Duelo en la cultura cubana

La muerte de Guillermo Rodríguez Rivera viene a dejar un doloroso vacío en la cultura cubana, entre otras cosas, porque su espíritu polémico e inconforme no abunda en nuestros predios, donde la mayor parte de los escritores evaden el debate social.

A pesar de que nos conocíamos desde hace mucho, no puedo decir que fui su amiga. Creo que nunca le caí del todo bien a pesar de la admiración que yo le profesaba, tanto a él como al resto de los integrantes de la primera generación de El Caimán Barbudo.

Algunos de ellos se molestaron conmigo porque en los años 70 dije en una entrevista que los verdaderos poetas de aquel grupo que sucedió al de los años 50 eran Pablo Milanés y Silvio Rodríguez.


Junto a Wichy Nogueras. Foto: Internet


Pero ese arranque juvenil —que no está lejos de mis convicciones actuales— no me impidió nunca reconocer las influencias que tanto Guillermo como Luis Rogelio Nogueras o Raúl Rivero dejaron en mis primeros asomos a la poesía, cuando el coloquialismo era no solo una corriente de moda, sino una manera de definirse con respecto al afán de comunicación de un escritor.

Lo que más admiraba de Guillermo era su vocación para la polémica y ese periodismo involucrado con los problemas sociales que se hizo maduro y creció en el blog Segunda Cita, de Silvio Rodríguez, y que recién fue recogido por el Centro Pablo de la Torriente Brau en un volumen presentado en la pasada Feria del Libro.

Aunque su oficio de poeta no fue despreciable, creo que siempre me gustó mucho más la obra ensayística de Guillermo, especialmente esa pequeña joya que es Por el camino de la mar o Nosotros los cubanos, donde apresa, como pocos de nuestros contemporáneos lo han hecho, esa cubanía de la cual él mismo era un genuino representante.

Me hubiera gustado asistir a esas legendarias descargas trovadorescas de las que tanto oía hablar cuando Rodríguez Rivera todavía vivía en los alrededores de la Funeraria de Calzada y K.

En su apartamento reunía tanto a los clásicos como a los noveles cantautores de un género que defendió y conocía tal vez mejor que cualquier avezado musicólogo. Quizás porque le tocó nacer y vivir mucho tiempo en Santiago de Cuba, una de las ciudades más musicales de nuestra Isla.

Su sentido del humor y su ingenio prodigioso lo hacían un excelente conversador; por eso sus alumnos recuerdan sus clases de literatura en la Universidad de La Habana entre las mejores que impartió un docente en los predios de la Facultad de Artes y Letras de esa casa de altos estudios.

Sus cualidades como comunicador las ejercitó también en la radio y la televisión cubanas. En este último medio de difusión todavía se recuerdan sus cursos de apreciación literaria en Universidad para Todos o sus comentarios de libros en el popular programa Escriba y Lea.

Jaranero y bromista como era, es difícil imaginarlo entre los tristes crespones negros de la muerte.

Es por eso que prefiero recordar a Guillermo en aquellos días en que me tocó editar su novela Canción de amor en tierra extraña, donde se hablaba (con sorna) de una poetisa “descafeinada” en la que me sentí reconocida.

Lejos de ofenderme me pareció tan ingeniosa la descripción que hacía sobre mí en aquellas páginas, que me permití bromear con él sobre ella. Creo que esos fueron los días en que más cerca estuvimos, y aunque su narración no tuvo mucho éxito entre los lectores a mí me pareció un valioso testimonio generacional al que habrá que acudir cuando se haga la historia de aquella primera etapa de El Caimán Barbudo.

Extrañaré los textos de Guillermo en Segunda Cita y lo recordaré siempre como ese hombre directo, de lengua afilada, que nunca perdía la ocasión para hacer un buen chiste o un poema clandestino que circulaba, como los anónimos, de boca en boca.

Con la muerte de Guillermo Rodríguez Rivera la cultura cubana pierde a alguien que, sin dudas, forma parte de la historia de la cultura cubana posterior al triunfo revolucionario de 1959.