Directo de la mata

Y lo oleremos. Del mismo modo que un hacha afilada
divide el tronco en las astillas más pequeñas,
nuestra nariz separará todos los detalles de su perfume.
Entonces quedará demostrado si esta supuesta fragancia seductora
ha surgido o no de los elementos más conocidos y normales…

El Perfume, Patrick Süskind

A Elsa sí que le gustaba el café. Todos los días por las mañanas, en el almuerzo, por la tarde y después de la comida: ella lo tomaba. Trabajaba mucho, eso sí. Hacía extensiones, jornadas dobles, y tenía otros part-times jobs, todo para poder comprar los mejores polvos que vendían en el país y fuera de este. Al principio solo fue una tacita para mantenerla despierta; luego fueron dos, tres…

Dejó sus trabajos.

Optó por convertirse en la voz que más conocía sobre la planta del cafeto y sus productos. De esa manera se mantenía cerca de su bebida preferida. Cataba y controlaba la calidad del producto de las mayores de esas empresas y monopolio. Le gustaba su nuevo oficio. Viajó a todas partes del mundo promoviendo las marcas viejas y las nuevas.

Elsa no recordaba la última vez que durmió. La infusión la mantenía despierta cuando el cansancio llegaba. Llegó a tomar café como si fuera agua. Tenía que soportar los cambios de horarios, vuelos largos en avión, preparar las conferencias, catas y ventas de café a las que asistía. Su vida entera giraba en torno al grano.

Vivía para tomar.

Trabajaba para vivir.

Con el tiempo su trabajo llegó a ser reconocido. Una carta le fue enviada por su jefe. Elsa creyó que al fin sería ascendida o invitada a almorzar con el director, tal y como había sucedido con otros destacados compañeros suyos. Al fin sería algo más que un nombre en la nómina. Pero en la misiva solo fue para agradecerle su entrega a la empresa.  Además de eso, nada más. Aquello la desconsoló muchísimo. Estuvo muchísimas noches bebiéndose termos de café debido a la gran ansiedad por su decepción. Pasó noches en vela, sin poder conciliar el sueño. Sin embargo se decidió a trabajar más y esforzarse el doble, hasta que fuera invitada a la presencia del director y este llegara a conocerla en persona.

Se adaptó, con el tiempo, a mantenerse despierta día y noche. Su eficiencia en el trabajo aumentó al poder aprovechar al máximo las veinticuatro horas del día. Pero esto tenía efectos indeseados. A la vez que el café le brindaba las proteínas necesarias para estar en pie, le daba también una energía extraordinaria que le comenzó a causar roces entre sus compañeros de trabajo. La acusaban de estar siempre muy inquieta y acelerada. Todo lo hacía corriendo y cualquier ruido le era insoportable. Sus compañeros se le alejaban y ponían sobrenombres y se aprovechaban de su estado. Cuando la veían de espalda la sorprendían solo para reírse de ella y escuchar el alarido emitido.

La remitieron a un médico en el hospital de la ciudad. Él, sin prestarle mucha atención, la diagnosticó de adicción a la cafeína, le recetó unas píldoras y la despidió. Sus superiores le pidieron,mediante un e-mail, que se tomara una licencia hasta que se recuperara. Luego podía incorporarse.

Elsa se sentía invisible a los ojos del mundo.Su nombre y su talento corrían de boca en boca como referencia a lo ideal en su oficio. En varias ocasiones sorprendía a personas hablando de alguno de sus logros y de cómo sería ella. Pero nadie realmente la conocía y valoraba.

Elsa, entonces decidió renunciar.

A su trabajo y a la gente.

Pero no al café. Él fue el único fiel a ella. Ella sentía como si la infusión fuera parte de su anatomía. Siempre afirmó que la culpa de su estado no era ese producto. Entonces recordó la receta del doctor. Decidió tomarse las píldoras contra la ansiedad que este le entregó. Pero solo lo hizo para demostrarle que su problema no era la infusión, sino el estrés. Y que si se hubiera detenido a mirarla aunque sea un instante, él se hubiera dado cuenta de eso.

Por la noche se comenzó a sentir mal. Culpó su malestar a las pastillas para la ansiedad. Fue a la cocina y calentó un poco de chocolate y lo mezcló con el café y se lo tomó. Tuvo que ir a orinar luego de tomárselo. El susto fue enorme al ver aquel líquido oscuro saliendo de ella. Sin embargo, no se sentía mal. Al día siguiente el suceso se repitió por la mañana, y luego por la tarde. Y a la otra mañana. Y lo que comenzó como un suceso aislado, luego se hizo constante. Cada vez que iba al baño, aquel líquido salía en lugar del orine.

