De un golpe, Ciclón

Un verdadero ciclo de revistas cubanas —Verbum, Espuela de Plata, Nadie Parecía, Fray Junípero, Orígenes— cobija en sus páginas la filiación estética amparada en los presupuestos propugnados por José Lezama Lima. Sin embargo, cuando ocurre en 1954 el rompimiento entre este y José Rodríguez Feo, quien además de activo colaborador de Orígenes era quien sufragaba los gastos de la revista, irrumpe en enero de 1955 la revista Ciclón, dirigida por este último, título acaso pendenciero y belicoso, pero que estaba dotado, sin dudas, de un aire renovador. En el número inicial, en un trabajo de fondo titulado “Borrón y cuenta nueva”, se expresaba sin ambages:  

Lector, he aquí a Ciclón, la nueva revista. Con él, borramos a Orígenes de un golpe. A Orígenes que como todo el mundo sabe tras diez años de eficaces servicios a la cultura en Cuba, es actualmente peso muerto. Quede, pues, sentado de entrada que Ciclón borra a Orígenes de un golpe. En cuanto al grupo Orígenes no hay que repetirlo, hace tiempo que al igual que los hijos de Saturno, fue devorado por su propio padre.

“¿Qué ha pasado?” —se preguntará el simpático lector—. “¿Es que acaba de declararse un estado de guerra?”. No, amable lector. La guerra ya se había declarado hace algún tiempo: hemos guerreado y la hemos ganado. Te confesamos que ha sido una guerra corta, casi un paseo militar. ¿Cómo podíamos no ganarla si disponíamos de un arma secreta: Ciclón, la revista nueva? En el momento en que el enemigo creíase más seguro, dejamos caer “nuestra bomba”, que como lo ves, borra a Orígenes de un golpe.

Ciclón, que solamente publicó colaboraciones y traducciones inéditas, tanto de autores nacionales como extranjeros, fue fundada con un carácter polémico y en cierto modo heterodoxo, y mantuvo siempre un estilo propio, además de un tono igualmente identificador por peliagudo y nada pacato. Así, en su primer número, y con una introducción debida a Virgilio Piñera, publicaron segmentos de Las 120 jornadas de Sodoma, del marqués de Sade, texto considerado entonces como demoníaco; pero tanto Rodríguez Feo como Piñera habían asumido el riesgo de salir a la palestra literaria para desbancarlo todo, de manera que mientras el primero le pedía al lector “juzgar por sí mismo”, Piñera, al presentar el texto del francés, se dirigía al lector en estos términos:

Ofrecemos aquí, por primera vez en español, algunos fragmentos de Las 120 jornadas de Sodoma, la obra capital del Marqués de Sade. Estas ciento veinte jornadas son como la culminación paroxística de todos sus escritos sobre la vida sexual del hombre; vida sexual que, para decirlo de una vez, es una de las cuatro patas sobre la que descansa la gran mesa humana […] Pero dejemos al lector juzgar por sí mismo. Lo creemos inteligente, sin moral al uso, sabedor que si debe leerse un escritor como Kafka que expresa, a través del terror, el absurdo de la vida humana, también está en el deber de informarse sobre un escritor llamado Sade que expresa, por medio del terror, la oscura vida sexual del hombre.

Cada número que vio la luz se identificaba por poseer una cubierta de cartulina que podía ser rosa, azul, amarilla o negra, sin gradación, pareja, uniforme, y no porque Ciclón fuera una revista precisamente pareja y uniforme, sino un verdadero grito de rebeldía, de inconformidad y de reto.

