Dora Alonso 15 años después
Fotos: Cortesía del autor y Archivo de La Jiribilla
 

“Una obra transparente como el riachuelo, fértil como la tierra, resplandeciente como el lucero. Una obra que llega al corazón porque nace del corazón”.

Fernando Rodríguez Sosa
 

Hacer un bojeo en torno a la obra para niños de Dora Alonso se me antoja, desde un primer momento, tarea tan placentera, como difícil y riesgosa. No se trata de la magnitud numérica de obras publicadas, que en realidad no resulta muy amplia; sino el hecho de que, hurgando en la creación de la autora, uno se encuentra incuestionables resonancias de un libro a otro que la hacen una trama, cierta urdimbre, un corpus indivisible, con independencia del público al que supuestamente esta creación haya estado dirigida en sus diversos períodos.

En tal bojeo —riesgoso, además, por la subjetividad de quien deberá montarse en la nave que dé la vuelta a los interminables contornos de obra tan variada y única en sí misma— se corre el inevitable peligro de quizás abandonar alguna pieza clave con el mero e infundado pretexto del destinatario al que supuestamente dirigió su obra literaria.


 

Si la creación de Dora Alonso me parece única, indivisible y coherente, un todo a partir de muchos géneros cultivados con el mismo acierto, es en definitiva porque ella, como todo autor establecido, acusa en sus letras una personalidad muy marcada y definitoria. Eso que llaman estilo, en esta matancera (nacida el 22 de diciembre de 1910 y fallecida en La Habana el 21 de marzo del 2001), genuina hija de campesinos, se hace más que evidente y, sobre todo, sin la búsqueda ex profeso de un estilo, sin la suscripción —implícita o explícita— a corriente literaria alguna, a género, edades, épocas o geografía determinadas.

Dora era una fina artista de la palabra, exquisita orfebre con un mundo de imágenes muy propio.Dora fue del tipo de narradores de los llamados “naturales”. Su formación, en gran parte autodidacta, la preservó admirablemente de vicios o contaminaciones estilísticas; por ende, también, de cualquier moda o usanza cuando de expresar algo y escribirlo se tratara. Dora era una fina artista de la palabra, exquisita orfebre con un mundo de imágenes muy propio. Siempre escribió como pensaba, como hablaba y, sobre todo, como sentía. Al rehuir la búsqueda de un estilo, al mantenerse fiel a su forma de ver el mundo y cuanto de él le podía preocupar, entregó de continuo una prosa y un verso genuinamente suyos, irrepetibles, inimitables, en los cuales no se ven costuras, ni tampoco los —aparentemente sencillos y en verdad únicos— andamios estructurales sobre los cuales esta obra se sustenta. Tal fue entonces su gran naturalidad y verosimilitud cuando escribía, fuera el tema que tratara y el público al cual se dirigiera.

Ajena a todo rebuscamiento formal o temático, la suya deviene una literatura, en primer término, muy cubana, de honda raigambre popular, con lejanas resonancias del folclore y la tradición.Ajena a todo rebuscamiento formal o temático, la suya deviene una literatura, en primer término, muy cubana, de honda raigambre popular, con lejanas resonancias del folclore y la tradición, vestida de gracejo muy particular al expresar las imágenes, casi del modo en que lo hacen los guajiros de monte adentro o aquellos cujeados pescadores quienes, al calor de las costas y mares cubanos, se refieren a cada acontecimiento novedoso, infausto o feliz de sus existencias cotidianas. Como bien dijera Excilia Saldaña en su ensayo Cubanía y Universalidad en Dora Alonso, esta autora es “heredera de dos culturas —España, en el idioma y la lengua. África en el misterio y la leyenda—. Dora lleva de ambas esa sabiduría en el contar que solo posee el pueblo. Y al pueblo, a su patria, a este archipiélago mulato, le devuelve lo que aprendió de su espacio antillano: el crecimiento de la luz, la altura aérea, sutil, la hipérbole humorística, la prisa que se convierte en síntesis, en metáfora exacta”.

