De Rachel, lo que me contó Miguel, el otro Barnet
Fotos: Cortesía de Enrique Pineda Barnet y de la Cinemateca de Cuba
 

Por favor, nombre completo:

Miguel Barnet Lanza.

¿A qué se dedica?

Soy poeta, narrador, ensayista y etnólogo.

Motivo de la denuncia:

Violencia de género.

¿Presentará cargos literales?

No, antepongo los literarios.

¿Cuál es su relación con la víctima?

Soy su padre.

¿Pudiera referir el lugar donde fue vista por última vez?

Es impreciso decirlo. La han visto en todo el planeta. A veces ubicuamente.

¿Cierta consanguinidad con su hermana menor?

Cierta.

Con exactitud, ¿a quién buscamos?

A Rachel, una joven de 46 años (la novela) que ha vivido 88 (Amalia Sorg) y 25 cinematográficos bajo otro nombre (La bella del Alhambra).

Estas fueron las declaraciones del escritor, o el sinfín de voces juntas cortadas por un collage que incluye la mía propia, lluvia pertinaz (afuera) y una virgen muda sobre una mesa atestiguando. Tal como él me lo contó. Tal como yo ahora se lo cuento a ustedes. Es un libro y una denuncia.

La construcción del mito femenino es una opción que escasea en una sociedad ordenada desde el patriarcado. Tanto es así que en Canción de Rachel su protagonista no pasa por alto los funerales de Yarini y con ello, queda suscrita al culto cubano del “don Juan Tenorio”. ¿Por qué ubicar en una corista (Rachel) las motivaciones literarias de un etnólogo y entregarla a la mitificación? ¿Tiende en determinadas circunstancias a restringir o cancelar la voz del sujeto femenino en obediencia patriarcal?

El mito hegemónico aquí —el de género— es el de la hegemonía masculina. Está hasta en la gramática, en la política: “el hombre es esto…”, “el hombre es lo otro…”, y alude al hombre y a la mujer. Lo que sucede es que desde el punto de vista semántico es feo señalar: “el hombre y la mujer son la garantía del futuro”, por ubicarlo en un ejemplo. “Los niños son las esperanza del mundo”, dijo Martí. Hasta en Martí hay esa costumbre, pero no suena igual decir “los niños y las niñas son la esperanza del mundo”. Significa que también tiene que ver con el sentido de las palabras.

Creo que la UNESCO lo resolvió con “la especie humana” o “el ser humano”. Y yo entiendo que si hay algo que suena feo al oído, no raro sino feo y cacofónico, pues hay que eliminarlo. Realmente todos mis libros tienen de alguna manera algunas intenciones o presupuestos extraliterarios, aunque predomine el lenguaje, su puesta y calidad, pero aparecen presupuestos sociológicos y hasta antropológicos e históricos. CimarrónCanción…, y Gallego están hechos con una intención. No son novelas puras. Son híbridos deliberados, construidos para de alguna manera juzgar la sociedad, analizarla, hacer una especie de exégesis, también de la contemporaneidad.

Considero que sin ese análisis no se entienden bien mis novelas. Menos lo que yo he llamado la “novela-testimonio”, que es una modalidad o un género como algunos le reconocen, que en Cuba tuvo una tradición pero que cogió fuerza cuando escribí Biografía de un cimarrón, toma otra dimensión: no es el testimonio puro, seco, crudo, sino que es un testimonio elaborado por la sensibilidad de un poeta. Alejo Carpentier dijo que en este libro lo que más se revela es la intención poética… y habló de Cimarrón con entusiasmo porque no era un libro al uso, es decir, no estaba dentro de la corriente de la anti-novela, sino que fue algo que yo creé a mi modo, basándome en mis presupuestos extraliterarios y también en mi vocación de poeta, y eso es lo que le da a estas obras otro carácter y otra dimensión.

