El cielo iluminado de Remedios

Desde tiempos inmemoriales, San Juan de los Remedios, uno de los primeros asentamientos poblacionales de Cuba, vive la larga noche del 24 de diciembre bajo un cielo de Chagall pintado a fuego.

Las parrandas tienen allí su origen y su cuidado como madre de festividades similares, nunca idénticas, que se expandieron por toda la región noreste del centro de la Isla.
 

Lo que enaltece a las Parrandas de Remedios es la fuerza creadora de su gente. Foto:Internet
 

Como tantos sucesos de este mundo, son famosas sin que la mayoría de quienes las conocen las hayan visitado jamás. Como corresponde entonces, arrastra consigo innumerables leyendas y mitos, positivos y negativos.

Estos últimos ecos se amplificarán al arrancar la edición de 2017 con una desgracia. Pero da la causalidad que yo estaba allí y puedo contarles el reverso, si bien las parrandas no son, en lo absoluto, narrables.

En el primer fuego de la noche par de sacos de explosivos, mal ubicados e inadecuadamente empacados, recibieron calor y chispas de las primeras andanadas y se dispararon hacia los espectadores más cercanos provocando heridas y quemaduras en varios de ellos. Después de los primeros auxilios y la rápida evacuación de los lesionados, las autoridades del municipio y las parrandas emitieron una información donde se avisaba del suceso y de la limitación de fuego para el resto de la jornada.

Hubo un largo momento muerto en el vórtice absoluto donde todo ocurre, en la plaza central, a la vera de la Iglesia Mayor. Mientras, la fiesta seguía en los alrededores hacia dentro del pueblo, pero esta parte no se diferencia mucho de cualquier otro carnaval municipal, excepto, quizás, porque fama y turistas (pocos en esta ocasión) contribuyen a precios excesivos de casi todo lo que se ofrece en las vendutas, que se enlazan a lo largo de varias calles. Mucha música de estos tiempos, de agresivo tramado, y escasa organización de los servicios, sanitarios y otros, para multitudes.

Pero dejando a un lado esos “alrededores”, volvamos al meridiano de la noche. Los parranderos, con una profesionalidad y una ética no escrita en parte alguna, acunados por el fervor de los remedianos, volvieron a la carga para sobrepasar el accidente y el mal momento.

En las Parrandas el enfrentamiento es de una calidad teatral óptima. Dos barrios dirimen un conflicto simbólico bajo los preceptos aristotélicos de unidad de acción, lugar y tiempo. Para la dimensión de una fiesta popular multitudinaria, todo ocurre en un pequeñísimo sitio, en el entorno del parque del pueblo y en mucho menos de 24 horas, solo el transcurso de nochebuena hasta el amanecer de navidad. Pugnan dos barrios, San Salvador y El Carmen, cada uno con sus múltiples emblemas. Los sansaríes son hijos del Gallo y del color rojo. Los carmelitas del Gavilán. Ambos deberán cumplir una misma y larga secuencia performativa con sus respectivas escenas obligatorias: fijos trabajos de plaza, artillería (en lo fundamental morteros, voladores y fuegos artificiales), carrozas con la clave en sus desplazamientos y bungas.

Estas esquelas evidencia la pugna histórica entre los barrios
que es parte de la fiesta popular

 

En el cénit de la noche, los artilleros de San Salvador volvieron a la carga, a pesar del incidente en su predio. A pedir disculpas con más fuego, varias andanadas de fuego puro. Le contestó El Carmen con una bella cascada donde las llamas tienen el efecto de caer como agua, y con su móvil que giró varias veces en la noche componiendo sugestivas figuras iluminadas. Y luego una constelación de fuegos artificiales que hicieron del cielo un caleidoscopio. Corrió firme la carroza sansarí con sus motivos musulmanes y luego la carmelita, rápida, con su recreación del carnaval de Venecia. Dobla cada una en su esquina, entre el estrecho margen dibujado por los bordes de la plaza y los enormes trabajos de plaza. Los partidarios de cada una vitorean dando ánimos, como si soplaran las velas de una nave que depende de su energía.

Nadie gana nada material, no hay dinero, se alcanza la virtud por la dominante figurada de un barrio sobre otro hasta la próxima parranda, un año después. No hay héroes, no hay nombres, todo es anónimo. Nadie dicta victoria o derrota, no hay jurado. Los parciales de uno y otro lado evalúan en vivo, participando de modo individual y colectivo a la vez, la calidad de la ejecución completa de su barrio y del otro. ¡Cuántas enseñanzas para la vida de todos los días!

Una enorme inversión de tiempo, talento, trabajo y recursos (la mayoría procurado por los propios barrios) para auto regalarse unas escasas horas de fiesta en un diminuto espacio y dirimir un estatuto de gran fuerza simbólica. Nada más. Un juego perfecto.

Orfebres esculpen el cielo a punta de fuego. Nos remiten a una memoria ancestral de la humanidad. Y a la prometeica fuerza creadora de lo popular. Lejos del animal y de las marcas sociales, aferrados al mejor designio humano.