Días de Francia
Foto: Cortesía de la autora
 

Son días de Francia. Frente a los enormes escenarios de tela y luz, los cinéfilos esperan la fortuna de este mes de viajes a París, encuentros con grandes historias y auténticos personajes.

El país galo los adora, y se enorgullecen sus artistas de la fidelidad que le profesan. Cuba ya es un gran destino del cine francés, sede admirada y respetada por un arte que la toma por casa y la inunda para bien.

Después del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, el de Cine Francés es el segundo evento de ese tipo en asistencia e importancia que se desarrolla en Cuba. Antonio Mazón, programador y especialista de la Cinemateca de la Isla, uno de sus fundadores en su formato actual, miembro del Comité Organizador y, por ende, una de las voces más autorizadas si se quiere teorizar sobre el evento, conversó con La Jiribilla sobre su historia e impronta.


Antonio Mazón durante la inauguración del Festival de Cine Francés este año.
 

“En la Cinemateca siempre hubo un espacio para el cine francés, desde la misma fundación del ICAIC y de la Cinemateca, mediante préstamos que hacía la Alianza Francesa, y películas procedentes del Instituto Francés de América Latina (IFAL), que radicaba en México. Desde esa institución llegaban copias en 16 mm para su exhibición, y luego en el formato de 35 mm. Ya en la década del 90 existía una Semana de Cine Francés, una vez al año, que traía seis o siete películas que hacían un recorrido itinerante por América, un método muy distante de lo que es hoy el festival.

Un día llegó a La Habana Nouredine Essadi junto a otros dos jóvenes. Traían varias películas en su equipaje y dijeron que querían hacer un Festival de Cine Francés.  Al mismo tiempo, empieza a trabajar en la dirección de la Alianza Francesa en la capital Bertrand Dufieux, quien luego, junto a Michel Larpin, que sería su sucesor, fue agente del gran cambio, a partir de otros presupuestos: que comenzara a venir una delegación en el contexto del festival y que este se extendiera a otras ciudades del país, con una mayor difusión”.

A ese empeño se sumaron Christophe Barratier y Nouredine Essadi con la creación de una entidad llamada Cinemanía para el apoyo exclusivo del evento desde el exterior. Barratier, conocido director de El Coro, se valió de su prestigio para invitar a actores, realizadores y otras personalidades.

Con el tiempo, el evento se volvió más abarcador: “Creamos un circuito con la tecnología de 35 mm, que daba servicio a algunas provincias y, al año siguiente, a las que habían quedado fuera. Después vino el VHS y finalmente el DVD, que permitió darle al festival un alcance nacional”.

El festival, organizado actualmente por Cinemanía, la Alianza Francesa, la Embajada de Francia, la Cinemateca de Cuba y el ICAIC, ha llegado a tener 100 mil espectadores, lo que lo convierte en uno de los tres festivales dedicados a Francia más grandes del mundo.

Como retribución, Christophe y Nouredine solo reciben “la enorme satisfacción, el cariño y la amistad de los cinéfilos de Cuba que los reconocen y los saludan; saben que ellos son los responsables de toda esta parafernalia que formamos alrededor de los meses de mayo y junio para tratar de darle al público lo mejor”. Por esta labor el Ministerio de Cultura de Cuba les otorgó la Orden por la Cultura Nacional.

“Ellos tienen un presupuesto que consiguen con los patrocinadores y distintas instituciones francesas, con el que pagan los derechos de exhibición de las películas que traen, y otras son propiedad del Estado francés, que las presta de su archivo para eventos culturales”.

En ese sentido, es válido resaltar que este encuentro cinematográfico “nunca ha fallado a pesar de algunos periodos de dificultad en las relaciones bilaterales. Siempre luchamos para que continuara, para que aquellos que gustan del cine francés y europeo tuvieran esa oportunidad. Los espectadores se lo merecen”.

“Por aquí han pasado muchos directores famosos, músicos, escenógrafos, directores artísticos, actores que prácticamente debutaron en el Festival y actualmente son famosos, y a quienes hemos visto evolucionar, incluso dirigiendo”.

“El festival ha sido siempre un punto de encuentro entre los espectadores cubanos y la cinematografía francesa que, en los últimos 50 años, ha tenido un peso importante en la cultura cinematográfica de la Isla. Desde los primeros tiempos de exhibición comercial del ICAIC se exhibían películas protagonizadas por actores muy famosos como Louis de Funes, Alain Delon o filmes como Los paraguas de Cherburgo, Las Señoritas de Rochefort yVivir por vivir. Es decir, que ha habido siempre un mito fundamentado alrededor del cine francés con el cual el cinéfilo cubano se ha conectado muy bien, vínculo que se mantiene en la actualidad, a pesar de que el contexto ha cambiado en muchos sentidos: el público no es el mismo, como tampoco lo son los medios de exhibición y las formas de consumo”.

Francia llega a Cuba y viceversa
Hay mucha sensibilidad y sentimientos comunes. Wifredo Lam fue perfectamente comprendido en Francia, el director Humberto Solás utilizó a ese país en el filme El siglo de las luces; se cuenta que uno de los ingenieros que trabajó en la edificación de la Torre Eiffel era cubano; París tuvo un alcalde cubano, y siguen las referencias que, al ser tantas, se busca rescatarlas en una asociación llamada Huellas, la cual se encuentra en proceso de creación.

Además, Cuba es escenario preferido de los franceses: en el país filmaron la serie Azul índigo, y recientemente, la película Fui banquero; la Isla también sirvió de espacio para Robinson Crusoe; en 1964, Armand Gatti filmó la coproducción El otro Cristóbal; y en París ha sido un éxito la película Chocolate.

Por otra parte, “la Nueva Ola, el movimiento innovador del séptimo arte francés a finales de los 50, fue un referente muy importante para la formación de los cineastas cubanos, pues les daba una posibilidad estética que ellos no conocían.

El cine de la Nueva Ola, que improvisa, filma en la calle, fuera de los estudios, con equipos ligeros, muchas veces con actores desconocidos, se convierte en el ideal de una cinematografía surge en la época de los grandes estudios de Hollywood.”

En ese tiempo llegaron hasta la gran pantalla de la Isla las películas de Truffaut, de Jean-Luc Godard—quien también visitó Cuba— las cuales influyeron en el gusto estético de los directores que crearon el ICAIC.       

Las temáticas y géneros varían, teniendo en cuenta que estamos “ante la primera cinematografía de Europa en cuanto a producción y distribución. No obstante, sí están conectadas alrededor del humanismo, al margen de que existe desde el cine de autor más ortodoxo hasta el de directores como Luc Besson que han asimilado perfectamente la estética del cine de acción norteamericano y que tiene una estética comercial”.

¿Cuál ha sido el mayor fruto de casi 20 años de acercamientos entre ambas cinematografías?
“Creo que el Festival ha contribuido mucho al conocimiento de la cultura francesa en Cuba. No hay mejor expositor de la cultura de un país que el cine, que como tiene tantas aristas, primero te da la relación con una lengua extranjera; después, a partir de una película, empiezas a conocer historias reales o imaginadas del presente y el pasado. También te conectas con su música, su teatro, su literatura, al ser la expresión artística más completa de todas”.

¿El principal reto? En momentos en que la televisión pone mucho cine francés, y el consumo a la carta de esos filmes y muchos otros productos audiovisuales aleja un poco al espectador de las salas de cine, el principal desafío es “que en las condiciones actuales sigamos teniendo un público fiel al cual dirigirnos con nuestro festival”.