El bestiario de Frankenstein

Cologny, Suiza, verano de 1816: el polígrafo británico Percy Bysshe Shelley visita, junto a su esposa, Mary W. Shelley, al poeta Lord Byron, quien, acompañado por el médico John William Polidori, residía en Villa Diodati, retiro campestre anejo al Lago de Ginebra.

Cierta noche, tras leer al calor del fuego una antología alemana de cuentos de fantasmas, Byron retó a sus amigos a escribir por separado una historia de terror. Este fue el germen de dos piezas literarias: Ernestus Berchtold o el moderno Edipo, de Polidori, y Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley. La primera, poco conocida actualmente; la segunda, un clásico de la literatura occidental que este año cumple dos siglos de haber sido publicado por vez primera.

De habérselo propuesto, ¿qué horrendas criaturas hubiera creado el Doctor Víctor Frankenstein para congratular a su famoso monstruo? La repuesta nos llega gracias al arte y la ofrece el ceramista Alejandro Cordovés Ramírez en Los hijos de Frankenstein, muestra personal que por estos días acoge la capitalina Casa del Benemérito Benito Juárez.

Con notables destreza técnica y creatividad, este joven artista pone a un lado las prerrogativas funcionales y decorativas de la cerámica para crear piezas únicas que, en su conjunto, conforman una maravilloso zoológico protagonizado por seres extravagantes, mitad orgánicos mitad mecánicos, nacidos de la más enfebrecida imaginación. Grotescos fósiles dispuestos sobre troncos secos, babosas-resortes que reptan por las paredes, conejos biónicos erizados de botones o a punto de echar a rodar, un juguete bífido formado con trozos de pez y reptil, criaturas abisales cuyos folículos luminiscentes han sido reemplazados por bombillos ahorradores… A veces, el creador se inspira en las precariedades cotidianas para ingeniar especies porcinas que nos permitan “estirar” sus carnes hasta lo imposible; en otras, toma como justificación un trozo de mandíbula animal para reconstruir, con maestría de experimentado paleontólogo, la estructura anatómica de un alado dragón.  

El fino humor de Alejandro se entremezcla con arcilla, pigmentos y objet trouvés que dan forma a estos vástagos de lo imposible, a estos engendros sorprendentes y divertidos, cuyos bocetos muy bien pudiéramos encontrar en los diarios de trabajo del tétrico doctor italiano que creó a uno de los monstruos más famosos de todos los tiempos.

Si es usted amante de los bestiarios medievales, si cuenta en la familia con apasionados de la zoología fantástica, Los hijos de Frankenstein constituye una oportunidad idónea para acercarse en compañía de amigos y parientes a bicharracos de muy variada especie. Eso sí, tenga cuidado: ya hemos recibido quejas de mordidas y arañazos. Ándese con ojo, que entre monstruos, cualquier precaución es poca.


Muestra de la exposición
Alejandro Cordovéz Cochinator. De la serie Rodantes 2018. Foto: Maité Fernández
 
 
Muestra de la exposición
Alejandro Cordovéz Juguete Bífido. De la serie Rodantes 2018. Foto: Maité Fernández