No podía ir al médico, al menos hasta que tuviera dinero para pagarlo o encontrara un trabajo con seguro. Casi no podía salir a la calle debido a que tenía que ir al baño demasiado seguido desde que el odioso líquido negro apareció. Pero el futuro no pintaba muy bueno para Elsa. El dinero se iba agotando cada día más. Lo peor era que el café iba acabándose también. Ahorraba cada sorbo como si fuera el último.

Y llegó.

Pero no solo. Llegó con el fin del dinero y el comienzo de un estado  de abstinencia que la volvía loca. Tanto que  una mañana al orinar, en un lapsus de desesperación, agarró un vaso y lo llenó de aquel líquido negro y se lo tomó. Aquello fue como una epifanía que le calentó su interior y su alma. Era el mejor café que había probado en su vida. Temperatura perfecta, un aroma agradable, excelente acidez, cuerpo y el sabor… qué sabor aquel. Dulce como nada en este mundo y fuerte como el acero. Elsa comenzó a guardar todo el orine y lo fue separando en vasijas diferentes en dependencia de la hora en que lo recogía. Se dio cuenta que por mucho  “café” que se tomaba, no le quitaba la ansiedad. Ella era inmune a su producto. Entonces decidió venderlo, ya que tomarlo era inútil, y luego comprarse polvo del bueno.

Plantó su puesto de venta de café en la entrada de su casa. Por las mañanas, había gran paseo de personas caminando hacia las paradas de autobuses, para las escuelas y los trabajos. Las personas pasaban por su lado, miraban y seguían caminando. La vida sigue igual, se decía Elsa y con sus termos tapados, se mantenía sentada tranquilamente (al menos en apariencia). Con el paso de los minutos se comenzó a impacientar. La sed, y las ganas de tomar café, la estaba molestando en la garganta. Las personas ignorándola y apartando la vista de ella. Tomó un termo en la mano y lo destapó para beber de él y aunque sea poder aguantar un rato más. El aroma exquisito del orine de Elsa, se dispersó y corrió de nariz en nariz por toda la calle del frente de la casa.  Las personas detenían su caminar y aspiraban el olor. Seguían al humo buscando su origen.

Al momento su stand se le llenó de consumidores de la infusión. En menos de una hora vendió todo el café, pero los clientes seguían pidiendo más. Elsa se sentía contenta porque por primera vez en mucho tiempo, al fin la gente se acercaba a ella. Voluntariamente, al menos. Aunque el verdadero motivo no era su persona, sino su producto. Ella tuvo que entrar a su casa a “colar” más café. Agarró los termos y fue directo al baño. Se demoró un poco adentro, pero al final los llenó y salió a la calle donde la estaban esperando. Pero esta colada no fue igual a la otra, según ella entendió. El público nunca notó la diferencia, pero ella, como experta catadora, sí lo pudo sentir.

Al mediodía cerró el puesto, a pesar del reclamo de sus clientes. Su producto provocó tal sensación que los consumidores repetían varias veces en el día. Elsa estaba muy contenta por esto que le sucedía. A pesar de eso, la calidad estaba cayendo y la ansiedad aumentando, tenía que tomar algo antes de ponerse a pensar en la solución a su problema.

Salió de su casa y fue a la tienda donde sabía vendían el mejor polvo de toda la ciudad, y compró todo el café que las ventas del día le permitieron. Este era un café diferente, pero de excelente calidad, incluso mayor que el último que se tomó. Llegó a su casa y puso la cafetera. Bebió de la infusión hasta no poder más. Bebió y orinó durante toda la tarde. El producto obtenido esta vez fue mejor que la vez anterior. De sabor un poco distinto, pero más delicioso aún.

Por la madrugada abrió el puesto nuevamente. Enseguida que prendió las luces de su mesita, se le hizo la cola de consumidores locos por devorar aquel líquido negro que ella les ofrecía. Elsa disfrutaba al ver las muecas de éxtasis que se les moldeaba en los rostros. A medida que terminaban una taza, ya querían otra. Ella no los entendía, aunque realmente nunca le importó.

Las ganancias esa noche fueron enormes en comparación con los gastos. Comprobó que un termo de café que se tomara, le daba cuatro termos de perfecta calidad; después, esta comenzaba a declinar. Pero el público nunca llegó a notarlo.