Rachel, efectivamente, es una figura que recreé a partir de mis entrevistas con Amalia Sorg. Fue una persona que me cautivó y me sedujo desde que la conocí en el año 61, 62, en un festival de folclore. De todas esas mujeres del Alhambra era la más sensual, la más sicalíptica, la que más vida expresaba. Se le salía la vida por la piel, por los ojos. Entonces empecé a hacerle unas cuantas entrevistas a Amalia Sorg y con lo que colecté, o compilé de la prensa de la época, de los periódicos de los años 10 y 20, desde La Discusión hasta los periódicos más recientes: InformaciónDiario de la MarinaAvance y también las croniquillas que salían en las revistas de teatro, pues conformé el libro a mi modo.

Pienso que viéndolo desde la óptica que tú has introducido con tu enfoque, ciertamente, es un libro que denuncia: el machismo de la época, la hegemonía heterosexual masculina, sobre todo en la esfera política del país, y Rachel —Amalia Sorg— era una víctima de alguna manera, una marioneta movida por esos hilos. Marioneta aguda, inquieta, que no se dejaba humillar ni aplastar aparentemente pero que vivía bajo la sujeción del machismo porque sus amores de juventud, de adolescencia, se malograron. Tuvo que renunciar a ser una Julieta para convertirse en una flapper sometida a los designios del macho cubano, y en las obras de teatro que interpretó, donde estuvo siempre genial, sensual, fue siempre la vampiresa, la mujer de salón, la matrona o la dueña de un plantel educativo… mujer fuerte, pero todo era aparencial, porque en el fondo tenía que vivir del poder ese omnímodo del dueño del teatro, que no era el hombre que ella amaba. Es una contradicción pero es así de cierta.

Por otra parte vemos en Rachel que denuncia muchos fenómenos, desde su posición racista hacia los negros denuncia el racismo, incluso desde su posición racista las cosas que dice son terribles, sobre cómo se trataba al negro en la época y en el teatro. Entonces es una persona víctima, pasiva y a la vez en la crítica de esa pasividad ella también se convierte en un elemento que demanda a una sociedad corrompida y manipulada por la hegemonía masculina. Ella está acusada y sometida, y a la vez ella acusa y somete, porque hay una manera de respuesta de la mujer. Eso está en la teoría del género, en que la mujer también avasalla, engaña y manipula al hombre con su seducción. Es decir que hay una relativa pasividad y Rachel es eso en alguna medida, pero es también el glamour, el encanto de ese mundo, de una bella época que nos llegó tarde, de Europa y de un teatro vernáculo que fue un filtro del quehacer social y político del país. Indiscutiblemente.

Por eso el libro está construido con una técnica de Rashomon, de muchos discursos que se contraponen y una polifonía que a veces tiene tonos discordantes, más y menos afinados, pero es todo un libro de crítica social y a la vez de reconocimiento a esas mujeres, sobre todo, que contribuyeron también a definir una estética de cubanía en el teatro cubano. Una estética que ellas mismas crearon a partir de los ingredientes y los elementos epocales. Sin embargo, nada de eso está en la película, lamentablemente, porque la idea que yo tenía del guion no prosperó, de lo cual me alegro porque quizá hubiera sido una película fallida y, al contrario, creo que es un gran musical con una dramaturgia buena, eficaz, una película que gusta mucho. Diría que ya es un clásico del cine cubano y del musical, pero desde luego, no es mi guion.

La idea que yo tenía del guion no prosperó, de lo cual me alegro porque quizá hubiera sido una película fallida...

Colaboré con mi primo en la concepción de la película, incluso La bella del Alhambra fue un nombre que sugerí para la película, porque no se podía llamar Canción de Rachel porque no es Canción de Rachel. Está basada en mi novela pero es La bella del Alhambra como la concibieron Enrique y Julio García Espinosa, que en ese momento estaba al frente del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Yo estoy a favor de esa película, la apoyo. Es una obra que sobre todo tiene un gran mérito: resalta los valores más legítimos o más puros de la música cubana, con buenas actuaciones… creo que Enrique hizo un trabajo extraordinario, del que me siento complacido. Ahora son 25 años que se cumplen de la primera puesta y considero que mantiene la frescura, el ritmo, la dinámica. Esa lozanía la conserva y es la que la lleva a estar en el sitial de la permanencia.

