Defilló: el tiempo, el color, el vuelo

Es a través de los ojos de un pintor que surge ahora lo que danzan los bailarines que Marianela Boán ha traído a Cuba para mostrar su nueva fase de trabajo. Radicada hace ya varios años en República Dominicana, se ha convertido en la figura líder de la Compañía Nacional de Danza de dicho país. Es el estadío más reciente de su órbita, que comenzó con Danza Nacional de Cuba y que a fines de los años 80 desató el fenómeno que fue DanzAbierta.

En aquel contexto, el reto y la transgresión que esa compañía desencadenó fue parte de lo que artistas de la plástica, escritores y teatristas estaban proponiendo como operación de cambio, y mediante obras como Un árbol un poco vibratorio, Retorna, Una cuna, El pez de la torre nada en el asfalto, El árbol y el camino y Chorus perpetuus, Godot, Desnuda, o Gaviota, firmadas por la Boán o sus colaboradores, se afirmó una poética donde el bailarín se dejaba contaminar por la actuación, la palabra, el canto, en metáforas sucesivas de incisivo valor crítico, de poderoso impacto en el público que esperaba cada temporada con ansiedad.

Cuando emprende viaje a los Estados Unidos y luego a República Dominicana, Boán está asimilando el nuevo reto de reinventarse, de localizar en otros cardinales sus búsquedas, sin dejar de ser ella, pero no prisionera de sus hallazgos.

En ese nuevo rumbo, también ha estado el ejercicio del retorno. Marianela Boán ha vuelto a Cuba, donde DanzAbierta ha seguido ya bajo otros impulsos, y lo ha hecho sin repetir los gestos de una falsa nostalgia. Con los bailarines dominicanos ha traído a su patria Sed y Caribe Deluxe, retomando el diálogo con el público y con los nuevos creadores cubanos. Ahora está en el 17 Festival de Teatro de La Habana con Defilló, una suerte de tributo colorido y vibrante a la obra del importante pintor Fernando Peña Defilló. Con música de Wim Mertens y Chucho Valdés, la pieza se construye en la caja del escenario, y pocos elementos (una mesa, un mantel, unas flores), bastan para que Marianela rehúya el calco de los lienzos. Al inicio de la pieza, dos bailarines alzan un simple mantel para que en ese pedazo de tela se proyecten varios de los cuadros de Defilló. Luego, sobre el fondo negro del teatro, serán los cuerpos y el vestuario de Renata Cruz los que evoquen esos ambientes, esos duetos, esas miradas de amantes y parientes que el artista dominicano retrató obsesivamente.
 

Foto: Buby
 

Esta es una pieza que no transita por aquellas preocupaciones sociales y críticas que formaron parte de otras de la coreógrafa, al menos no de modo tan evidente. Se trata de algo más humilde, concentrado en las relaciones humanas, en los recursos del baile como cortejo, del sexo como baile o como vuelo, de los ires y venires de una parentela que nos invita a esa mesa sencilla que iluminan unas ramas floridas. Lo pictórico se desenvuelve como dinámica, en los enlaces flexibles de un cuerpo sobre el otro, en la posibilidad de que un color neutro se convierta en un código que nos mantenga atentos, hasta el hermoso momento central en el que una pareja se adentra en las posibilidades de la danza aérea. Sobre las variaciones de Chucho Valdés a partir del célebre Quiéreme mucho, de Gonzalo Roig, se establece la alegoría del amor como vuelo, con su tiempo propio: el tiempo que el equilibrio entre un cuerpo y otro les permite flotar, hasta que la relación entre ambos pueda sostenerse. El cuerpo desnudo y semidesnudo es ese otro lienzo que no necesita más que luces para convertirse en el eco de las obras que inspiran esta producción, que es en sí misma una invitación a la creación toda de Defilló, que gracias a este empeño ahora podemos ver y entender con otros ojos.

Daymé Del Toro, Patricia Ortega, Erick Roque, Mildred Rubirosa, Hendel Herrera, Jonás Padilla son los bailarines que defienden este horizonte donde vemos, en una perspectiva distinta y renovada, la obra de Defilló. Es decir, a través del prisma de una coreógrafa que sigue descomponiendo gestos, miradas, proximidades, y las maneras en que el cuerpo humano expresa sus emociones. Ese es el elemento de color que ella añade a los lienzos que la inspiran: el sentimiento que es la danza para que el color mismo se vuelva baile y nos revele los secretos que esperan tras un golpe de pintura. Así regresa la Boán a la Isla, de una isla a la otra, cruzando paisajes y entretejiéndolos, sobre el lienzo de nuestros ojos, con su lúcida manera de hacernos vivir la danza.