Del violín al chequeré, Pancho Terry

 

Trasplantado a Cuba en la memoria de los esclavos negros y conservado por la tradición litúrgica lucumí, del ámbito ceremonial, el chequeré salió tardíamente y comenzó a ser reconocido a partir de su inclusión en la batería de la banda Irakere, fundada por Chucho Valdés en 1973.

Tome una güira amarga de grandes dimensiones y déjela secar; tenga paciencia para tejer una red e incrustarle semillas o abalorios y luego ajuste la malla resultante al cuerpo de la güira. Adórnela si quiere, pero el trabajo ya está hecho. Hágala sonar. En sus manos, un chequeré o ágbe, como los que secularmente acompañan los ritos y bailes de los pueblos yoruba y hausa, en las tierras africanas que se adentran en el continente desde el Viejo Calabar.

Trasplantado a Cuba en la memoria de los esclavos negros y conservado por la tradición litúrgica lucumí, del ámbito ceremonial, el chequeré salió tardíamente y comenzó a ser reconocido a partir de su inclusión en la batería de la banda Irakere, fundada por Chucho Valdés en 1973.


Foto: Cortesía del autor

 
Pero desde antes, un camagüeyano dominaba sus secretos, Eladio Severino Terry González, Pancho, o mejor dicho, Don Pancho Terry. Solo que en un principio, cuando dejó la cuchara de albañil por la música, encauzó su vocación hacia el violín. Por largos años Don Pancho integró la nómina de la charanga Maravillas de Florida, en la que por cierto comenzó a introducir el chequeré en algunas interpretaciones; hasta que decidió consagrarse por completo a una especie considerada parte de la percusión menor.

Al menos en las tres últimas décadas, la imagen de Don Pancho no puede concebirse sin su sombrero característico ni un chequeré. Es el rey del chequeré, según se dice. Bajo ese título se acaba de estrenar un documental, realizado por Alberto Padrón, que refleja la vida del músico y su pasión por un instrumento que ha engrandecido con su ejecución.

Sin rebuscamientos en la narración audiovisual, El rey del chequeré muestra el encuentro de Terry con la música y cómo se ha insertado en el jazz latino desde la aparente modestia de su sonajero.

Bobby Carcassés, Ernán López-Nussa y José María Vitier situaron a Don Pancho en la órbita de sus creaciones y contribuyeron a que la maestría del camagüeyano, sobre todo a partir de sus dotes improvisatorias, se diera a conocer dentro y fuera de Cuba.

Foto: panchoterry3

Al ver el documental, no pocos se preguntaron por qué a Don Pancho solo se le suele ver cuando lo invitan a compartir escena o grabación y no con una formación propia, como lo hizo en 1998 al grabar junto sus hijos y otros amigos el disco Don Pancho y Los Terry: de África a Camagüey, registrado por un sello independiente norteamericano y con una circulación limitada. Obras como “Tinguititá durmiendo”, “Son wambari” y “Nos vamos a perder” dan la medida de su virtuosismo en un sorprendente contexto jazzeado.

Sin embargo, Don Pancho responde: “Solo tengo una ambición. Llegar en forma a los 80 años de edad. Donde me inviten, voy; eso sí, con mi música en alto”.