¿Qué regocijos y sinsabores produjo a Barnet atravesar un proceso de despersonalización —constante narrativa en la novela testimonio— que confía a la hablante el timón diegético, y al escritor reserva matices y estilo literarios?

Ninguno de mis libros podría estar referido o basado en el testimonio esquelético, puro, directo del personaje, sería muy aburrido y no hubiera trascendido nada. Todos los personajes son un pretexto para desarrollar una historia, recrear un lenguaje e inventar una fantasía. Por muy cercanos o arraigados que estén ellos a la historia —porque sí son historia—, ningún escritor está obligado a seguir al pie de la letra los dictámenes de la historia. La misma se escribe de acuerdo con tendencias, enfoques circunstanciales o coyunturales, y siempre es tendenciosa, aun en los más grandes escritores y los mayores historiadores.

Realmente opino que el mérito que desarrolla este tipo de trabajo es el de saberlo recrear, saber recrear estos testimonios, sin traicionar la fibra esencial, la vibración confesional del testimonio —que es tan importante—porque es la que hace que haya un salto de la popa a la proa, digamos. ¡Cómo yo voy a limitarme al testimonio de Amalia Sorg, o de Esteban Montejo en Cimarrón o del Gallego! Eso sería para un tratado sociológico o etnohistórico y yo no he pretendido hacer tratados sociológicos o etnohistóricos sino lo que he llamado novela-testimonio que tiene un diapasón, una amplitud mayor.

Un testimonio puede ser lineal, puede ser un rompecabezas también porque la memoria fluctúa, la memoria va de adelante para atrás y de atrás para adelante, y la gente recuerda lo que le conviene, lo que desea, lo que quiere o lo que ha marcado en todo caso un hito en su vida, pero eso tienes que trabajarlo con mucha agudeza para no traicionar esa matriz. Ahí está el mérito de la novela-testimonio, ahí está el mérito del verdadero autor de la novela-testimonio. Ahora, esos que hacen testimonios directos, llanos, por lo general no han trascendido, son muy aburridos. Son útiles para un tratado antropológico-sociológico, pero no tienen mayor propósito porque no tienen la riqueza de la recreación. Es caminar por una cuerda floja, es pasar por el filo del abismo porque una palabra, un dato, una anécdota puede traicionar completamente la esencia de una obra de este tipo y no ser convincente, creíble. Lo sustancial es que sea creíble, la verosimilitud, no la verdad. La verdad no existe, la verdad siempre es relativa. Ahora, si algo es verosímil y se acerca a ser posible te cautiva. Si sientes en ello una discordancia, una disonancia, te sientes engañado y estafado.

Acusa el imaginario popular que los hijos se parecen más a los tiempos que a sus padres. ¿Es adecuada esta clave para entender desfasajes entre el contexto de producción de Canción de Rachel y el pensamiento contemporáneo de Barnet?

No he cambiado mucho. Desgraciadamente, maduré muy rápido. Lo logré a base de golpes y me formé en medio de grandes contradicciones: yo era un joven de la clase media que de pronto descubrió la Revolución… y la Revolución subvirtió muchos valores, casi todos los valores de esa clase media. Fui feliz de contribuir a la destrucción de aquel mundo donde había tanta mentira, hipocresía, banalidad y me cautivó la política cultural de la Revolución que iba hacia los verdaderos valores. Recuerdo que para mí fue una revelación ver los primeros ejemplares de Lunes de Revolución, ir a la biblioteca y leer las revistas de AvanceOrígenes… fue un hallazgo de un mundo distinto. Un mundo con otra tabla de valores, más cercanas a mi sensibilidad.

