El Choco y la puesta en escena

El arte está lleno de conjuros y velados misterios, de denotados signos que por momentos resultan “imposibles” de descifrar, ni tan siquiera al “decodificarlos” con inéditas palabras. Algunas zonas de la obra del artista de la plástica cubana Eduardo Roca Salazar (El Choco) me producen este efecto.

Su labor deambula por una gama de relatos donde explosionan los discursos. El artista construye singulares voluptuosidades de colores intensos y febriles líneas de gruesos trazos amotinados. No hay espacio para la mirada esquiva, el diálogo complaciente.


Tras la fuga de pinceles y paletas, emergen los muchos colores que atrapan las telas, las esculturas y los grabados revolucionados por sus manos, por los saberes de un artista en ebullición, que moldea desde el oficio el reinventar de su arte genuinamente cubano.

Son piezas de horondos trazos e inconfesables curvaturas, donde El Choco lo desata todo con fugaces pátinas de intensas luces. Delinea rostros rebosados de subliminales figuras conexas, mapea la cubanía, los alientos de nuestras brasas, el sentido del tiempo o la vistosidad de cotidianas verdades.

Un recreo de muchas maneras de vernos en nuestra Isla de singulares formas, de alargadas cinturas y revolucionados mestizajes, donde el artista pinta también las cordilleras de sus personajes, que son la fuerza viva del calor de una nación encendida, plural, coqueta.

Ante la obra conclusa apremian los juicios, las metáforas, las sinuosas interpretaciones. Tras ese sublime momento, surge el milagro de sentir los frescos de sus erguidas lucubraciones que el arte cinematográfico ha sabido desatar en tiempos versos.

Todo esto mora en un texto performativo, biográfico, de vibrante fotografía y fragmentadas narraciones. El documental El hombre de la sonrisa amplia y la mirada triste (2016), la más reciente entrega del cineasta cubano Pablo Massip, desmenuza por capítulos los ardores de un hombre que construye la paz y sus mejores fortalezas estéticas, gestada en los misterios de sus pulsos.

Pernocta en su abultada colección de obras sin fin reinventada con otras fuerzas: íntimas, dialogantes, vitales, pero también desde los muchos misterios que se agigantan.

El espectáculo de este filme comienza con una mujer venida del mar. Repiquetea los cueros de un tambor sublime, simbólico, afrocubano. Como una gran puesta en escena, se ilumina su entrada con la fuerza de la luz, donde irrumpe la majestuosidad de la música de sentida sobriedad, en cuyos diálogos confluyen los solos de un violín al compás de sonidos, claramente redimensionados, corpóreos, mitológicos.

El cineasta Pablo Massip advierte la necesidad de tomar para esta pieza varios recursos y soluciones estéticas. Es un texto donde el testimonio afina todas las cuerdas de sus trazados, entroncados, por momentos, con danzas performativas que en el filme no son un reiterado adorno. Emergen en cuidados momentos como punto de vista, como colectiva reinterpretación de la vida y la obra del artista.

La pantalla nos exige cubrir los espacios, los tiempos, los atrincherados ángulos. En este documental, la fotografía convoca a los compases de luces y sombras que se mezclan en un todo de escenas irrepetibles. Desde sus vértices y núcleos convergen el campo cromático y situacional de las escenas, todas ellas, escritas desde la sencillez que nos aporta la mesura del discurso.

El fotógrafo de este filme, Danil Massip, destrona los espacios vedados con escenas a contraluz. Erige un milagro de luces superpuestas, por momentos descorchadas, buscando signar las muchas atmósferas que fortalecen el texto documental o las palabras tejidas por ese interrogatorio que hurga, discrimina, relata.

Cómplice y gestor de esta entrega, Pablo Massip pone en primera persona a los retratados de El hombre de la sonrisa amplia y la mirada triste, esenciales para lograr la veracidad de la puesta, los parapetos de las palabras, la gestualidad de los interrogados.

Los testimonios de los amigos, críticos de arte o familiares, apuntan hacia ese cometido de reescribir la historia de un hombre moral vestido de grandeza humana, y a la vez gigante, por esa capacidad de reinventarse como artista, de saber en cada momento donde ha de estar como ciudadano del mundo. Entonces nacen las pátinas de la pantalla apertrechadas de colores, de historias o fábulas, que son también parte de los pretextos de la puesta audiovisual.

Este boceto de baldas fílmicas evoluciona por capítulos, desde las muchas atmósferas construidas por cuidadas notas, cuando se trata de edificar un texto inspirador de ideas, de acentos; un claro acierto no siempre presente en el grueso de la documentalística cubana de los últimos años, lastrada por el relato fácil o el despliegue injustificado de adobes y estéticas de las ya no tan nuevas tecnologías.

Pablo Massip no se deja provocar por la praxis fílmica de contar su relato solo con los testimonios de figuras o personalidades ilustres. Combina, entrecruza, jerarquiza la justa palabra para dar esa matriz de un hombre leal, cercano, de probada sencillez y sentido de la responsabilidad con la sociedad, con su patria, de la que es parte vital. Los hombres y mujeres que pernoctan en esta obra van conformando ese diapasón de rutas que nos conducen hacia la legitimación del artista.

El crisol de vivencias, miradas, adjetivaciones, fortalecen esta obra enfocando el verdadero cometido fílmico: humanizar y legitimar al personaje Eduardo Roca Salazar. Cada uno de los inquiridos tiene un tiempo, un espacio, un lugar. Son ellos todo un conjunto de afirmaciones, certezas, descollantes palabras de oportunos juicios, vertidas en una pantalla que nos recrea, nos importa; una mampara cinematográfica de muchos tonos, de vitales colores humanos delineados como eclipses de luz, de sobrias estaturas.

La música compuesta por Tanmy López encona el espíritu del documental. Algunas piezas de cargada cubanía entroncan sin reparos con las entregas más electrónicas. El tono exacto, el preciso andar por el tiempo en pantalla, forman parte de los logros de este apartado construido cuando la atmósfera lo exige.

Raymel Casamayor se integra a los esfuerzos de la compositora. Edifica una banda sonora que toma también de los sonidos exteriores para darle al filme legitimidad y coherencia con las intencionalidades del director. Desarrolla un trabajo creíble, de auténticas armonías, y secunda el discurso del autor cinematográfico, exigente con los detalles de la puesta.

El también guionista de este filme, Pablo Massip, refuerza el dibujo documental, edifica fragmentos hilados para fortalecer los argumentos y los pretextos que le motivaron a poner ante los espectadores el texto El hombre de la sonrisa amplia y la mirada triste.

Como realizador no se contenta con la palabra tomada, recompone las muchas piezas de El Choco en los diversos espacios que ofrece la pantalla. No se limita a figuraciones cromáticas de efectos, muy usados en los video clips o publicidad Made in Cuba. Los integra a una gran tela cinematográfica donde las obras más virtuosas reverdecen, ensanchan la imagen y redimensionan los tiempos de pantalla, encargo materializado por el joven montajista Daniel Diez Jr.

Este documental, producido por el Instituto Cubano del Arte e Industrias Cinematográficas (ICAIC), amerita ser socializado en los espacios y festivales internacionales dedicados al cine, pero también en los foros y escenarios del arte cubano y de otras geografías, como parte de una estrategia de comunicación cultural contemporánea. Bienaventurados los que puedan leer El hombre de la sonrisa amplia y la mirada triste.