Derek Walcott y las lluvias de Castries (I)

Desde mi infancia, la mirada sobre el puerto causó extraños pensamientos, meditaciones y, eso que luego sabemos es el mejor alimento de la literatura: un asombro perpetuo frente al misterio de la página en blanco. Mi padre me llevaba a patinar, o a emprender sencillos recorridos por la vieja Alameda de Paula a cuya sombra descansaban los transeúntes, vendieran maní o frutas o esperaran la llegada de la lancha reglana. La embarcación llegó a marcar un espacio entre La Habana colonial y la que no lo era. Era el vehículo más pintoresco para atravesar parte de la bahía habanera y, después, adentrarnos en la vida religiosa popular, en especial de la Casa de Marcela, junto a la pequeña y sencilla iglesia.

En casa de Marcela había un altar y todo el que lograra entrar a aquel santuario prendía una vela, o varias, estrechas o regordetas, frente al inmenso altar en donde se le rendía culto a los muertos y, sobre todo, al espíritu de Marcela cuya foto, ampliada, era el más sagrado espejo de nuestras creencias.  Solo después de colocar una vela en honor de los muertos, el visitante —creyente o no— se trasladaba a la iglesia contigua a la casa de Marcela. Una casa mezcla de mampostería y madera que abría sus puertas a todo aquel que quisiera pasar a contemplarla o a rendir culto a sus antepasados. Arreciaba el aguacero pero sus aguas no impedían ni la presencia de los curiosos, ni la de los devotos de la Virgen Negra de Regla cuyo rostro noble era la garantía de la hospitalidad recibida desde aquel sitio verdaderamente mágico.

Lo real-maravilloso existe y ha existido, aún antes y, claro, más allá de las teorías alrededor de los años 40 del siglo XX— de escritores como el haitiano Jacques Stephen Alexis o el cubano Alejo Carpentier. De una isla como Haití nació esa mirada que me permite hoy valorar el agua ligera; ese chinchín absorto en el espacio de una ciudad como La Habana, que arrastra y deja una humedad poderosísima que se adhiere a las cosas, a la piel y, en primer lugar, al olfato de los alérgicos. Los asmáticos se revuelven en días así.

Haciendo gala de su maravilla, esas lluvias me escoltaron desde el aeropuerto hasta mi llegada a Castries, capital de la Isla de Santa Lucía, hacia su populoso centro urbano rodeado de colinas y esa bahía plural que acaparan la belleza del paisaje. 

Fui una pésima alumna de geografía pero el nombre de Castries asaltó mi curiosidad juvenil. Confieso que, al tratar de descifrar el vocablo, registré su hibridez original que nos remite a una raíz hispana pero, al mismo tiempo, francesa e inglesa. Recorrer los caminos abiertos de Castries es como si ascendiéramos, en espiral, hacia los cielos, como en los cuadros célebres de ciertos pintores primitivos haitianos. Mirar Castries es como encontrar, con ojos azorados, la clave de la zona oriental de la cuenca del Caribe. Las lluvias de Castries, van y vienen, entre los vientos y la sal y el perfume de los flamboyanes. Hermanadas en esa relación natural que les proporciona una ecología compartida, algún poeta amigo me cuenta de que en poco menos que 90 kilómetros de la zona norte de Santa Lucía, en un día luminoso, se pueden ver las costas de la Martinica. Las dos islas han visto nacer a dos colosos, cada uno en su lengua, de la poesía del siglo XX. Basse-Pointe y Castries lo confirman.

La Isla de Santa Lucía, presente en nuestra noción de América desde el Diario del navegante Cristóbal Colón, a principios del siglo XV, hasta la escritura de los cronistas que lo acompañaron o siguieron a posteriori, a pesar de su vibrante historia como encrucijada y fortaleza, fue desplazada por Jamaica y Trinidad-Tobago —grandes focos generadores de cultura y arte— en el interés de los estudiosos y especialistas. Hablar del Caribe anglófono era citar la huella indudable de Jamaica y Trinidad, dos polos de una misma experiencia histórica repartida entre similitudes y diferencias.

Si Jamaica alberga a lo largo de su territorio pueblos y ciudades —grandes o pequeños— que conservan su origen hispano como lo son Ocho ríos o Sabanalamar, lo cierto es que en Trinidad y Tobago divisé, sin mucho esfuerzo, el nombre de una comunidad llamada Sangre Grande; asimismo, Santa Lucía dispone de una enorme cantidad de barrancos, de accidentes geográficos que ostentan, como al desgaire, títulos en francés tales como Gros Ilet, Pointe Séraphine, Beau Port, Tête Chemin, entre otros muy numerosos.

En 1992, diez años después del colombiano Gabriel García Márquez, un escritor isleño de gran talento como lo es Derek Walcott (1930) —quien había vivido y hecho carrera profesional como teatrista en la vecina isla de Trinidad-Tobago—originario de Santa Lucía, colocó en los primeros planos del mapa literario mundial, el nombre y la historia de su isla natal, al recibir el Premio Nobel de Literatura que le otorgara, ese año, la Academia Sueca. Lo real maravilloso gobierna nuestras islas y, prueba de ese hecho, como saben aquí muchos isleños, es que los dos Premios Nobel de Santa Lucía, Sir Arthur Lewis, ya fallecido, y Derek Walcott (1930) nacieron un mismo día: el 23 de enero de sus correspondientes fechas. De eso hablamos durante la cena a la que me invitara, recién llegada desde Trinidad, con su esposa Sigrid Nama y otros amigos, en un simpático restaurant italiano, Elena, en la punta norte donde termina Santa Lucía.

Muchos recuerdos se agolpan ahora mientras el poeta, editor y fotógrafo McDonald Dixon y yo participamos en las jornadas de la Semana de los Premios Nobel las cuales, han sido auspiciadas, entre otros, por la Alianza Francesa de Castries, la Universidad Sir Arthur Lewis y la representación diplomática cubana en la Isla.

El encuentro en la Alianza consiguió la atención de los presentes quienes intervinieron tanto con preguntas bien provocadoras como con reflexiones a propósito del tema sobre el que debatimos Dixon y yo: “El poeta Aimé Césaire: su vida y su obra en el Caribe”. En más de una ocasión, las intervenciones escuchadas entraron en terrenos delicados e inquietantes las cuales, sin duda alguna, más allá de su carácter docente, contribuyeron a perfilar de un modo dinámico la trascendente imagen de un poeta cuyo primer texto Cuaderno de un retorno al país natal, se convirtiera, desde su aparición, alrededor de 1946, en un clásico de la lengua francesa cuya valoración primera estuviera en manos del gran hacedor de los surrealistas, André Breton.

Pudimos destacar que su primera edición extranjera se produjo en la Isla de Cuba, con traducción de la antropóloga Lydia Cabrera, ilustrada, hermosamente por Wifredo Lam, gran pintor cubano, quien, de alguna forma fuera una suerte de alter ego de Césaire a lo largo de su larga y sostenida amistad.

Recuerdo los versos del Cuaderno que resonaron, aquella espléndida noche, en los salones de la Alianza, como un adiós sin nombre al genio que ha sido para las literaturas antillanas, Aimé Césaire:

No es cierto que no tengamos nada que hacer sino ser únicamente parásitos en este mundo (…) ninguna raza posee el monopolio de la belleza, de la inteligencia, de la fuerza y siempre habrá un lugar para todos para el encuentro de la victoria.