Dreams o el universo Couret

 

Llega Miguel Ángel Couret a la hermosa y recién estrenada galería del Palacio Marqués de Arcos —que pertenece a la Oficina del Historiador de la Ciudad y está aledaña a la Plaza de la Catedral— con su más reciente propuesta: Dreams, que nos invita a adentrarnos en un mundo complejo donde la insinuación llega a convertirse en presencia palpable, en esencia revelada.

Las nueve piezas que conforman la exposición —abierta al público hasta el venidero 5 de junio— se ensartan entre sí con complicidad porque son como las cuentas de un mismo y legítimo collar de perlas: diferentes, pero iguales en su valor intrínseco. Y esa coherencia conforma un todo que responde a que Couret ha llegado a un punto de madurez profesional con todos sus significantes: síntesis y claridad en las ideas, excelente factura técnica, sobriedad conceptual y, sobre todo, con una estética y un trazo que lo define y lo diferencia de otros creadores de su generación.



 

Cada una de las nueve piezas incluidas en Dreams parece responder a un único llamado: el de los sentimientos —o más bien, lo que se ha dado en llamar “sus paisajes del alma”—, porque es una exposición íntima que nos revela preocupaciones relacionadas con el tiempo; pero no con el porvenir, sino con el transcurrido, que es otra cosa. Pero eso no implica que Couret se encuentre anclado en el pasado. No, porque sus inquietudes tienen una marcada vigencia y basta analizar con detenimiento Equilibrismo insular (linografía, 70x200. 2017), Contrapeso (acrílico/lienzo, 180x130 cm. 2015) o Lección de historia (linografía, 70x200 cm. 2016).

Este artista —nacido el 12 de octubre de 1964 en la occidental provincia cubana de Pinar del Río, donde aún reside y trabaja, y quien es graduado del Instituto Superior de Arte (1988)— no es ni el primero ni el único creador que ha empleado el icono de la silla como soporte expresivo, como sustento de su discurso conceptual. Pero Couret asume esa figuración como recurso, una y otra vez, para hablarnos del ayer desde el hoy; no obstante, mira hacia el mañana. A mi juicio, una de las piezas más conmovedoras de Dreams es la titulada Mi abuela y el viaje (linografía, 200x70 cm. 2015), que constituye su personal remembranza hacia esa mujer que, “aún con 99 años de edad, bordaba y cosía”, según nos confesó el propio artista.

En esa cuerda se mueve Dreams, a partir de evocaciones/reflexiones que exhiben, además, un personal juego/rejuego, porque Couret ejerce la pintura a la par de una intensa y extensa carrera como grabador: sin ser exactamente lo mismo, se percibe una retroalimentación entre ambas maneras de hacer. En otras palabras, el grabado se mete en la pintura y viceversa, algo, por cierto, muy válido.

Otro elemento que, creo, contribuye a crear la atmósfera de la exposición es la gama empleada: los ocres, los grises, los fondos negros con marcadas y finas líneas en rojo son los sobrios tonos usados en Dreams. Esa paleta bastante restringida —al menos, en esta exposición— habla a favor de una economía del color que Couret sabe utilizar con pericia y sin estridencias.

Estos Dreams —o estos Sueños— que ahora propone el artista, son la más reciente ventana abierta para adentrarnos en el universo Couret, toda una aventura para la que —por su hondura, lirismo y ciertos toques de aspereza— tenemos que estar preparados: Couret ni hace concesiones para complacer ni entra en retozones facilismos.