Interrumpida su publicación en el número correspondiente a abril-junio de 1957, tras haber pasado por sus páginas figuras extranjeras de la talla de Luis Cernuda, José Ferrater Mora, Jorge Luis Borges, Dámaso Alonso, Ernesto Sábato, Julián Marías, Alfonso Reyes, Macedonio Fernández, Adolfo Bioy Casares y Guillermo de Torre, Octavio Paz y Julio Cortázar, entre otros, y firmas cubanas debidas a Severo Sarduy, Fayad Jamís, Luis Marré, Roberto Branly, César López, Ambrosio Fornet, Antón Arrufat y Pedro de Oráa, entre otros, la revista reapareció en su volumen 4, número 1, correspondiente a enero-marzo de 1959, que fue también el último publicado. Explicaron la suspensión:   

en los momentos en que se acrecentaba la lucha contra la dictadura de Batista y moría en las calles de La Habana y en los montes de Oriente nuestra juventud más valerosa, nos pareció una falta de pudor ofrecer a nuestros lectores “simple literatura”. Todo tipo de crítica política o social estaba condenada de antemano por la feroz censura.

Varias secciones fijas conformaron la estructura de Ciclón: “Barómetro”, dedicada a la crítica artístico-literaria; “Reevaluaciones”, donde apareció uno de los trabajos más espinosos de Virgilio Piñera; y “Ballagas en persona” (septiembre de 1955), donde pone a prueba su perspicacia crítica y su conocimiento del poeta Emilio Ballagas desde un ángulo que Cintio Vitier había preferido sortear de otra manera en su prólogo a la Obra poética de este autor: la homosexualidad del poeta. Pero también Piñera expone su modo “corporal” de entender la expresión literaria, de modo que por su eficacia discursiva, por su apelación a un conocimiento vívido de la tragedia última del poeta, este texto deja de ser polémico para tornarse inapelable. Antón Arrufat evalúa las consideraciones de Piñera como “una apreciación insólita para nosotros y uno de sus aportes en el campo de la crítica literaria”. Como en otros de sus trabajos críticos, Piñera apela aquí al enjuiciamiento en función de la sociedad y respecto de la vida del escritor. Solamente una voz como la suya, libre de los convencionalismos entonces actuantes, era capaz de ofrecer respuestas, no para sancionar al poeta, sino para sacarlo del inhumano “enfriamiento” en que la crítica lo había colocado. Este texto es, sin dudas, uno de los más estremecedores aparecidos en Ciclón, como importante fue también la reevaluación de José Antonio Portuondo acerca de Rubén Martínez Villena, al cumplirse 22 años de su muerte (número 1, enero, 1956), donde repasa la vida y la obra del poeta y revolucionario.

Rubén Martínez Villena —dice Portuondo en el párrafo final—, ansia viva de grandeza desde su adolescencia, vivió en poética tensión —es decir, en tensión creadora— buscando una obra digna en que ponerse por entero. Creyó un instante, como reacción frente a circunstancias nacionales impropicias, que esa obra era pulir el verso y labrar un más perfecto instrumento de expresión, llevando hacia adelante, en el secreto del laboratorio y de los grupos minoritarios, las experiencias modernistas. La realidad dolorosa de su tierra le impuso la acción inmediata y matizó su verso de irónica amargura. Luego, iluminado por la interpretación marxista de la historia, entendió su deber darse a la lucha por transformar la realidad colonial de su Isla y contribuir a la redención definitiva del hombre. Y a ella se entregó, poéticamente heroico, forjando cada minuto de su epopeya revolucionaria con la misma estética voluntad de estilo con que labrara cada verso y cada hemistiquio de sus poemas preciosistas. Su muerte, en los días bellamente tumultuosos de la caída de la dictadura machadista, en que alboreó jubilosa una nueva conciencia entre las masas cubanas, fue el último verso de una admirable existencia poética, flameante como la de Shelley, disparada hacia los más justos horizontes, vibrante, definitivo y rotundo: su más perfecto consonante final.   

Ciclón constituyó un hito y un grito en la vida artística y literaria de Cuba a mediados de la década del 50 del pasado siglo. Hecha con la pasión y la cultura de un intelectual como José Rodríguez Feo, se hizo acompañar de figuras como la de Virgilio Piñera, de manera que de esa conjunción culta y atrevida para la época surgió un huracán de ideas y de propuestas que, llevadas a la práctica, cuajaron en un verdadero ciclón de novedades antes impensadas.