De la estirpe Buendía

Flora Lauten celebra 75 años de vida en este febrero. La última Miss Cuba, la fundadora de Teatro Buendía, la maestra de juventudes teatrales mantiene intacta la transparencia de sus ojos claros y su pasión por el teatro.

Éxtasis, homenaje a la madre Teresa de Jesús, del pasado 2016, fue la posibilidad de volver a aplaudirla en el escenario como actriz, en una hermosa metáfora que versa sobre mujeres creadoras y transgresoras, capaces de sobreponerse a las adversidades y construir la vida sobre las ruinas.

foto de Flora Lauten
Éxtasis. Fotos: Sonia Almaguer


Las primeras noticias que vinculan a Flora a las tablas llegan desde Teatro Estudio. Allí formó parte del elenco de La noche de los asesinos, el mítico montaje de Vicente sobre el texto de José Triana; y de Contigo, pan y cebolla, la comedia de Héctor Quintero llevada a escena por Berta Martínez. Es decir, en los 60 se marcó el destino teatral de Flora, en el cual las más fuertes tradiciones teatrales se renovaban en diálogo con el entorno.

Con el deseo de encontrar nuevos públicos, se enroló en la aventura de Teatro Escambray. Flora tuvo la osadía de abandonar la comodidad de la sala del Vedado habanero para subir las lomas adonde no llegaba la luz eléctrica y en las que los árboles y las nubes formaban parte de la escenografía. Los nuevos públicos exigían nuevos lenguajes y esa fue la experiencia en obras como La vitrina, en la cual se discutían en el foro teatral los problemas que acuciaban a los habitantes de una zona donde se libraban fuertes enfrentamientos ideológicos, signados por el triunfo de la Revolución.

En La Yaya, también en el Escambray, Flora asumió los roles de dramaturga y directora y convirtió en actores a los campesinos de la comunidad. Luego se encontró con el maestro colombiano Santiago García y vino la experiencia en el montaje de Huelga, la obra de Albio Paz, con el grupo Cubana de Acero. Y entonces se sumó al claustro de la Facultad de Artes Escénicas del Instituto Superior de Arte. Su paso por Cubanacán fue como una sacudida cuyos efectos se sentirán por largo tiempo en el teatro cubano.

La entonces decana de la Facultad de Artes Escénicas, doctora Graziella Pogoloti, reivindicaba la tradición teatral cubana, corta aún, pero nuestra. La salida de “los rusos”, como se les conocía a los profesores soviéticos de Actuación, marcó la entrada de los maestros cubanos. Flora llegó al ISA porque una escuela de arte es “un espacio donde los estudiantes pueden encontrarse a sí mismos y precisar su camino” [1].



 

Montado con estudiantes, El pequeño príncipe se inspiró en la novela de Antoine de Saint Exupéry, para indagar en la experiencia de los niños sacados de Cuba por sus padres para enviarlos a los Estados Unidos y evitar que se enrolaran en las transformaciones sociales emprendidas por la Revolución. Roxana Pineda, por aquel entonces estudiante de Teatrología, testigo del nacimiento de Teatro Buendía, valoraba el hecho:

“Traspasar las tablas con el espíritu de la creación. Intentar romper la convencionalidad del juego escénico. Vibrar con el sentimiento y distanciar con él. Hurgar en el ser humano y elevar de lo particular una consigna que desborde cualquier frontera. Enfrentarse al público para hacerlo suyo y depender de él para decir. Imaginar creando” [2].