El amplio registro expresivo que abarcó la creación de una intelectual tan completa como Dora Alonso, parte del periodismo que ejerció en medios muy diversos y épocas bastante diferentes, transita por las novelas radiales y televisivas —en las cuales sentó cátedra también—, toma como bastión de su lucha por la infancia el teatro infantil, emplea como documento histórico el libro de memorias, reivindica las crónicas, borda los relatos, enriquece las prosas poéticas, le pone un sello a la poesía, se pasea airosa por la novela y el cuento. Nunca vaciló en abordar tema alguno por difícil que pareciera; eso sí, siempre estos temas están íntimamente ubicados en su entorno más genuino. Resulta entonces un ejemplo de cómo la ansiada universalidad se puede alcanzar escribiendo con la mayor fidelidad posible, desde lo más hondo del sentimiento y la experiencia de uno mismo. Escribir, como bien dijera en el exergo de una de sus célebres obras, con el lema de que “Cuando el hombre llega a las estrellas es también la hora de las raíces”.


 

Clasificar su creación sería riesgo todavía mayor pues, a través de los diversos géneros en que Dora escribió, a partir de las diferentes edades para las cuales lo hizo, sin desprenderse de su jerga muy particular, de su cosmovisión, de sus inquietudes —fundamentalmente de índole humana y ética—, se fue moviendo en diversas escuelas y resultaría totalmente inadmisible intentar encasillarla dentro de alguna. Jamás será igual la Dora de una novela con lacerante naturalismo como Tierra inerme, que quien en un testimonio veraz nos cuenta la epopeya de Girón en El año 61; tampoco la sugerente narradora de Once caballos se parece a la entrañable cronista de Agua pasada o Ponolani, dos de sus obras más queridas y cercanas a su mundo interior. Del mismo modo nunca será igual la Dora Alonso de El libro de Camilín, a esa que se nos revela en obras como El cochero Azul, o Juan ligero y el Gallo encantado.

El amplio registro expresivo que abarcó la creación de una intelectual tan completa como Dora Alonso, parte del periodismo que ejerció en medios muy diversos y épocas bastante diferentes.Pese al estímulo que desde el triunfo de la Revolución su obra recibió y ser de nuestras autoras más prolíficas para las primeras edades, Dora siempre lo pensó muy bien a la hora de escribir un libro para niños. Se advierte que únicamente publicó las obras suficientes, y no una avalancha como hubiera podido esperarse de quien se movía con tal soltura y aciertos en el género, y fue estimulada, además, por una merecida popularidad, el reconocimiento social y un relativamente buen soporte editorial para difundir su creación.

Aunque en varias entrevistas declaró que la inspiración lo debía coger a uno trabajando y que ella era de quienes, como laboriosa y callada hormiga, se sentaba a diario frente a su maquinita de escribir, el sentido de su creación es puramente visceral y se basa en la más pura inspiración. Al margen de un notable oficio, ganado por años de trabajo y medios a los que debió adecuar su expresión, Dora nunca escribió por encargo, ni siguiendo modas imperantes o con algún tipo de pie forzado, si acaso el de adecuarse a los requerimientos propios (imprescindibles) de cada género por los que con tanto acierto transitó. Eso se advierte cuando uno constata lo diferentes que son sus libros entre sí y el notable hecho de que nunca repitió a ninguno de sus personajes, pese al gran éxito probado de los mismos, no solo en el público infantil, sino en medios como la televisión, la radio o el mundo editorial.


 


Ajena por completo a los vaivenes actuales de la intertextualidad entre argumentos, personajes o estilos, a la llamada postmodernidad, que se expresa en la ruptura de los cánones literarios impuestos por la tradición, sin supeditarse a los mismos, creó un estilo único, vigoroso e irrepetible.

Su creación narrativa para niños —que sí es muy conocida y ha sido ampliamente editada y reeditada, hasta que la convirtió en una autora trimillonaria en cantidad de ejemplares publicados— se resume a cuatro novelas breves, dos libros de memorias, un testimonio, dos libros de cuentos, una singular epístola autobiográfica y varios cuentos publicados aisladamente.

Escribir, como bien dijera en el exergo de una de sus célebres obras, con el lema de que “Cuando el hombre llega a las estrellas es también la hora de las raíces”.La obra que destaca inicialmente no guarda parentesco alguno con el resto de sus libros infantiles. Publicada por primera vez en 1964, en las páginas del semanario cultural Lunes de Revolución, y bajo el seudónimo de D. Polimita, Las aventuras de Guille. En busca de la gaviota negra es, en realidad, su obra narrativa pensada por primera vez para público infantil. Ya Dora había alcanzado una gran popularidad gracias a su entrañable títere Pelusín del Monte; y como antecedente en la labor creadora hacia los niños, tenía varios años de práctica teatral y televisiva, y también con la experiencia de trabajo en los libros de texto de la Educación Primaria, para los cuales, junto a Renée Potts y Adelaida Clemente, fue de las primeras en dar un paso al frente escribiendo adivinanzas, poesías y relatos que algún día bien merecería la pena rescatar, no solo como deleite de la infancia cubana, sino en justiciera labor de “arqueología literaria”

