamente mal—, pero siempre incitadoras, cómo se podría conquistar las alturas requeridas para visibilizar y darle voz a sus pueblos; que se supiera en el mundo que existían muchas otras formas y temas que llevar a la pantalla y, sobre todo, que supieran esos pueblos latinoamericanos que debían conocerlos por su propio lenguaje.

Así, profundizó en el conocimiento del cine, sus potencialidades, realizaciones, amplias funciones, y comprendió, como pocos, cuánta cultura era imprescindible para enfrentar dicha tarea.

Julio García Espinosa era un artista completo: realizador, teórico, guionista… Un batallador humanista persuadido y persuasivo, poseedor de una elegancia y un sosiego, frutos de una personalísima espiritualidad, pero también de ímpetu y bravura en la defensa de sus convicciones.

Un batallador humanista persuadido y persuasivo, poseedor de una elegancia y un sosiego, frutos de una personalísima espiritualidad, pero también de ímpetu y bravura en la defensa de sus convicciones.

De ahí su permanente interés por que se creara una cátedra de Humanidades en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio, más centrada en los aspectos del buen hacer  —sin abandonar, por cierto, preocupaciones artísticas—, pero que no dedicaba todas las horas necesarias a la preparación de cineastas cultos, conocedores en profundidad de los filmes, los movimientos, las teorías de la historia del cine. Estaba convencido de que para romper las reglas y expresarse cabalmente, había que conocerlas muy bien. Su proyecto era ambicioso y abarcador.

Por eso, al ser elegido director de la Escuela, de la cual fue uno de los fundadores, quiso rodearse de componentes idóneos para esta tarea y buscó a un humanista como él para la jefatura de tal cátedra. Su opción fue Rufo Caballero, a quien seguía por sus críticas de filmes y sus trabajos teóricos, lecciones de conocimiento y perspicacia. Ambos compartían muchos ideales, y en el momento de conjunción de estas dos fascinantes personalidades, se conformó un exitoso dúo.

A instancias de Julio, Rufo se dio a la tarea de reunir un equipo amplio y variado de especialistas de distintas manifestaciones: cine (Jorge Yglesias, Joel del Río); escritores, ensayistas (Margarita Mateo, Alberto Garrandés, Francisco López Sacha y otros); historiadores del arte (Mary Pereira, Berta Carricarte), teóricos tanto cubanos como extranjeros, quienes emprendieron con entusiasmo tales objetivos.

Tanto Julio como Rufo comprendían que era una tarea difícil persuadir de la ineludible necesidad de acompañar el saber hacer con el conocimiento académico.

Tanto Julio como Rufo comprendían que era una tarea difícil persuadir de la ineludible necesidad de acompañar el saber hacer con el conocimiento académico, y juntos se dieron a la tarea de convencer, explicar, atraer a los escépticos y organizar el tiempo de las asignaturas técnicas de los distintos años para que hubiera más horas destinadas a estos estudios humanísticos, todo lo cual estaba acompañado por actividades extracurriculares nocturnas: charlas, conferencias, exposiciones, exhibiciones fílmicas, etc. Y como remate mediato, buscaban obtener la homologación de la Escuela como centro de estudios universitarios.

Se logró mucho, pero no lo suficiente, y por razones muy variadas: tradiciones establecidas desde la fundación de la Escuela, desajustes en los contenidos de las asignaturas, desmotivación de los alumnos, inexperiencia de quienes trabajábamos en la cátedra —sobre todo, necesaria confesión, de mi parte—.

Cuando Julio dejó de ser director, se volvió al status quo anterior y una semilla que debió germinar, se ahogó. ¿Culpó Julio a alguien de esa decepción? Para nada. Todo el claustro de la Escuela ha estado consciente de las razones que impulsaban tal ideal humanístico, y ha tenido capacidad y aptitud más que probada en cada aspecto de la formación de los futuros cineastas, ya que la inmensa mayoría sobresale en sus actividades, pero muchos de ellos no eran académicos y su formación era mayoritariamente autodidacta. Así veían la continuidad y la mejor manera de aprender cine: haciéndolo. ¿Es errada esa concepción? Ciertamente no.

Existen innumerables ejemplos en todas las manifestaciones del arte de creadores que, sin haber pasado por una academia, fueron y son brillantes, pero, ¿era una equivocación querer aumentar el mundo de conocimiento de los alumnos a partir de la academia? Tampoco. No creo que exista ningún artista que haya fracasado porque tuviera dicha formación. Quizá, como visionarios que eran Julio y Rufo, se adelantaron y no era el momento todavía. Quizá habrá que esperar al futuro para darnos cuenta de que la semilla no se ahogó, simplemente demoró en germinar.

Sí estoy convencida, porque fui testigo de la pasión y la serenidad con que trabajaron, de cómo trataron de encauzar su empresa, a veces imponiendo, pero también sumando inteligencias. Enfrentaron juntos victorias y avances, y sufrieron cuando el progreso se detenía. La Escuela fue grande antes y después del liderazgo de Julio García Espinosa, pero esos pocos años fueron, a mi modo de ver, esplendorosos.