Diez años de Agencia: la añoranza por el Maxim Rock

Recuerdo que Tiago Felipe, guitarrista de Stoner, me relatara en una entrevista su impresión al empujar por vez primera las imponentes puertas del Maxim Rock. Desde la total oscuridad, las luces y el sonido empezaban a encontrarse para concebir otro mundo. Más allá del aura de la música extrema, la infraestructura que permitía ofrecer conciertos de calidad, haría comentar al líder de esta banda habanera de metal alternativo: “Yo soñaba con tocar ahí”.

El Maxim Rock, una vez convertido en el epicentro del rock y el metal en la capital, hasta su cierre por reparación en el 2015, fue sede del debut de varios grupos de estos géneros, de la continuidad de otras alineaciones, y de festivales que alcanzaron altura nacional e internacional como el Brutal Fest —cuya edición programada para agosto se canceló— y el Patria Grande. Este último, que se propone reunir en La Habana a exponentes de algunas tendencias alternativas dentro de la música popular de América Latina y el Caribe (hip hop, reggae, punk, rock, metal moderno y otros estilos con sus hibridaciones), ha dedicado las jornadas que trascurren del 22 de septiembre al 5 de octubre, por un lado, a la figura de Ernesto Guevara; por otro, a la Agencia Cubana de Rock (ACR).

Aunque el aniversario ha pasado casi desapercibido, la ACR cumple una década este año. Su establecimiento en el 2007 trajo consigo que el cine-teatro Maxim Rock también volviese a la vida. Ello constituyó un gesto de apoyo institucional a un movimiento cultural que reclamaba tanto un espacio propio —tras haber sido cerrado en el 2003 el Patio de María [1]—, como la profesionalización en el circuito nacional.


Los seguidores del rock y el metal aguardan la reapertura del Maxim Rock,
donde han tocado grupos cubanos y extranjeros de esta escena. Foto: Internet

 

No obstante, si bien puede hablarse de una etapa de esplendor de la ACR en sus años inaugurales, las variaciones en un quehacer que no ha logrado la convergencia entre los cambios contextuales, los intereses institucionales y las ideas de cultores y cultoras de estas músicas —habaneros y de otras provincias— sobre sus caminos de creación, han hecho que esta primera década arribe en medio de diversos desafíos. Es por ello que al conversar con quienes han entregado sus noches al Maxim Rock, aparecen reflexiones que mantienen, pero también trascienden la añoranza por este sitio.

Para ellos y ellas, lo que ha demostrado la etapa sin Maxim Rock es sobre todo que el metal se había reducido a esa sede. Si bien coinciden en la necesidad de volver a contar con lo que llaman meca de estos géneros para sus performances y festivales, coinciden en la importancia de que otros espacios también estén abiertos a estos sonidos, “aunque ya funcione el Maxim”. Pero, además, indican que para lograrlo la Agencia precisa un giro a favor de lo que está ocurriendo hoy, a nivel independiente, para recomponer la escena. En ese sentido, de acuerdo con Juan Carlos Torrente, vocalista de la legendaria banda de war metal, Combat Noise, todavía puede hablarse de una esperanza, “de que se logrará rehacer la Agencia, devolverle su esplendor”.

La ACR significó el ascenso de una escena, entendiéndola como el sistema de relaciones entre quienes comparten un gusto musical, prácticas, identidades; fue la conquista de un espacio institucional. De ahí que uno de los mayores retos que afronta el equipo de María Gattorno, quien ha retornado a su rol de madrina de estos géneros, ahora como directora de la Agencia, es abrir otra vez el diálogo con el movimiento cultural para rehacer juntos la ruta de su desarrollo. Ello, por supuesto, involucra a otros actores institucionales, como el Instituto Cubano de la Música y el propio Ministerio de Cultura, los cuales han influido en los rumbos de la Agencia, y poseen un papel en las formas de apoyo a la cultura del rock y el metal en la Isla.

En otras ocasiones el festival Patria Grande ha tenido como sede al Maxim Rock. El pasado año no le fue posible a Stoner ni a otros participantes presentarse allí. Este año las coordenadas de los conciertos tampoco pasarán por ese “coloso”, que se había forjado recibiendo las ondas más extremas. Con seguridad, su puesta en funcionamiento otra vez será una muestra de que empiezan a tener cauce los reclamos actuales del rock y el metal cubanos.

Notas:
[1] La Casa comunitaria Roberto Branly, de Plaza, La Habana, acogió en los años 80 al movimiento rockero y metalero de entonces. El nombre de “El Patio de María” surgió de uno de los cultores de estos géneros en honor a María Gattorno, historiadora del arte y jefa de actividades del lugar, quien les abrió las puertas del mismo desde 1987.