Dicen que “la letra entra con sangre”, y a mí esa visión de la cultura otra, que no era la cultura del entretenimiento superfluo, de la chabacanería, me cambió la vida. Se lo debo a la Revolución y muchas personas que tuve el honor de conocer y tratar largamente, como don Fernando Ortiz, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Lezama Lima, Virgilio Piñera, a tantas gentes con quienes pude compartir experiencias y leer sus obras. Fueron para mí paradigmas. Siento un gran respeto por todos ellos y por otros muchos más. También influyeron la literatura universal, la antropología inglesa, norteamericana y mexicana. Todo ello me ayudó a conformarme con una visión diferente. No era el escritor que se basa únicamente en sus tribulaciones personales, sino que quiere ahondar en ese fondo retador, porque fue retador para mí.

Yo estaba impregnado de la revista Light, de las selecciones de Reader's Digest, de las revistas del corazón. Todo eso cuando era un adolescente, pero tuve la suerte que mi padre me regaló una enciclopedia que se llamaba The book of knowledge (El libro del conocimiento) en inglés. Eran 12 tomos y yo me los “bebía”. Claro, también leía las selecciones, veía los muñequitos, la lucha libre, Atención en el canal 6, los programas melodramáticos… todo eso fue como un coctel en mi cabeza que creo que logré jerarquizar, sintetizar e irme por los caminos de la gran literatura, de la gran poesía, de los estudios antropológicos que me ayudaron muchísimo. Estuve nueve años en la Academia de Ciencias recibiendo cursos y ello me dio una visión del mundo diferente: no ser un escritor artepurista, no estar en una torre de marfil, no creerme que mi verdad es la única, no tolerar, palabra que hay que eliminar de los diccionarios, sino entender, asimilar, y compartir también la verdad del otro y la cultura del otro. Eso se lo agradezco también a mis estudios.

Por eso te digo que maduré muy joven, ya a los 18 y 19 años yo era otro, no era aquel adolescente que vivía en el mundo del consumismo. Cuando hablo del consumismo no estoy hablando de la ropa ni de los dentífricos: me refiero al consumismo cultural aquel tan nocivo de los programas de televisión, de las revistas banales… Y en cambio poder leer, en su idioma original, la obra de William Foulkner, las novelas importantes que mis amigos, a quienes les agradezco profundamente, sobre todo a uno de ellos José Rodríguez Feo, quien me prestara tanta literatura buena, en español y en inglés. Siempre me gusta recordar y mencionar a quienes me ayudaron a pavimentar la avenida por donde yo iba a andar. Por eso defiendo tanto la necesidad de la clasificación y el establecimiento de la jerarquía porque tenemos que ponerle a nuestro pueblo los modelos que son verdaderamente estimulantes, que llevan a enriquecer la conciencia personal.

¿Trasciende Pineda Barnet el retrato íntimo de Amalia Sorg cuando decide extender el lienzo fílmico en La bella del Alhambra al agotamiento republicano?

Respeto mucho a Pineda Barnet porque creo que hiló muy fino: pudo sustraerse de muchas tentaciones, decantar y hacer un cine que a mí me convenció. Si él hubiera filmado el guion que yo soñé o Canción de Rachel contrapuntística, quizá la película no hubiera llegado al gran público como llegó. Creo que lo logró con mucha inteligencia y estoy seguro, aunque él no lo diga, que sacrificó muchas cosas, pero lo hizo en bien de que su obra —que es mi obra también— llegara al gran público y obtuviera tantos premios como fue el Goya (primera obra cubana en alcanzarlo). No tengo nada que reprocharle a la película porque está basada en Canción de Rachel y se llama La bella del Alhambra y es la película de Enrique Pineda Barnet, aunque el alma mía y mi vida estén ahí, y mis diálogos con él, pero es la creación del autor.