Las aventuras de Guille es, ante todo, un libro casi documental que se aparta intencionalmente del esquema clásico de las obras del género: ahí radica su carácter innovador y originalidad, dentro y fuera del contexto de la literatura infantil cubana. Lo que más descuella en esta obra es su valor informativo, didáctico, ecologista y, por supuesto, el aire magistral que el vigoroso estilo narrativo de Dora le confiere a cada pasaje narrado. Pero, Las aventuras de Guille es mucho más que eso. Como novela de divulgación sobre la incipiente praxis científica en la Cuba revolucionaria de los años 60, el libro deviene crónica amena, poética y veraz de una expedición en busca de una mítica especie de ave difícil de encontrar y de existencia apenas probada: la gaviota negra.

Cronológicamente hablando, El caballito enano es el libro-disco que en 1968 publica Dora para los niños. Innovadora siempre, la autora rescata un viejo asunto, el de la identidad y la autovaloración, para entregar una sencilla y sentida fábula en esta historia para niños de las primeras edades. Mediante esta fábula breve, retoma una constante eterna en la historia de la literatura y la propia historia de los libros para niños. Se trata del penar de los seres disminuidos por una u otra razón, que son capaces de crecerse por su esfuerzo personal o entereza para hacerle frente a las adversidades de la vida. La trayectoria del pequeño caballito que vence sus timideces y complejos cuando se convierte en un famoso artista de circo, es tema antiguo en la literatura, mas en el acento tan especial de Dora adquiere ternura y candor renovados.


 


En 1975, publica por Gente Nueva la primera edición de El Cochero Azul, quizá el libro más popular de toda su trayectoria, lo cual resulta bastante categórico y arriesgado de afirmar si se recuerda que siempre, desde el estreno de su serie sobre Pelusín del monte, la autora había contado con el favor del público infantil. El cochero Azul evidencia un vuelco en la narrativa de la autora y significó un hálito renovador en el concepto de hacer literatura para niños promovido en el país. Superada la controvertida polémica realismo vs. fantasía, tan excelentemente expuesta por Mirta Aguirre en un trascendental ensayo dado a conocer en el histórico Fórum de 1971, no se había superado aún entre los autores cubanos la práctica de presentar a la infancia en un entorno realista modélico, en libros con grandes ínfulas patrióticas e ideológicas, sin ápice de imaginación y portadores de diminutivos o lugares comunes de la peor especie.

Dora nunca escribió por encargo, ni siguiendo modas imperantes o con algún tipo de pie forzado, si acaso el de adecuarse a los requerimientos propios.Por esa época, gran parte de la opción lectora de nuestra infancia llegaba de la mano de coediciones con países de Europa del Este y al niño se le ofrecía un mundo de Petias, Mishas, Soyas y Fedias, de oseznos, raposas y lobos, en esencia totalmente ajenos a nuestro paisaje, idiosincrasia y tradición. Es en este contexto, por demás algo empobrecido culturalmente de referencias actuales —al desconocerse los grandes clásicos modernos del género como Astrid Lindgren, María Gripe, Michael Ende, Gianni Rodari o Lygia Bojunga Nunes, por citar unos pocos—, que Dora da a conocer un libro tan imaginativo, libre de cualquier atadura temática o formal y bellamente concebido, como El Cochero Azul.

Hasta tal punto El Cochero Azul se ha convertido en libro de culto, que además de tener tantos y tan fallidos imitadores a lo largo de los años, es de esas obras que, por el gran carisma de sus personajes, ha conseguido que cada uno de ellos se inmortalice y dé un salto a la realidad cotidiana. Al margen de todo análisis literario, permítaseme acotar la anécdota de que han florecido Cocheros azules o Martines Colorines en círculos infantiles, talleres literarios, salas juveniles de bibliotecas, concursos, etc.


