El año en que ganó Alemania

                                                                       A Roland, por la amistad

 

Hace exactamente 9 años que no venía a Berlín.

Me ubico cerca de donde entonces: en el antiguo Berlín del Este. Ahora son menos los viejos edificios con su costra gris. Y tantos otros del XIX, con sus 4 o 5 pisos como norma, su porte neoclásico, sus abundantes cornisas, han recuperado su lustre. Pero todavía la ciudad muestra algunas cicatrices de su división, visibles en esos adefesios construidos en la parte oriental y en aquellos donde se refugian hoy, en uno y otro lado, emigrantes y sectores de pobres ingresos.


Foto: internet


Por la Copa de Fútbol los televisores, grandes y pequeños, han salido a la calle a complacer a bebedores de cervezas en bares y cafés. En una esquina, cerveza rubia en mano, disfruto como mía la victoria de Uruguay sobre Italia. Alguna exclamación hace que los vecinos de mesa me miren con condescendencia.

A algunos extraña mi complacencia con el frío, siendo cierta esa fama de friolentos de los cubanos. Yo me río, he escapado de Junio, el general de Gómez que más maltrata mi cuerpo en la Isla, entre sudores incontinentes y el ahogo del calor, gracias a la infernal combinación en tenaza de las altas temperaturas y la astronómica humedad.

Lo único triste del verde Berlín son las continuas lluvias, oscilantes entre la odiosa llovizna que pareciera no acabar nunca y los intervalos de precipitaciones más fuertes. A pesar del paraguas, llego empapado a varios sitios. Casi siempre restaurantes que curaban la humedad con el amplio espectro de ofertas cosmopolitas que se pueden encontrar en cualquier esquina.

No fue esta vez un Berlín de teatro, las carteleras no nos animaron, a pesar de la excelencia de la escena germana. Pero tal vez el verano con su afán de ligerezas, explique la falta de atracción de las muchas salas capitalinas. Preferimos entonces las artes plásticas y fuimos a tres exposiciones. A ver los Picasso y los Matisse que un poderoso judío le regaló a la ciudad de la que tuvo que escapar en tiempos de Hitler, un dulce guiño de generosa venganza.  A una selección de piezas presentadas en las bienales de Berlín. Y a la magnífica expo del chino Ai Weiwei en el Gropius.

No fue esta vez un Berlín de teatro, las carteleras no nos animaron, a pesar de la excelencia de la escena germana.

Volví a Cuba. El Mundial de Fútbol entraba en los finales y el enfrentamiento entre Brasil y Alemania, y luego entre Alemania y Argentina me encontraba, como siempre, de la parte latinoamericana, excepto por Roland, que sufría, cigarro y vino verde en mano, por los destinos de su equipo. Fue mi único consuelo ante la derrota, saber que mi amigo disfrutaba allá lejos.

Solo pasadas las semanas, me percaté: yo había vuelto a Berlín el año en que ganó Alemania.