De cómo no rasurarse las barbas y todavía parecer caimán lozano a los 50 años
Fotos: Cortesía de El Caimán Barbudo
 

La cuestión no puede lucir más peliaguda. Y no porque andar hirsuto ha sido mal visto en los albores del nuevo siglo; pues tal cosa ya se resolvió, apenas con uno de esos inevitables bandazos del gusto, y llevar barbas hoy vuelve a tener su atractivo. Pero sí el tiempo y su transcurrir despiadado, la ineluctable edad con sus achaques, el tránsito hacia un más allá de la inclemente “media rueda”. Por supuesto, también el peso de esa historia, con su carrera de relevos entre leyendas negras y rosas, de estaciones grises y doradas.

Es complicado sostener el busto a la altura de un mito llamado El Caimán Barbudo. Una revista fundada en 1966 bajo el grito de “Nos pronunciamos” por quienes serían reconocidos a la postre como “Primera Generación de Escritores de la Revolución”, envolviendo a Jesús Díaz, Wichy Nogueras, Guillermo Rodríguez Rivera, Víctor Casaus, Fernando Martínez Heredia, los Félix (Contreras y Guerra)... La publicación cuyo estandarte sostendrían, en etapas ulteriores, gente como Lina de Feria, Eliseo Alberto, Ángel Tomás, Leonardo Padura, Jorge Oliver, Paquita Armas, Guille Vilar, Víctor Rodríguez Núñez, Bladimir Zamora, Joaquín Borges Triana…

Es complicado sostener el busto a la altura de un mito llamado El Caimán Barbudo.Aquella que acogiera la clarinada literaria de los 80 y el despertar de los Novísimos, la que diera albergue a padres de la Nueva Trova e hijos de las camadas siguientes, al Gallego Posada, el ilustrador que estampó el entrañable caimancito, y la autóctona vertiente pop de los 60 junto a las sucesivas proles de la plástica cubana, a los fundadores del ICAIC y toda la descendencia posterior… La que en una época llegó a ser considerada la revista cultural autóctona por antonomasia, y donde por primera vez enseñaron sus garras de intelectuales, de artistas y escritores, la gran mayoría de los que más tarde se harían figuras de panteón.

Más la Historia, es historia también… Y no caerse de los circuitos de esa mayúscula, de la supervivencia ante las sobredeterminaciones para correr con los pies hacia delante, es un asunto complejo. Justo es ahí donde encaja mi breve historia, monpétithistoire, dentro de El Caimán Barbudo.

Y no caerse de los circuitos de esa mayúscula, de la supervivencia ante las sobredeterminaciones para correr con los pies hacia delante, es un asunto complejo. Justo es ahí donde encaja mi breve historia, monpétithistoire, dentro de El Caimán Barbudo.Muchas veces lo he dicho y no exagero: le debo lo que soy a esta revista. Y se lo debo de antaño, como muchos tal vez de mi generación, cada uno a su manera. En mi caso, le debo mi persistencia en el afán de volverme escritor y periodista. Me reconocí entre los rockeros melenudos, los de mis bandas favoritas aludidas por la sección Entre Cuerdas. Descubrí toda la gran literatura que ignoraba leyendo a Los Raros. Hablo de allá por los 80, y si un periodismo así era posible, escribir como ellos, tocar esos temas, el cielo de mi sueño sería pertenecer a las huestes caimaneras.

Pasó el tiempo, y pasó que el sueño de mi razón no engendró monstruos. Cual puro cuento de hadas… Hacia 2003 me haría colaborador habitual de la revista firmando esforzados artículos sobre ética y “posthumanismo” o ligeros reportajes al pie de las filmaciones del momento. Medio año después apareció una vacante para hacerme cargo de la edición de la página web. Poco más tarde El Fide, o Fidelito (epítetos cariñosos que identifican a Fidel Díaz Castro, el director) valoró premiar el entusiasmo a chorros y la energía disipada en tantas páginas entintadas por mí y me catapultó al frente de la edición.

Ocasión privilegiada… pero menudo rollo. Pronto sabría que al jefe de redacción de una revista le cae encima la suerte del mariscal de campo en batalla. Debe ser el estratega y el organizador, manejar a la vez microscopio y catalejo, luz corta para decidir sobre cualquier texto y acción o escudriñar párrafo a párrafo, y larga para planificar el compendio de cada edición y el tejido de las que vendrán.

Pero, sobre todo, ¿qué hacer para mostrar la trama de una realidad cambiante, Cuba y su población en tiempos de definiciones, un contexto periodístico desafiado por internet y las nuevas tecnologías? ¿Y cómo hacer para lucir fresco y renovarse, sin caer en el ridículo de cubrirse con tinte las canas de la experiencia?

Si hubo un primer Caimán y el de la Segunda Época, uno típico de los 80 y el característico de los 90; si tantas Tesis y Antítesis, se me ocurrió inventarme un Caimán de la Síntesis.La clave, voy a hacer una revelación, la busqué… en el filósofo Hegel. Y en el bendito Anti-Dühringde Engels. Aplicar la Dialéctica a pulso. Tercera Ley. La negación de la negación. Todo movimiento debe atravesar tres momentos (Tesis, Antítesis y Síntesis). Entonces, si hubo un primer Caimán y el de la Segunda Época, uno típico de los 80 y el característico de los 90; si tantas Tesis y Antítesis, se me ocurrió inventarme un Caimán de la Síntesis. Lo cual no significa solución salomónica, batido con ingredientes lo mismo de tirios que de troyanos o pasar juntos a Dios y Diablo por el mismo colador, sino, en apego a la teoría filosófica, “recoger lo positivo de todos los momentos anteriores”.

Como proyección, la idea se podría vender barata… Pero tras 12 años ya en los andares de este Caimán de mis amores, puedo afirmar lo difícil que resulta pretenderse al unísono irreverente y concienzudo, polemista y equilibrado, asequible y sesudo, adulto y juvenil, nacional y universal, de papel y en la nube digital. ¿Qué se ha conseguido en verdad? No me atrevo y paso el batón de la respuesta a aquello que le dicen “distancia histórica”. Que dentro de 20 años, o mejor 50, otros lo juzguen.