 

Ponolani es una obra tan complicada y llena de sorpresas, hallazgos e incertidumbres, como esas cuatro esquinas de las cuales se habla en uno de sus memorables cuentos. “Yo no creo que Dora Alonso haya escrito un libro más suyo que este. Ya sé que se me puede preguntar cuál es el libro que no es de uno, después de escrito por uno mismo. Diré que no solo es el libro en cuyo final aparece nuestra firma, sino sobre todo aquel que se tiene ya profundamente arraigado, desde antes del primer capítulo y cuyo libro tiene por sí menor influencia de lecturas y mayor poder de vivencias acumuladas. Este es el caso limpio de Ponolani. Por eso suena más a sí misma, a todo lo suyo y a su isla, este libro de Dora donde la poesía tiene en su suave voz de evocada ternura, una acusación profunda por el crimen de la trata cometido (...) Por eso y porque lo creemos el libro más vivamente sentido y comunicado de Dora Alonso, nos alegramos de que al fin se haya publicado”. Estas palabras de ese otro grande de las letras cubanas que fue el Cuentero Mayor, Onelio Jorge Cardoso, sirven de pretexto para introducirnos en uno de los libros más peculiares escritos por Dora Alonso.

En realidad, el leitmotiv de la obra es los relatos de infancia que a la autora le hacía Namuní, su nana negra; mas este emotivo y evocador recuento de un tiempo ido va mucho más allá, pues al margen de que regala al lector el rico caudal del folclore afrocubano —tantas veces tratado en obras y autores que surgieron después, y que cuando Dora escribe este libro ya había sido explorado por investigadores como Fernando Ortiz, Lydia Cabrera y Ramón Guirao— Ponolani deviene, sobre todo, en rico testimonio de una época.

El Cochero Azul se ha convertido en libro de culto, que además de tener tantos y tan fallidos imitadores a lo largo de los años, es de esas obras que, por el gran carisma de sus personajes, ha conseguido que cada uno de ellos se inmortalice y dé un salto a la realidad cotidiana.El libro de Camilín, publicado en 1979 tras doce largos años de espera en una editorial, es sin lugar a dudas uno de los textos menos favorecidos de Dora Alonso. El hecho de que sea resultado de un experimento formal de la autora: el escribir esta veintena de cuentos a partir de los dibujos de un niño que le era muy entrañable, produce en conjunto un grupo de cuentos con muy disímil inspiración y a veces algo inconexos entre sí, que evidencian por momentos desigual nivel de realización y, por supuesto, relativa fortuna para trascender al lector. Si bien, mirado de conjunto, el volumen no es de los más felices y, de hecho, creo que apenas existen acercamientos de la crítica a este libro, debe reconocerse, sin embargo, que dentro de él se encuentran verdaderas joyitas de un humor criollo muy elaborado, propósitos educativos y éticos bastante definidos, y valores inherentes a toda la narrativa y la poética para niños de la consagrada autora.

Libro atípico como el que más, Agua pasada deviene volumen de memorias sin llegar a serlo, inspirado conjunto de crónicas siendo incluso algo más que eso, acierto narrativo aunque no sea siempre el de la narración el tono predominante en su prosa elegante, precisa, depurada y muy sugerente. “En una prosa poética, sencilla y ceñida, Dora Alonso ha logrado con incomparable maestría rescatar para siempre del olvido y el tiempo perdido el mundo maravilloso de su infancia, transcurrida en un pequeño pueblo matancero. Así nos brinda con gracia y fervor estas pequeñas viñetas —iluminadas por ese irresistible encanto que siempre nos ha subyugado en sus conmovedores cuentos infantiles— donde la poetisa, embargada por la nostalgia, va reviviendo las figuras de seres queridos, animales, objetos del vivir cotidiano, sensaciones y otras vivencias que han perdurado en el recuerdo a través de los años. Agua pasada es la obra donde la laureada escritora Dora Alonso ha alcanzado el momento más alto de su brillante carrera literaria.” Con tan magnífica presentación que José Rodríguez Feo hiciera sobre este singular libro, poco más podría decirse de Agua pasada, salvo que es una de esas pequeñas joyas que solamente se pueden escribir una vez en la vida.

Se ha dicho con toda certeza que El Valle de la Pájara Pinta tal vez sea uno de los libros más laureados de toda la serie literaria para niños y jóvenes en Cuba, aunque seguramente resultaría muy controvertido especular si en realidad se trata del libro más popular de la veterana creadora de obras infantiles. En opinión del autor, investigador y crítico Antonio Orlando Rodríguez, en una crítica publicada en 1986, “el Valle de la Pájara Pinta es, hasta el presente, el mejor de los libros que Dora Alonso ha creado para los niños. Se trata de una obra henchida de colores, escrita con elegancia y mesura, pero también con divertida desfachatez; portadora de un universo donde constantemente se abren puertas a las cuales sólo nos es permitido echar un rápido vistazo, puertas que dan acceso a escenarios y personajes de múltiples, posibles aventuras”.


