De vuelta a casa: no adiós, solo hasta el 2018

La segunda y última parte de la programación del Festival Nacional de Teatro reservó obras que, de haberse suspendido debido al paso del huracán, este evento hubiera lamentado la ausencia de piezas imperdibles. El festival, y por supuesto Camagüey, se despidió airoso de las embestidas pronosticadas por las predicciones iniciales del Instituto de Meteorología.

A punto estuvo de no llegar Superbandaclown, de Teatro Tuyo, Las Tunas. Su espectáculo ha sido uno de los mejores de la cita. Con él obtuvieron siete premios en el reciente Festival del Humor Aquelarre, incluyendo el Gran Premio; por parte del público recibieron vítores y el agradecimiento de cada una de las personas que repletaron el teatro Vicentina de la Torre los tres días de funciones. El colectivo dirigido por Ernesto Parra ha ido in crescendo con sus últimos proyectos: Gris, Narices y Caras blancas. Ahora Superbandaclown les pone la vara muy alta y las expectativas de si el próximo que estrenen será tan bueno como este.

Los anfitriones Teatro del Viento sorprendieron con Los caballeros de la Mesa Redonda, un cabaret político basado en el texto original del alemán Christophe Hein, con adaptación y puesta en escena de Freddys Nuñez, director del grupo. La disposición de “teatro de arena” es tan solo una de las modificaciones que el montaje asumió como punto de viraje en los modos de hacer y la concepción de este colectivo. Según expresó su propio director, necesitaban salir de la zona de confort en la que se hallaban y apostar por otros espacios de diálogo y contacto con el público.

Los tópicos que hasta entonces ocupaban el espectro temático del grupo, se enfocaban en las relaciones familiares, los adolescentes y jóvenes, con un trabajo preciosista en cuanto al diseño escénico, la utilería y las luces, que no se desdeñan en este caso, empero la concepción visual persigue otro tipo de rutilancia sobre el escenario, más en función de la dramaturgia que de la propia imagen.

En la pequeña sala de la Edad de Oro, Teatro La Proa, de La Habana, divirtió y aleccionó a niños y familiares con Érase una vez… un pato. De igual modo hicieron reír al público camagüeyano Los Cuenteros, de Artemisa, con Las noches del cafetal.

Balada del pobre BB homenajeó a Vicente Revuelta y a Bertolt Brecht. El grupo Impulso Teatro, de La Habana, liderado por el actor Alexis Díaz de Villegas, trabajó la técnica del distanciamiento brechtiano, y para ello se auxilió de pinturas y materiales audiovisuales.

El también grupo habanero Argos Teatro brindó funciones con gran acogida de público y ovaciones para 10 millones. Este es el primer texto dramatúrgico escrito por su director y Premio Nacional de Teatro, Carlos Celdrán.

Charlot Corday o el animal es la propuesta realizada de conjunto entre El Público y la Asociación Hermanos Saíz. El proyecto ganó la Beca de Creación “El reino de este mundo” el pasado año y llegó a Camagüey para presentarse este último fin de semana en la sala Rini Leal del Teatro José Luis Tasende. La pieza, interpretada por María Luisa Hernández y Andrea Doimeadiós, toma su nombre del poema “Charlotte Corday”, de Nara Mansur.

El espacio La Incubadora propició el intercambio directo entre actores y equipo de realización de los diferentes grupos participantes, con el público que asistió a los teatros. Igualmente fueron enriquecedores, aunque a veces dilatados, los encuentros con la crítica. Tuvimos la oportunidad de que los propios autores hicieran las presentaciones de sus libros en varios casos. La distribución de los boletines El Comején y Gestus nos mantuvieron al tanto de lo que acontecía in situ y simultáneamente, al tiempo que se puso en venta los últimos números de las revistas Tablas y Conjunto, con trabajos de varios de los grupos presentes en la ciudad de los tinajones.

Como en todo gran evento, nos quedan deseos e inconformidades, sabemos que “siempre se puede hacer mejor”, mas el teatro ha sobrevivido, como en esta ocasión, a más de un par de ciclones de distinta intensidad. Ha habido y habrá tiempos malos, buenos y regulares; de catarsis y exorcismo; contextos favorables, infaustos y venturosos. El teatro, y también el arte en su totalidad, habrán de lidiar con esas circunstancias o aprender a convivir con ellas, y si fuera necesario, reinventarse una y otra vez; tampoco sería esta la primera, ni mucho menos la última.