Echarse al ruedo
Fotos: Yander Zamora
 

Acosta Danza ha dejado de ser una idea y un comentario para devenir una posibilidad, un suceso. Se ha lanzado al ruedo con un ambicioso programa; pero acorde con los propósitos que su creador, el gran bailarín Carlos Acosta, ha expresado reiteradamente. Es su deseo encontrar para la naciente  compañía una línea que asuma, desde lo cubano, todas las tendencias históricas y contemporáneas de hacer la danza que él mismo ha experimentado en su exitosa carrera internacional, a partir de la formación técnica que le aportó la Escuela Cubana de Ballet.

Sus intenciones parten de una evidencia constatada en lo visto y hecho a nivel global, en relación crítica con el contexto danzario cubano empeñado, durante muchos años, en demarcar demasiadas fronteras dentro del danzar académico. Si bien el panorama actual de la danza cubana se ha flexibilizado e interrelacionado —con el ir y venir de bailarines y coreógrafos—, a la vez que deteriorado —con los éxodos y migraciones frecuentes entre compañías—, todavía las agrupaciones suelen entenderse, generalmente, como feudos de ballet, folclor o danza contemporánea.


 

Pareciera que desde el propio nombre de la novel tropa que Carlos Acosta ha conformado, esto pasará de largo: Acosta Danza se anuncia, sin más apelativos para este arte, que con el apellido de su fundador y director. En la conformación del cuerpo danzante escogió buenos profesionales jóvenes  provenientes de varias tendencias formativas, y para encaminarlos se asiste de destacados profesores y coreógrafos de disímiles corrientes y escuelas.  Aunque todavía la mixtura se siente más de convivencia que de esencia, parece que la compatibilidad latente permitirá apreciar, en un futuro, una compañía donde todos sus bailarines sean capaces de asumir el más variado repertorio, a partir del más completo entrenamiento de lo que ha sido la danza en la historia del mundo.

En verdad esto suena a quimera y será un proyecto muy exigente para el cuerpo humano; pero son tiempos de hacer el danzar menos finito y paralelo, e inundarlo de la gran movilidad que ha nutrido y acompaña al universo y sus hombres de hoy. 

Ahora mismo no creo que Acosta Danza sea la compañía soñada por Carlos y la esperada por muchos; si bien la fórmula mostrada se percibe necesaria para dar nuevos aires y pudiera acelerar su impacto desde una experimentación más abierta y un trabajo atinado de revisión de lo incierto. Mirémosla, por el momento, desde el repertorio con que se ha presentado en su premier.

Pienso que entre lo más acertado estuvo retomar El cruce sobre el Niágara, de Marielena Boán, porque es como soportar a la compañía, desde su iniciación, sobre una obra —asumida con rigor por Mario Sergio Elías y Raúl Reinoso—, que es exigente a la indagación y el ejercicio, metáfora de  esa misma cuerda floja que intentan definir las vigentes tentativas de Carlos. Es volver sobre un buen y difícil camino; despejar la senda para entenderse expeditamente, desde nuestra más respetable historia danzaria, con un Fauno, de Sidi Larbi, o el Winter Dreams, de Kenneth Mac Millan; asimilar esa apuesta laboratorio por jóvenes coreógrafos como Alexis Fernández (El Maca) con De punta a cabo, y Raúl Reinoso, con Anadromous.


 

Alrededor no hay nada, de Goyo Montero, fue otro momento destacable, porque además de permitirnos volver sobre esta obra revisitada por su propio autor, el trabajo coral permitió observar coherencia y buen diálogo entre los convocados a formar parte de los días de creación de Acosta Danza. Lamentablemente, no fue la Carmen de Carlos Acosta el mejor y más esperado cierre para la selección contemporánea. Si bien desde Tocororo el famoso bailarín ha crecido como coreógrafo —y aún cuando en la estructura de su Carmen se hace muy notable el afán por llevarnos a un espectáculo total de entrecruces estilísticos y referenciales—, a la pieza le sobran ingenuas soluciones dramáticas, y abusa de la pantomima narrativa dejándose llevar por clichés populistas en su tentativa de manejar creativamente el argot y los ademanes  populares.  


 

Carlos Acosta debe aguzar el sentido de la síntesis, mucho mejor llevado en la armazón de la puesta en escena de la selección clásica, donde el juego tras bambalinas que inicialmente pareciera postizo, va tornándose verosímil y bien acompasado con el transcurrir de las obras hasta arribar a una despedida que lo  hace meritorio. Con este reconocido y aplaudido espectáculo a nivel internacional, Acosta ha sido bien exigente para echar a andar su joven tropa,  liderada en las ejecuciones por la supra experiencia misma de Carlos, y una Verónica Corveas  que bien puede ayudar a perfilar el hacer histriónico de sus talentosos compañeros de puntas.