 

Dora ya se encontraba en su madurez cuando, a finales de la década de los setenta, escribió esta obra que ganó el Premio Casa de las Américas en 1980. Un poco tributaria de su anterior noveleta, El cochero Azul —como ya vimos, texto emblemático en Cuba, al constituir un vuelco en la literatura que se hacía por entonces y a la vez, el ABC para muchos autores noveles— El Valle de la Pájara Pinta revela, sin embargo, cómo las mejores obras de ficción pueden nacer de la propia realidad.

Dora sucumbe en este libro al encanto de uno de los paisajes naturales más bellos de la isla: el Valle de Viñales y sus zonas aledañas. Entorno de leyendas campesinas, el solitario lugar aflora en la obra de forma natural, realista, al llegar la pequeña Isabela hasta la casa de su abuelo Felo Puntilla, un talabartero del pueblo, quien solamente se presenta como un personaje muy pintoresco y entrañable de los campos cubanos.

En la última entrega que en vida nos hiciera la autora, Juan Ligero y el Gallo Encantado, se advierte la benéfica herencia de obras anteriores como El cochero Azul y El Valle de la Pájara Pinta, pero aquí la imaginación se desborda con más fuerza, la voz del narrador se libera y, si antes podía hablarse de un realismo ingenuo, ahora resulta evidente que —en la aventura de este niño marcado desde su nacimiento para vivir una experiencia mística de crecimiento y un largo viaje iniciático hacia el mundo de la noche (imaginación, fantasía, tradición, mito, leyenda)— hay un despliegue mayor de recursos que colindan con esas corrientes que hemos dado en llamar, quizás de una manera un poco genérica, el “realismo mágico” o “lo real maravilloso”. En esta novela la autora rescata un modus inherente a sus tres novelas anteriores destinadas a los niños: el viaje. Un viaje es el punto de partida en Las aventuras de Guille en busca de la gaviota negra, un viaje es el que emprenden Martín Colorín y sus hijos en pos de la ilusión de encontrar un entorno mágico, un viaje es el de Isabela, a través de ese singular valle que se nos da en tan magistrales pinceladas.

Un viaje, siempre un viaje, donde quizás lo más importante no sea el punto de partida o el destino de este viaje en sí, sino el hecho de viajar en sí mismo. Viaje es movimiento, ruptura, renovación, descubrir nuevos horizontes, crecer, anhelar otras metas, andar ese camino que, como dijera el español Antonio Machado, se ha ido haciendo con el andar mismo. Quedan, para las generaciones futuras, el rico legado de todos sus libros, obras que marcaron remansos en una vida llena de hechos contrastantes, una vida agitada y por momentos difícil pero, por supuesto, una vida plena literaria y humanamente.

Aunque hace 15 años Dora dio su último viaje, aunque por voluntad propia el viento pasea sus cenizas entre los milenarios mogotes del Valle de Viñales, cuantos la conocimos sabemos que su obra queda en todos, que el acento grave de su voz cálida y añosa nunca nos abandonará, el azul inmarchitable de su mirada vivirá eternamente en el cielo y el mar cubanos, vivirá en el azul mismo, cuyo imborrable recuerdo —como acertadamente alguien ha escrito— suele ser más azul que el mismo azul en sí.

Deseo concluir este acercamiento a Dora y a su obra para niños retomando como colofón una acertada afirmación del Poeta Nacional Nicolás Guillén quien, a mi parecer, la supo retratar aquí en cuerpo y alma; le hizo entera justicia y la situó, por toda una eternidad, en el anhelado e inalcanzable olimpo de los dioses de la literatura cubana: “Hay en la obra de Dora Alonso una fuerza que le viene de los materiales que trabaja tanto como de la manera directa y pura de hacerlo: hombres y mujeres nacidos del dolor diario, vistos en su vida simple, a veces tan compleja. Ello la ha situado en un plano de muy elevada categoría en las letras hispanoamericanas, donde acusa una desgarrada expresión del alma popular. Sería injusto repetir ante ella —como lo fue ante la inmortal camagüeyana (Gertrudis Gómez de Avellaneda)— aquella frase, modelo de presuntuosa superioridad masculina “Mucho hombre es esta mujer”. No, Dora Alonso es una escritora profunda, que expresa con ecuménica dimensión una angustia universal, como sólo es dable a un artista verdadero, ya sea mujer, como la Avellaneda, o un hombre como Martí”.