Del odio al amor; la muerte y la alegría
Foto: Nancy Reyes

Si en su primera semana en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, la atención de muchos de los asistentes a las presentaciones de Danza Contemporánea de Cuba estuvo centrada en la constatación de las cualidades técnicas y artísticas que mostraba la compañía grande del contemporáneo cubano; la semana final que concluyó junto con enero, ubicó el principal foco de interés en los dos estrenos mundiales: Heterodoxo y Cénit, que fueran los concedidos durante la temporada.

Una vez más Danza contemporánea de Cuba dio muestras de ser una agrupación que sabe administrar su repertorio, honrar a sus coreógrafos y enaltecer sus obras. El ingenioso ordenamiento de los programas de cada semana dejaron en el público habanero esas percepciones que apetece cada creador al mostrar su obra: la satisfacción con la entrega y el deseo de tener más de eso que ha disfrutado.

Heterodoxo, estreno de la coreógrafa colombo-belga Annabelle López Ochoa en la primera semana, tuvo a su cargo abrir las acciones durante la segunda. La creadora, de trino vivaz en las obras conocidas por los cubanos (SombrerísimoCeleste, Reversible), ensombrece su tono y se plantea una profunda indagación acerca de uno de los fenómenos que más consterna al mundo de nuestros días: el yihadismo militante que convoca a miles de jóvenes de los más disímiles países a integrarse a organizaciones tales como Al Qaeda, Abu Sayad, el GIA o Estado Islámico. ¿Qué vacío espiritual lleva a estos europeos, hindúes, africanos y árabes a enrolarse en semejantes destinos? Parece preguntarse López Ochoa en su obra que se inicia con una banda sonora que remeda el tabletear de ametralladoras. Con atuendo guerrero y las cabezas cubiertas por gorros pasamontañas. El resonar de marchas militares se entremezcla con las rivalidades y enfrentamientos entre líderes. La muerte los acecha. Cómo entender los argumentos de este ejército de herejes, cismáticos, fundamentalistas e insatisfechos.


 Heterodoxo, de Annabelle López Ochoa
 

La exploración del físico ofrece muestras del espíritu del yihadista, su vigor, preparación de soldado y aptitud para matar. La muerte le rodea y amenaza. Complejos movimientos de piso semejan a los del soldado, faenas de brazos, saltos, cargadas y simulacros de lucha en un mundo que se va despojando de su atuendo inicial, muestra los rostros y torsos desnudos. La tragedia es la clave de la pieza. Un baño de sangre bien cubierto por las luces de Fernando Alonso y la propia Annabelle.

Una joya se deja disfrutar en Cénit, coreografía de Laura Domingo, una creadora que habiendo recibido una formación clásica y siendo ella misma maestra de ballet, se atreve por los más complejos vericuetos de las posibilidades expresivas del contemporáneo y en los más curiosos códigos de la simbología artística.

Cénit da inicio con un juego de pasos que parodian los del ballet y un aparente pas de trois pudieran ser los apoyos de la entrega de la Domingo en estas jornadas finales con Danza Contemporánea de Cuba. Se trata además de su estreno con una gran compañía.

El pas de trois es traicionero. En un primer momento podemos creer que se trata de dos varones y una bailarina mientras que según avanza el juego nos percatamos que nos encaramos a otras dimensiones del juego de tres.

Pero, a más de los diversos códigos que cada espectador puede descifrar a su antojo, a los ojos de este cronista, la pieza tiene un acierto que pudiera ser clave en el posterior desarrollo coreográfico de Laura: la economía de recursos. Y se trata de este arte de decir mucho con pocos medios y, además, poner a trabajar la sensibilidad de los presentes en la sala.