Elsa notó varias cosas de su nueva condición. El saber del café que ella vendía dependía del que se tomara. Pero no podía tomar diferentes tipos de marcas en una misma jornada porque solamente creaba de una de ellas. Y la cantidad de su producción era directamente proporcional a los termos que se bebiera. Podía variar entre los dos y tres termos por sentada.

Cada día repetía la misma rutina: ingería el café del día, orinaba y colocaba todo en sus encases. Luego salía a venderlo. Las colas, que esperaban por ella, eran larguísimas. Eso la hacía muy feliz. Con las ganancias de su negocio, en alza, Elsa agrandó su patio al fondo de su casa y construyó una cafetería. Contrató dos camareras y ella se quedó de cajera. Su éxito pronto tuvo repercusión en toda la ciudad. Tuvo entonces que alquilar un local y lo convirtió en una famosa cafetería con una capacidad de más de mil personas. Se cercioró que ninguno de sus empleados tuviera el vicio del café. Incluso prefirió a los que no tomaran en absoluto la infusión y despedía a todo aquel que tomara de su producto.

Antiguos compañeros suyos iban a tomar y catar aquella nueva sensación, y se volvían locos con la variedad de sabores y la calidad sin precedentes del producto consumido. En las críticas publicadas online y periódicos locales, se decía que el logro del café de Elsa no estaba en el polvo comprado, sino en su meticulosa confección. Todos alegaban que ella mantenía en secreto la técnica utilizada para la confección del café.

De esta manera transcurrieron varios meses y la fama del negocio de Elsa llegó a ser nacional. Como producía sola, casi no daba abasto para la demanda que tenía. La visitaban miles de personas en el día a su cafetería y comenzó a enviar café a los demás estados de su país. Su producto tenía, además de su calidad, la propiedad de no perder la temperatura. Se mantenía caliente fuera de su termo, hasta tres días. Para cumplir con todos los pedidos, hacía lo que mejor sabía: tomar más café. Ingería todo el café que compraba, incluso, para ganar tiempo, comenzó a comerse el polvo sin procesar. A veces masticaba los granos como si fueran caramelos. Todo por el negocio, decía, todo por el café.

Una tarde, Elsa se levantó corriendo de la silla en su oficina con terribles dolores en el estómago. Fue al baño, se sentó en la taza y trató de expulsar todo lo que tenía adentro. Al terminar sintió gran alivio en la barriga.

Al rato, placer en su nariz.

Placer por el delicioso olor que cundía el cuarto de baño. El aroma provenía de lo que Elsa había expulsado. No eran lo que debían ser, pensó, al menos no como las convencionales. Tenían una forma bastante… conocida, y por raro que pueda sonar, lucían hasta bonitos.

 

 

En todos los noticieros del país no se hablaba de otra cosa que del nuevo biscocho de la cafetería de Elsa. Incluso las noticias sobre los actos de canibalismos recientes, habían pasado a un segundo plano. Hacía un mes desde que salió al mercado y ya había causado sensación en todo el país. La lista de los encargos, del nuevo producto, era kilométrica. El precio llegó a ser más alto que el del caviar, y en menores proporciones. La vida de Elsa había dado un vuelco radical. Pasó de ser una don nadie, a tener fama y reconocimiento mundial. Al menos eso creía ella. Su café causó gran adicción la población, y los biscochos aún más, al ser más concentrados. Pero nadie la conocía a Elsa, el ser humano.

Tuvo que abrir pequeñas sucursales por todo el país para poder satisfacer las demandas y atender a la mayor cantidad de público. Pronto la gente comenzó a interesarse, mucho más, por la receta del famoso café. Los científicos hacían experimentos, pruebas de ADN y otros experimento para descubrir el cómo y el por qué el café hecho por ella tenía aquel sabor. Elsa no se enteró de las cosas que hablaban la gente, hasta que un día en el baño, mientras producía un nuevo lote de biscochos, revisó las páginas en internet en la que hablaban sobre su empresa.

