Desafíos de una tragedia lorquiana en la Sierra Maestra

Comencemos por colocar en su rango Café amargo, la ópera prima de Rigoberto Jiménez, y el más reciente filme cubano estrenado en cartelera: independientemente de varios desaciertos, (sobre todo en el segmento del epílogo forzado y anticlimático), estamos en presencia de un drama femenino, ambientado mayormente en 1958, que nos devuelve la riqueza paisajística de la Sierra Maestra.

La hermosa fotografía de José Manuel Riera, nada contemplativa ni estática, sabe aprovechar la belleza de las locaciones sin apartarse ni un instante del drama que viven sus personajes, en tanto el sonido de HeidyCarrazana y la dirección de arte de Vivian del Valle aportan la necesaria apariencia naturalista, entre bucólica y rústica. Porque la amplitud de los espacios abiertos, en un sentido geográfico, sonoro, iconográfico e histórico, subraya y apuntala, paradójicamente, una historia íntima, doméstica, de cuatro hermanas perturbadas por la obligatoria estancia de un atractivo joven que intenta unirse a los rebeldes.

En la introducción del filme, más cucalambeana y grácil que el resto, marcado por el previsible desafuero trágico, se nos presenta a las cuatro hermanas Garlobo, que viven solas y atienden su finca cafetalera, y desde las primeras escenas, es obvia la intención de privilegiar el rostro humano, el conflicto privado, por encima del enfoque épico al que estamos acostumbrados cada vez que se nos menciona, en los medios, la Sierra Maestra.

La capacidad de observación en torno a la cotidianidad, la riqueza de detalles en la ambientación, le confiere suficiente realismo al filme de Rigoberto Jiménez, quien se formó como cineasta haciendo documentales en la Televisión Serrana, y semejante background aporta un saludable y natural sentido de pertenencia, puesto que Rigoberto Jiménez se inspiró, básicamente, en sus vivencias de infancia y adolescencia, en tanto siempre vivió en localidades similares a las que aparecen en la película, y trabajó durante muchos años en este contexto.

Precisamente uno de los documentales más importantes de la Televisión Serrana fue Cuatro hermanas, cuyos personajes reales sirvieron de inspiración primigenia para esta película, una de las escasas producciones cubanas que se desarrollan fuera de la capital, enteramente protagonizadas por mujeres, y lidiando con temas como el deseo sexual, la soledad y la responsabilidad.

Aunque a veces pueden molestar, por excesivas, las intertextualidades referidas a Lorca y La casa de Bernarda Alba, en tanto colocan la trama en el nivel de lo previsible y ya conocido, destaca la voluntad del cineasta y sus guionistas por reforzar el conflicto de estas cuatro mujeres, sobre todo de las dos mayores, constantemente puestas a decidir entre represión y libertad, deber y deseo, conservadurismo e instintos desatados.Con todas las reservas que se le puedan hacer al filme en el plano narrativo, estamos delante de un esfuerzo atendible por delinear nítidamente la mirada femenina, y operar un cambio de roles en tanto el varón es aquí el objeto de deseo, y las cuatro mujeres se presentan cual seres complejos, empoderados, capaces de actuar y decidir, por más que se perciba con demasiada claridad el imperativo de la narración por subrayar el atractivo del joven recién llegado, y para ello se frustren, de manera medio ilógica, todas las relaciones posiblemente amorosas, o sexuales.

Y para frustrar las relaciones apenas aparecen otros expedientes que no sean las monstruosas dosis de egoísmo, lujuria y falsedad de la mayor parte de los hombres que se acercan a las cuatro hermanas. En este sentido, y a pesar de ese esquematismo genérico que suscribe la película, aparece otra de las virtudes: en nuestro cine reciente, muy pocas veces se había expresado con tanta claridad y naturalidad el deseo sexual, tanto femenino como masculino.

Y si algo funciona a la perfección en Café amargo, es la capacidad expresiva de las cuatro protagonistas, interpretadas afortunadamente por actrices desconocidas (Yudexi de la Torre, Yunia Pérez, Janet Batista y Venecia Lanz) cuya ausencia se hace sentir cuando se impone, de manera efectista e injustificada, un salto temporal de 40 años, y cuatro actrices veteranas se esfuerzan en vano por hacernos creer que son aquellas mismas cuatro hermanas, atrapadas en el aislamiento y la frustración. Y el espectador se pierde en una trama que intenta resolver atropelladamente un enigma sostenido durante casi medio siglo, porque está ocupado tratando de determinar quién es quién.

Pero ni siquiera el epílogo lacrimógeno y atronador, improcedente en términos dramatúrgicos, consigue obnubilar la coherencia tonal ni el alto nivel de las actuaciones que se despliega en toda la primera y mayor parte de la película. Porque no se trata solamente del luminoso descubrimiento de cuatro actrices muy capaces y entregadas, sino de un cuadro histriónico muy encomiable, en el cual destaca el malvado de antología que borda Raúl Capote, un actor que merece oportunidades más frecuentes para demostrar su talento.

Café amargoclasifica de lleno en la más reciente tendencia del cine cubano hacia lo retro, lo histórico y de reconstrucción epocal, en tanto manipula códigos de la tragedia y el melodrama para releer un pasado sacrificial y traumático a la luz del presente. Y hablo de tendencia porque en esa misma dirección se ubicaron, con muy diferentes niveles de logros y alcances, La obra del siglo (Carlos M. Quintela), El acompañante (Pavel Giroud), Cuba Libre (Jorge Luis Sánchez), Espejuelos oscuros (Jessica Rodríguez) y Bailando con Margot (Arturo Santana).

Además de todo ello, Café amargo demuestra con creces la posibilidad de agrandar temática y geográficamente el cine cubano, además de la posibilidad de cumplir cualquier empeño audiovisual, por difícil que parezca (como rodar en la Sierra) si se cuenta al menos con cierto apoyo de algunas instituciones capacitadas para ello.

Para finalizar la difícil, casi azarosa producción del filme, los apoyos llegaron por parte de la imprescindibleTelevisión Serrana, de la Escuela Internacional de Cine y TV, de San Antonio de los Baños, el Centro Martín Luther King, la Fundación Ludwig yel ICAIC,que se cuentan entre los colaboradores que le tendieron la mano a Rigoberto Jiménez para materializar su película. Así también se construye el cine cubano, el independiente y el institucional: con el aporte de toda la gente dispuesta a integrarse en un proyectosingular, sugerente y aportador,con tal que el audiovisual de la Isla continúe delineando las líneas esenciales de la cultura.