Una cosa es el cine y otra el guion, porque la película es lo que el director filma. Aunque se base en un guion siempre va a tener sus sellos, sus caprichos, sus necesidades. Ahora mismo la película homónima basada en un cuento mío que ganó el Premio de Cuento Juan Rulfo, “Fátima o el Parque de la Fraternidad”, pertenece a Jorge Perugorría, no a Miguel Barnet. Es una obra de Perugorría basada en un cuento de Barnet, pero tiene un guionista: Fidel Antonio Orta, que hizo una adaptación que a mí me parece extraordinaria. También tuvo que sacrificar muchas cosas del cuento. No se puede llevar la literatura al cine. Ni siquiera el cine ruso o el soviético que es tan respetuoso de la obra literaria. Ahí tienen: La guerra y la pazAna KareninaLos abedules, basadas en obras literarias, pero no es la literatura puesta en imágenes. El cine tiene sus leyes, y Fátima o el Parque de la Fraternidad, que a mí me gustó mucho, en primer lugar no es “Fátima”, no es el personaje que concebí en el cuento porque el por mí concebido es una persona melodramática, grotesca, con valores morales indiscutibles y de cubanía sobre todo, pero era un travesti ya envejecido, en la decadencia, que se le derramaba el maquillaje, que iba cayendo en el lodo más profundo y hacía múltiples concesiones a la vida: sufría el paso de los años porque ningún travesti que quiera seducir, porque necesite seducir para sobrevivir también, quiere envejecer. Entonces este es un personaje que frisa los 50 años y, sin embargo, en la película resulta un joven atractivo, apuesto, que se convierte en una de las “figuras femeninas” más seductoras y bellas del cine cubano.

Una cosa es el cine y otra el guion, porque la película es lo que el director filma. Aunque se base en un guion siempre va a tener sus sellos, sus caprichos, sus necesidades.

Y la película Fátima o el Parque de la Fraternidad, no es totalmente el cuento y no es totalmente el guion de Fidel Antonio Orta. Es la película como la quiso hacer Pichy, realmente merecedora del premio de la popularidad. Estoy seguro que va a tener mucho éxito en el exterior porque es una obra transgresora. Es una película valiente que respeta sobre todo la condición humana… y esa gran tragedia que para mí es una tragedia de identidad, la peor de ellas, el mayor drama, sin duda, el de una persona que no quiere su cuerpo, que no quiere su pelo, su nombre.

Eso es lo que quise dar a entender con el cuento: cómo vivir así, cómo sobrevivir así, no queriéndote llamar Manolo, no queriendo tener tu cuerpo, tu sexo, pretendiendo tener otra identidad de género… esas personas luchan muchísimo por sobrevivir, porque no viven, sobreviven. Son mal vistas, vapuleadas, discriminadas, y tienen que vivir así toda su vida. Desde que nacen al mundo, desde los cinco, seis, siete años ya no quieren ser hombres, quieren ser mujeres y vestirse como tal. No lo he experimentado porque soy feliz con lo que soy, y me ha ido muy bien además. He tenido mucha vida amorosa, plena. Pueden hasta envidiármela, que lo entendería.

Estos cuerpos literarios que se hilaron en épocas distintas tienen en sí el peso de —digamos— cierta decadencia al uso en el personaje de Manolo (Fátima), el teatro vernáculo y hasta en el clima político de los años 30 cubanos (Canción de Rachel). ¿Considera que son las condiciones de lo crepuscular y melodramático, presentes en su obra, el pedido que le hace el cine a la literatura escrita por usted?