…estos sabores solo son posibles de crear mediante mezclas de diferentes clases de cafetos genéticamente modificados…

… no hemos logrado determinar qué especie de cafeto utiliza. Las pruebas de ADN no han dado concluyentes…

…Esa señora debe tener un sótano subterráneo donde construyó un equipo especial para preparar la infusión. Debe ser una nueva técnica que mantiene en secreto. A lo mejor, incluso, una nueva especie de cafeto, algún injerto único en su tipo…

…Debemos conocer cómo se hace este café…

…A lo mejor lo mezclan con drogas…

…debe ser algo mejor que el café…

…tenemos que saber cómo se hace. Nos los tiene que decir…

El que nunca la mencionaran a ella, la molestaba, pero que la llamaran “señora”: eso era un insulto a su persona. Ni siquiera conocían su nombre, lo único que importaba: Su café. Elsa se asustó al pensar lo que harían si se enteraban de la verdad. Se comenzó a preocupar y poner paranoica. Llegó el momento en que tenía que producir tanto que no podía salir de su casa. Construyó un muro de tres metros alrededor de esta. Alambres de púas. Puertas y rejas de acero. Contrató guardias. Solo se sentía segura, para producir, dentro de sus muros.

Llegó el momento en que no podía salir sin que se encontrara con personas que la paraban para pedirle que le revelara su secreto. También periodistas que la entrevistaban para solo hablar del porqué ella no desmentía nada de lo que decían en internet. Millonarios de todo el mundo llegaban a la puerta de su casa ofreciéndole fortunas a Elsa por su secreto. Pero ella jamás reveló nada. No podía. No era la vida tranquila que se imaginaba al iniciar la venta de su café. Pensó una vez en dejar de vender y se le armó una manifestación frente a su casa, en señal de protesta. Sus mismos empleados a veces las encabezaban. Ninguno quería perder el trabajo de sus vidas. Elsa ya tenía el dinero para comprar todo el café que necesitaba, pero no la paz para disfrutarlo. Ya no trabajaba para vivir, vivía para trabajar. Trató de engañar a la prensa diciendo las técnicas y equipos que utilizaba para su producto, pero fue en vano. Por mucho que intentaron reproducir su café, nunca lo lograron.

Eso fue lo peor que pudo pasar. Los paparazzis se sintieron ofendidos y decidieron obtener la fórmula secreta por las malas. Comenzaron por poner más cámaras en los edificios cercanos a la casa de Elsa, para grabar lo que sucedía en el patio de ella. Le colocaron micrófonos en la ropa. Pidieron al gobierno que pusiera una ley para que todo aquel con negocios con técnicas de vanguardia como el de ella, tuviera que dar el know-how  de su producto. Todo esto fue, por supuesto, rechazado y en vano. Nunca hallaron nada que comprometiera el secreto de Elsa. Aquello los enfureció más e hizo que se esforzaran más y realizaran todo lo que estaba en sus manos por tal de sacar a la luz el secreto mejor guardado de ese país.

Al cabo de las semanas, cuatro reporteros se encontraban presos, acusados de invasión a la propiedad privada. Otro murió tratando de entrar a la casa lanzándose en paracaídas desde un avión. El muy tonto puso una cámara en la mochila y el paracaídas no se abrió. Lo peor de todo es que los vecinos ayudaban a los periodistas, a cambio estos debían compartir con ellos el secreto de los ricos cafés y biscochos. Elsa no sabía ya qué hacer. No podía sentarse tranquila a ver la televisión ni salir a pasear o tomar el aire. Desde hacía varios meses que manejaba su negocio desde su casa/prisión. Allí producía y enviaba en camiones a su cafetería todo lo confeccionado. Las compras de las materias primas las hacía online. Su mayor placer se había convertido en una espada de Damocles contra ella.

Una noche se cansó. Decidió que si ella no podía ponerle fin a todo ese tormento, entonces ellos mismo serían quienes lo harían. Mandó a los guardias a su casa, desconectó todas las alarmas y dejó abierta una ventana: la del baño.

Elsa decidió que era una buena hora para comenzar a producir. Se tomó un termo de café, masticó un poco del grano tostado, y con un periódico se dedicó a esperar a los periodistas y atrevidos que quisieran escalar la ventana para observar la producción en pleno proceso. Al cabo de una hora, dos termos de buen café colombiano, tres biscochos, el olor, que salía por la ventana, levantaba más de una nariz de los que vigilaban desde la acera.

Elsa escuchó ruidos en la pared. Alguien está escalando, pensó, tengo que apurar este lote. En lo que el producto salía, el avezado periodista llegó a la ventana y vio el final del proceso. Se quedó atontado al ver el origen de los biscochos y la máquina del café. La cámara fotográfica que traía lanzó un flash y grabó en la instantánea el proceso.

Elsa respiró aliviada.

