El alimento vital que me sostiene

 

Con retardo respondo a una petición a la que debí adelantarme: pergeñar unas líneas sobre el sentido de la Revolución en mi vida. El carácter sustantivo, antonomásico del término revolución puede ocultar que se trata de aquella que triunfó el 1º de enero de 1959, dos años y medio antes de mi nacimiento. Así que crecí en ella, con padres implicados en la transformación y, tras su temprano divorcio, con una madre que llevaba sus bases en cada uno de los roles que asumió. Fue una prueba difícil. Durante mucho tiempo la Revolución y mi madre fueron una, por lo que a ambas sufrieron abundantes descargos de mis rebeldías —de infancia a adolescencia a juventud— y por igual asumieron las culpas de la otra y el propio amor que conservaban. Defender sus bases y criticar parte de sus tácticas en medio de una burocracia que se plantaba como asistencialista y sedentaria cerraba puertas y me convertía en heraldo de peligros.

No cejar en la idea de seguir defendiéndola, de seguir sosteniéndola allí donde las fuerzas me alcancen y las posibilidades se fragüen, me colocó en otra lucha cuando las desbandadas llegaron en tropel. Y en el propósito crecí, acaso sin saber cuánto crecía en esos tiempos de dura incomprensión (o de secreta comprensión que camuflaba con frases y consignas sus temores). Por eso, una metáfora que pueda contenerla es el único modo al que consigo acudir. Esta Revolución cubana, de los barbudos que heredan la que iniciaran los mambises, es mi alimento vital, y me sostiene. Como todo alimento que no se lleva en dosis de equilibrio, a veces trae ingestas que llaman a migrañas, aunque siempre, y siempre, y siempre, de vuelta de las sacudidas, con nutrientes que pujan por que siga viviendo hacia el futuro, terca, un poco estrepitosamente.