Eduardo Mendoza, un escritor entretenido

 

Cuando anunciaron que Eduardo Mendoza había merecido el Premio Cervantes 2016 de literatura, sus muchos lectores aplaudieron y unos cuantos críticos quedaron congelados, aunque no sorprendidos.

Se sabía que debía ser un español, por esa manía pendular de repartir cada año el galardón entre autores a uno y otro lado del Océano Atlántico. También que Mendoza estaba en las cábalas, aunque gozaban de mayor favoritismo el filósofo Fernando Savater —ah, el poder mediático y el conservadurismo reciclado— y Antonio Muñoz Molina —de nuevo el poder mediático que no ha limado un auténtico pensamiento crítico.

foto de Eduardo Mendoza Premio Cervantes de Literatura
Eduardo Mendoza, Premio Cervantes de Literatura. Foto: Cortesía del autor


Pesaban los antecedentes, la enorme estatura literaria de los laureados en años anteriores: tres latinoamericanos, Nicanor Parra (2011), Elena Poniatowska (2013) y Fernando del Paso (2015), e igual número de españoles, Ana María Matute (2010), José Manuel Caballero Bonald (2012) y Juan Goytisolo (2014).

Al final se impuso Mendoza y con él la consagración de un mercado editorial cuya función esencial es propiciar lecturas entretenidas de textos escritos con oficio y dignidad.

Mendoza vende bien y se lee con fruición. Él mismo defiende su lugar: “Yo creo que toda la literatura es de consumo, siempre que se pueda disfrutar de ella”. Este catalán de 74 años de edad ha sido fiel a esa regla a lo largo de casi toda su carrera, jalonada por premios y éxitos comerciales, sin implicarse demasiado en debates estéticos ni experimentos literarios.

El discurso de aceptación del Cervantes, hace apenas unas horas en el paraninfo universitario de Alcalá de Henares, en presencia de Felipe VI, lo retrató de cuerpo entero. Un hombre dotado de un sobrio sentido del humor, que aprendió que novelar permite “cualquier cosa: relatar una acción, plantear una situación, describir un paisaje, transcribir un diálogo, intercalar un discurso o hacer un comentario (…) sin forzar la prosa, con claridad, sencillez, musicalidad y elegancia”.

No obstante, declaró padecer “la incertidumbre y la confusión” de una época que lo expone a “un cambio radical que afecta al conocimiento, a la cultura, a las relaciones humanas y, en definitiva, a nuestra manera de estar en el mundo”.

La primera novela de Mendoza, La verdad sobre el caso Savolta (1975) sigue siendo la que con mayor fortuna concilia la pasión de lectores y críticos. Fue una bocanada de aire fresco en el panorama literario peninsular, en tanto recuperó la jerarquía de lo que se cuenta por encima de los artificios del lenguaje. El protagonista, un joven que a principios del siglo XX se emplea en un estudio legal barcelonés, es testigo de intrigas y turbiedades, de escarceos románticos y luchas sociales.

Aun cuando la crítica saludó por su mayor vuelo literario La ciudad de los prodigios (1986) —de nuevo Barcelona entre el esplendor y la nostalgia—, la novela inicial aludida saca ventajas por su sinceridad escritural. Ya en los años 80, Mendoza y sus editores le habían cogido el gusto a un tipo de narración con muchas peripecias y vericuetos ficcionales en los que la historia no pasaba de ser mero telón de fondo. Humor, ironía, saber hacer, seducción fabular, algo de melancolía y calculados golpes de timón que pueden causar un efecto divertido y excéntrico como en la multipublicada y traducida Sin noticias de Gurb,  garantizan el sello de Eduardo Mendoza.

Puerto seguro para un escritor que declaró: “A mí me gusta la gente que no tiene ideologías, pero en cambio, cumple en su vida personal”.