Raquel Carrió siguió atenta los trabajos iniciales de Flora con sus estudiantes: “Cuando en junio de 1981 asistí al estreno de La emboscada, de Roberto Orihuela, en versión libre y dirección de Flora Lauten, asistí a una revelación. Un grupo de jóvenes ofrecía como ejercicio de graduación un espectáculo no solo fresco, dinámico o divertido; ofrecía, además, un nuevo camino, una experiencia que lograba sintetizar, con un nuevo lenguaje, las búsquedas y empeños más fértiles de la escena nacional durante dos décadas de teatro revolucionario”. Y continuaba, refiriéndose al montaje de Electra Garrigó, de Virgilio Piñera: “La versión que nos entregan Flora Lauten y los graduados del ISA cumple, además, un viejo sueño de Virgilio Piñera: un teatro cubano que asimilara y expresara las formas culturales nacionales con un lenguaje moderno y una proyección universal, esto es, legibles y disfrutables por cualquier público y en cualquier lugar” [3].

Aún estudiante de Teatrología, Eberto García Abreu dejaba constancia de la trayectoria de Flora y sus estudiantes, y se refería a uno de los montajes más polémicos, el de Lila la mariposa, una versión del texto de Rolando Ferrer, que marcó el nacimiento de Teatro Buendía y la aparición de la nueva generación teatral, nacida con la Revolución y formada en las aulas del ISA:

“… un intento de apresar la realidad y desentrañarla desde una perspectiva crítica que sobrepasando lo fenoménico e incidental, se dirige a la esencia de nuestro contexto y, por supuesto, al individuo que en él se mueve” [4].



 

Desde su aparición en el panorama cultural de Cuba, los montajes de Teatro Buendía convocan la atención de los espectadores. Fruto de las inquietudes humanistas de Flora, de su capacidad para dialogar con los jóvenes, de sus preocupaciones por el destino de su país, de sus secretos de la artesanía teatral; del trabajo con actores, músicos, artistas plásticos, investigadores, han creado puestas en escena como Las perlas de tu boca, Otra Tempestad o Charenton.

Sobre Las perlas de tu boca dijo Norge Espinosa: “… alteraba las nociones de reaprendizaje con la cual un joven espectador podía reconocer sus propios patrimonios. Volver a la leer la familia proponía esa puesta en escena…” [5].

Omar Valiño asistió a las funciones de Otra tempestad: “Dueño de su tierra, escoltado por los actores que han representado (…) su macrohistoria y su propia aventura de conocimiento en el teatro, Calibán se ofrece, su rostro sin máscara, florecido de corales, flores, árboles, bajo un cono de luz. Ha conquistado una identidad amalgamada con todas las sustancias” [6].

Abel González Melo registraba Charenton: “Teatro Buendía ha convocado una vez más a un acto de heroísmo: la defensa de la palabra sobre la palabra implica un traslado del canon histórico, establecido y perpetuado, a una dinámica peculiar que imbrica tradición y contemporaneidad” [7].

Distinguida como Maestra de Juventudes por la Asociación Hermanos Saíz,  Doctora Honoris Causa del Instituto Superior de Arte de La Habana, Premio Nacional de Teatro, Flora Lauten ha dado a luz una inmensa familia teatral que ha seguido sus mayores lecciones. Léase la capacidad para no asentarse sobre lo aprendido, su afán para la investigación de los lenguajes teatrales, la manera de arriesgarse para comunicarse con el público, su lucidez para adentrarse en los asuntos humanos y sociales. La claque de amor que la acompaña desde los 80 del pasado siglo festeja hoy sus 75 años y le agradece tanta belleza que ha creado desde los escenarios.

 

Notas:
1. Pogolotti, Graziella: Una academia sin academicismo, en Tablas 3-4, 2007.
2. Pineda, Roxana: El pequeño príncipe, en Tablas 2, 1984.
3. Carrió, Raquel: De La emboscada a Electra, una clave metafórica, en Tablas 1, 2002.
4. García Abreu, Eberto: Lila, los jóvenes no están solos.
5. Espinosa, Norge: Hijos del Buendía, en Tablas 1, 2006.
6. Valiño, Omar: Desde La tempestad: el fin del siglo XX visto por Buendía.
7. González Melo, Abel: Festín de los patíbulos, en Tablas 1, 2006.