A la mañana siguiente, en las noticias escuchó el testimonio del periodista. El muy tonto, dio una versión muy equívoca de todo lo que vio. El mundo se le vino abajo a Elsa. Cuando pensaba que no iba a pertenecer más al negocio cafetero, y estaba dispuesta a irse; ellos querían todo lo contrario. Lo que más molestaba a Elsa era que desde que dejó su primer trabajo, no había hecho un plan que saliera como ella quería. Todos, hombres y mujeres, se habían vuelto locos. Ahora todos pensaban que todo lo rico que se estaban tomando era...  No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Elsa estaba cansada de todo eso y pensaba en otra posible salida para su problema cuando sintió el sonido del claxon del camión del café. Agarró, corriendo, su cartera y se metió en la cabina del vehículo. Le ordenó al chofer que la llevara al hospital y allá se dirigieron.

 

 

Al llegar buscó al mismo doctor que le recetó las pastillas para la ansiedad. Él no la reconoció al instante. Elsa se tuvo que presentar y fue que él le pidió que lo acompañara a su oficina.

—He escuchado que has tenido bastante éxito, Elsa. ¿A qué viene hoy? ¿Le funcionaron las pastillas aquella vez?

Nuevamente la conversación girando alrededor de su café. Decidió ignorarlo.

—Precisamente por eso vengo a verlo. Esas pastillas fueron las que ocasionaron todo este suceso. Hay algo mal en ellas, Doctor.

—No entiendo, ¿cómo es eso?

Elsa le contó al doctor todo lo sucedido. Este la miraba de forma cada vez más rara.

—Nunca he visto nada parecido. He de confesarle que había escuchado algo sobre ese café maravilloso, pero nunca lo asocié contigo.

—¿Nunca vio mis fotos? ¿No le pareció nada familiar o raro?

Otra vez eclipsada por su producto.

—No le voy a mentir, pero para decir verdad, últimamente he visto muchísimas cosas que nunca antes me habían pasado. Han ingresado muchas personas con adicción extrema a la cafeína. Incluso han llegado dos que se comenzaron a comer entre ellos. Déjame hacerte unos análisis y regresa mañana para darte los resultados.

El facultativo la recostó en una camilla y le pidió a una enfermera que le buscara una jeringuilla para extraerle un poco de sangre.

La enfermera regresó al poco rato con lo solicitado. Le puso la banda elástica en el brazo y le palmeó las venas para verlas bien. Acto seguido procedió a insertarle la aguja y extraer. Nada salió, ni siquiera pudo llevar atrás completamente el émbolo.

—¿Qué pasa? —Preguntó el doctor.

—No sé, me pareció haber cogido bien la vena, pero no sale nada. Parece que la aguja está tupida.

—Cambia la aguja. Disculpa, Elsa. ¿Y ahora? —dijo dirigiéndose nuevamente a la enfermera.

—Nada. Lo mismo.

Elsa se miró el brazo, exactamente en donde le habían clavado la aguja. En su lugar, lo que había era un punto negro. Un suave olor a café comenzó a sentirse en la habitación. La enfermera cerraba los ojos y aspiraba el delicioso aroma. Notó que el doctor miraba la aguja detenidamente y mandaba a la enfermera a salir a buscar algo que no pudo escuchar qué era. Tampoco se esforzó en saber, lo que hizo fue pedir permiso para ir al baño. En cuanto salió de la oficina, se desvió hacia donde estaba el camión para regresar a su casa.

Estuvo pensando durante todo el camino. Llegó ya de noche. Al final se convenció que el problema era la cantidad de café que ella tomaba. Ella solo quería que la gente la aceptara por como era. Pensó que con el dinero y la fama lo iba a lograr. No pudo estar más equivocada, lo único que querían de ella era su orine. Ella era prescindible. Eso tenía que cambiar. Tenía que desintoxicarse, sacárselo de su sistema. No sabía cómo. La única solución que hallaba era salir del país e irse a alguno en el que pudiera pasar desapercibida. Pero en el fondo sabía que volver a estar libre del café era imposible. Hizo una llamada. Preparó las maletas y su pasaporte. Recogió dinero de su caja fuerte y se dispuso a esperar a que amaneciera

Llamó un taxi. Al salir de su casa a cogerlo, estaban, como de costumbre, muchos periodistas representando a los diferentes canales del país. Iba a continuar caminando pero vio entre la multitud al doctor. Este la miraba de una forma bastante rara y levantó una mano para que ella lo viera.