También saltó a la pantalla Gallego, y Cimarrón, que tampoco es decadente. Lo estás limitando a estos dos personajes. Gallego tiene que ver con el esfuerzo de los hombres en el cotidiano, en la lucha por la vida, por sobrevivir. Cimarrón es un libro optimista, épico. En estos libros no hay épica. Aquí hay un regusto de mi parte, si se quiere un poco morboso, por un pasado que se fue en el caso de Rachel, en el de Fátima no. El personaje puede ser decadente, pero el fenómeno es vigente. Concebí al personaje decadente con ciertos visos esperpénticos, grotescos, mas el travestismo existe. De hecho, todos lo somos porque un escritor que se convierte en su personaje se está travistiendo. Recuerda lo que decía Flaubert: “Madame Bovary, c´est moi”. Así que puedo decir: “Yo soy Rachel, Fátima, el Cimarrón, el Gallego, Julián Mestre, el de La vida real, que no es un libro decadente”.

Creo que los filósofos se equivocan mucho. Considero que el pasado tiene importancia, sentido y utilidad en la medida en que te sirva para no repetirse en el presente. Simone Weil decía que la sustancia que nos alimenta es el pasado. Que alimenta a quién. La alimentará a ella que fue una filósofa burguesa porque el pasado que viví en los 50 me alimentó pero justamente para rechazarlo. Un nutriente que sirvió de antídoto porque no quiero volver a él. ¿Tú crees que una criadita mexicana, chaparrita, de Juchitán, quiera regresar al pasado, en su comunidad indígena, empobrecida, hambreada, con narco, con crimen? No, esa indita quiere el presente. A lo mejor pretende el presente y se llena de aditamentos plásticos en las orejas, en las manos y le gusta el burger del Mc Donald´s, ¿pero al pasado? Como dice Elena Poniatowska: “Cuando llegan a México se visten como las señoras o con las ropas de las señoras. No quieren recordar el hambre, ni la miseria”. El campesino pobre y hambreado que vivió aquí en los años 40 y 50 y más atrás asumió la Revolución Cubana precisamente para salir de ese pasado. Los filósofos se equivocan.

Claro, los poetas nos alimentamos de ciertos sabores e imantación que tiene el pasado pero no para revivirlo. ¿Crees que Esteban Montejo en Cimarrón hubiera querido ser el esclavo que recibía azotes diarios y que trabajaba 16 horas en el campo cubano? Jamás. Es un error de algunos filósofos: una interpretación, creo que bastante elitista.

¿Resulta Rachel una cubana del siglo XX o hay marcas monolíticas de identidad que la pudieran trasladar a nuestros días? ¿Qué (in)satisfacciones revelaría su despertar en este siglo al enfrentamiento de su condición como mujer y artista?

Sería más feliz. Quizá no hubiera sido una rumbera, una artista vernácula, una flapper del Teatro Alhambra. Quizá hubiera sido una modista o una educadora, una profesora de piano. Hubiera sido otra cosa. La mujer hoy tiene otro papel en la sociedad y ha rescatado su dignidad. Ya la mujer de hoy, afortunadamente no es la de 50 años atrás. Todavía tiene que luchar contra el hegemonismo hétero, contra el machismo cubano —que es latinoamericano y universal. Rachel hoy, tal vez por sus dotes artísticas, hubiera sido una cantante lírica, una actriz de un grupo de teatro.

Nunca quise rescatar arqueológicamente, con una visión lúdica o edulcorada el Teatro Alhambra. Yo de un plumazo en ese libro denuncié cómo la mujer y el negro estaban vistos: como arquetipos manipulables. Lo que sucedió fue que no lo hice con el lenguaje de los sociólogos o los que se dedican a estudiar género… lo hice de una forma más suspicaz. Traté de conquistar al lector con el personaje para que después, ya seducido, pueda darse cuenta de cuán triste, a pesar de todo, fue la vida del personaje, en el caso de Rachel y en el de Fátima. Es mi vocación moralista, pero no puedo verlo de otra. No he hecho la exaltación de la vedette vernácula, ni del travestismo o la prostitución. Quien no vea que mis libros son denuncia es porque es miope, tuerto o ciego totalmente.