De la noche al día: el descubrimiento del agua fría

Comprendo la necesidad de poner en la escena temas tabú en el teatro para niños y jóvenes; sin embargo, creo más en la urgencia de preguntarnos cuáles son realmente esos temas tabú y para quiénes son tema tabú: ¿para los propios creadores o para el público?

No creo que importe mi criterio sobre si un tema como el racismo es tabú o no en nuestra actualidad; lo que considero relevante es el hecho de que colocar temas controversiales en escena no hace que estos adquieran la condición de tabú, mucho menos si no se explotan lo suficiente. ¿Qué resolvemos enumerando problemas? Nada. La mera enunciación no nos coloca ni siquiera al borde del camino, y puede incluso llevar a malentendidos.

Resulta que mi mejor amiga es rubia y de ojos verdes, como Dora Alonso. Y como Dora Alonso ha sido también víctima de una racialidad no mencionada, no escrita —¿podría decir tabú?— hacia los blancos. Resulta que mi amiga tuvo una abuela blanca como la leche del arroz con leche, emigrada de España y asentada en Cuba, que murió tan blanca como siempre y tan buena cocinera como la mayoría de los cánones de abuelas. Resulta que mi amiga se sintió triste cuando vio en una obra para niños que empañaban la memoria de su abuela, y esto me hizo pensar.


Presupongo que el tema del racismo en Como la noche y el día, del Teatro Alas, de Pinar del Río, no está enfocado en defender a los blancos o los negros, sino al carácter más allá del color. Ya no soy una niña, puedo darme cuenta de eso, pero… ¿y si yo fuera una niña? Ese es el punto donde todas mis dudas se conectan y se encauzan hacia la adaptación titiritera.

La adaptación de géneros a teatro tiene que ser en extremo cuidadosa, quizá más que en otros ejercicios de adaptación, debido a las particularidades del género; por eso existen dramaturgos y poetas, dramaturgos y novelistas, especialistas y licenciados en dramaturgia.

El teatro de títeres contiene particularidades muy específicas que rigen su funcionamiento sobre la escena. La extensión de los textos, los recursos estilísticos, el ritmo y la claridad temática —aunque parezcan detalles nimios— condicionan la calidad del texto titiritero y, sobre todo, su efectividad escénica.

¿Por qué la niña busca el cambio en la abuela y no en ella? Esta fue la pregunta que me hice durante la segunda mitad del espectáculo.

Sobre la escena titiritera cada recurso debe ser explotado al máximo, hasta ese absurdo que diferencia justamente el teatro dramático del teatro de figuras. Si el tema es el racismo, pues la solución dramática podría ser que la abuela cambie de color y pierda su identidad, pero para el títere eso no es suficiente. Tal vez un desencuentro de deseos entre la niña y la abuela, en la que ambas piden lo mismo por partes diferentes y se descubren en la mañana con los colores trastocados, hubiera ofrecido más riqueza argumental a la obra, pues desplaza el tema del racismo hacia un vértice más amplio de entendimiento: lo transforma en identidad y cultura. Si el títere tiene un solo ojo y una adaptación simpatiquísima de la técnica del mascuello, pues ese ojo debe anular la ausencia del otro, y ese cuello recorrer al máximo su expresión plástica y altamente  titiritera. ¿Por qué la maestra no tiene brazos? ¿Por qué aparece al final, cuando ya está todo resuelto, solamente a predicar una moraleja? ¿Por qué la solución a todo conflicto es un hada que aparece y desaparece a conveniencia —más de los hacedores que de la trama—, y el deseo se pide en voz baja? ¿No es acaso la intención de esta obra romper con ese tipo de dramaturgia didáctica?

Creo en los intentos. Creo en los avances. Y creo en la crítica necesaria para avanzar. Es este mi objetivo y no otro. Y lo creo con la misma fe con que sostengo que para hablar a los niños de temas tabú no necesariamente la abuela negra tiene que saber hacer arroz con leche, ni la abuela blanca desconocer la susodicha receta. ¿O es que acaso todas las tatarabuelas tienen el mismo color?