Descubrir el ovillo, seguir el hilo…
Fotos: Sonia Almaguer
 

Cuba, estación de luz. Otras manipulaciones, exposición fotográfica personal de Sonia Teresa Almaguer (Holguín, 1971), se inauguró durante la 12 edición del Taller Internacional de Teatro de Títeres en Matanzas. Presencié la muestra en dos momentos diferentes, cuando se cortó la cinta inaugural y, unos días después, en visita más pausada, concienzuda y silenciosa.

Cualquiera no puede recrear artísticamente el teatro, que en esencia es representación de la vida.La recepción de un fenómeno artístico se puede percibir tanto por los contextos y las circunstancias que lo promueven, como por las reacciones de los otros receptores, sus empatías y antipatías; todo lo cual genera  otras referencialidades. En la inauguración, por ejemplo, se creó una atmósfera muy específica, con estatuas vivientes del proyecto Pasos y la música del quinteto Atenas Brass Ensemble, dirigido por el maestro Rodolfo Horta.

No es lo mismo admirar una exposición en silencio, en un espacio casi íntimo, que rodeado de numerosas personas, con una excelente música de fondo, a veces excitante. Aquella noche de abril, la galería Pedro Esquerré estaba repleta de público que conversaba y admiraba la obra de la artista, articulada por una especie de puzzle sugestivo. En mi camisa llevaba una pegatina con el ovillo de hilo, que se desenreda y extiende libre, y de alguna manera sintetiza lo que podíamos admirar en la galería.  


 

Cualquiera no puede recrear artísticamente el teatro, que en esencia es representación de la vida. Hay que tener la sensibilidad para encontrar el instante preciso, ese “punto muerto” en que se captan las esencias de algo que se mueve y que se convertirá en imagen estática gracias a la efectividad con que se aprieta el obturador. Y eso lo consigue Sonia Teresa Almaguer, con pericia, rigor y talento, consumando ese acto de francotirador que nunca ultima, sino que ofrece vida.   

Se trata, de algún modo, de transferir la cuestión del ser o no ser a la fotografía de la escena, y no simplemente de testimoniar zonas del teatro de títeres, sino de atrapar en imágenes bidimensional, estáticas, lo fascinante de esos muchísimos instantes inatrapables con la debida capacidad de selección y poder de síntesis, como sucede con esta selección de 24 espectáculos cubanos, presentados entre 2014 y 2016.


 

En Cuba, estación de luz, uno encuentra, además, el uso apropiado de los planos, los contrastes, las texturas y el feliz trasiego de la sombra a la luz y viceversa. Ese quizá sea el mayor de los desafíos de un fotógrafo ante el hecho teatral: condensar los espacios dramáticos para ofrecer belleza, eternidad, poder de comunicación, expresividad y, a la vez, develar en cada imagen el valor de lo inédito e irrepetible que singulariza al teatro.

Se trata de transferir la cuestión del ser o no ser a la fotografía de la escena, y no simplemente de testimoniar zonas del teatro de títeres.Muchos se empeñan en encontrar el espíritu de lo que, sin dudas, todos  vemos, pero no todos consiguen atrapar lo estrictamente metafórico, el signo, la fuerza expresiva del rostro humano, el carácter de la personalidad creadora que encierran un títere y su escenografía; lo artificial de la figura en diálogo con la vitalidad humana del rostro, la mano y el cuerpo que la animan.

Sonia Teresa Almaguer logra varias de estas premisas y las eleva a una categoría estética con un valor agregado, el de la concepción de la muestra, pensada, inteligente, creativa, pero sobre todo amparada por un trabajo en equipo que no descuida ninguno de los saberes en juego.

El hilo que preside a la muestra desde la funcionalidad del cartel, nos conduce como espectadores a los laberintos de la memoria, con frases de la maestra Carucha Camejo que abren e iluminan cada bloque expositivo, y con piezas como Mosaico, expresión de un todo que se multiplica en paisajes individuales y a veces únicos pero que, desde mi perspectiva de observador, propone todo ese país del títere que pocas veces conseguimos integrar.   


 

La eficaz concepción del montaje, que juega con artefactos varios y reproduce imágenes de luces y sombras, se conecta muy bien con lo representado gracias a la apropiación de sus técnicas, asumidas como motivaciones o esencias creativas disímiles y traducidas eficazmente al lenguaje específico de la fotografía. Por eso, los dados o pequeños banquitos con imágenes de personajes como Amigo o Pelusín del Monte despertaron inmediatamente la espontaneidad de los niños, motivándoles a armar el rompecabezas; legitimando así el diálogo lúdico entre legado y contemporaneidad que propone la pieza, probablemente la más peculiar de toda la muestra en tanto complementa el sentido escenográfico que propone también la curaduría. Sobre estos transita Cuba, estación de luz, consiguiendo funcionalidad, valor dramático y decorativo, sin dejar de ser testimonio de una especialidad artística.


 

Cuando regresé a ver la exposición acompañado de otras dos personas, en medio de otra atmósfera y vigilados por una auxiliar de sala, pude detenerme, retroceder sobre cada obra, incluso manipular a mi antojo las luces y las sombras, aprovechando que nadie se me interponía y sumergiendo mi individualidad en cada imagen artística. Fue solo entonces que logré seleccionar mis obras preferidas, analizarlas, disfrutarlas. En ese instante logré alcanzar lo que los inquietos niños no me permitieron la noche inaugural: destruir el rompecabezas, arrastrarlo como ellos por el brillante piso, sin ruborizarme, para equivocarme luego y armar en el suelo una potente imagen donde Amigo me saludaba con el sombrero de Pelusín. En esa condición de pleno goce estético pude experimentar lo que el teatro auténtico propicia, esa indescriptible sensación de  cercanía con un arte y sus hacedores.  Fue en ese preciso instante en que penetré, callado y sin ser descubierto, en el  teatro vivo, el de los sudores y el fuego de las luces, el de la oscuridad y el vacío.

Aún hoy permanezco allí.