—Elsa —la llamó cuando ella intentaba ignorarlo.

—Hola, Doctor, ¿qué hace aquí? —Su duda era genuina. Era inusual que la llamaran por su nombre y no le gritaran “café, café” o la atormentaran con preguntas.

—Tienes que regresar, Elsa, tenemos que terminar. Ven conmigo.

Elsa quiso probar algo nuevo esa vez. Agarró una hebilla de pelo y se pichó el dedo. El médico la cogió por la mano y se la olió. Todos se callaron cuando ella habló. Las cámaras y grabadoras giraron hacia el aludido.

—No, usted y yo terminamos —dijo ella desprendiéndose extrañada de su agarre. Los periodistas comenzaron a acercárseles.

—No te lo pido, Elsa, tienes que hacerlo. Ven conmigo.

—NO.

Elsa comenzaba a disfrutar este tipo de persecución. No era la clase de atención que pedía al comenzar su negocio, pero era un inicio. Aunque no era muy cómodo tenerlos a todos tratando de olerla, aquella obsesión por su persona se sentía bien.

—Hay algo extraño en ti, Elsa. Ayer lo sentí en tu piel. Lo probé, aquello no era tu sangre. No puedes dejarme así. Mírame.

—Raro está usted. Y si hay algo en mí, es culpa suya.

—Lo sé ahora, por eso déjame probarlo una vez más.

Elsa pensó que aquella era una buena oportunidad para desviar la atención hacia el doctor y probar algo nuevo. Entonces le habló a la prensa.

—Señores —dijo Elsa a los periodistas—, ustedes vieron en todas las noticias lo que pasaba entre mi café y yo. Todos estos meses se han estado preguntando cómo lo hacía. Pues la respuesta la tiene él.

Su dedo apuntó al doctor. Todos comenzaron a gritar nuevamente enojados. Haciendo preguntas tras preguntas.

—No es una máquina ni nada. El culpable de que mi café sepa así es él —dijo señalando al Doctor. El enojo de los reporteros aumentaba. Gritaban cosas sobre experimentos genéticos.

—No. Es mentira —Él trató de defenderse inútilmente a la vez que intentaba avanzar hacia ella—. Tengo la prueba de que ella es la…

—Solo soy el resultado de su experimento. El me engañó y me dio una pastilla que me convirtió en lo que soy hoy. Si quieren más de como hago mi café, hablen con ese médico y que les haga lo mismo que me hizo a mí.

Al momento, la turba se giró completamente hacia el doctor. Querían quitarle el secreto del experimento. El médico no hacía más que pedir que se echaran hacia atrás y lanzaba golpes al aire. Elsa aprovechó que la dejaron tranquila y caminó tranquilamente al taxi. Tras de ella se sentían los gritos del médico y los golpes de los furiosos periodistas.

Elsa echó a correr sonriendo.

Llegó hasta el puerto donde lo esperaba sentado un hombre de acento extranjero. Él dejó de trabajar en los documentos que tenía en sus manos y se levantó para saludarla.

—Ya estoy aquí, como le dije.

—¿Usted es con la que hablé por teléfono?

—La misma.

El hombre comenzó a mirarla de forma sospechosa.

—Señora, ¿está segura de esto?

—Mucho, una vez que salga de aquí tendré mi vida nueva.

—Una vez que el barco zarpe, no hay vuelta atrás. Todo ese imperio que creó, todo por lo que trabajó tanto, se quedará aquí. ¿Segura de dejar todo esto? ¿Qué es lo que va a hacer ahora?

—No se preocupe, capitán, que donde quiera que yo esté, tendré trabajo. Una vez en tierra volveré a comenzar desde cero. Solo que esta vez, será diferente.

 

FICHA
Abel Guelmes. La Habana, 1986. Escritor cubano. Miembro del Taller Literario Espacio Abierto. Coordinador del Club Doyrens. Graduado del taller de formación literaria “Onelio Jorge Cardoso”. Finalista del I Certamen Internacional de Relatos Pecaminosos (EE.UU., 2013), con su texto Últimos servicios. Finalista del concurso internacional “Mi mundo fantástico” con el relato La voluntad de la reina, publicado por La cesta de las palabras, (España, 2013). Mención en el concurso Oscar Hurtado 2014 en la categoría de ensayo y artículo teórico con la reseña No cualquiera es Salomé. Finalista de la beca de creación “Caballo de Coral” convocada por el Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”.