DDT o el Deber de Darlo Todo

¿Qué decir que no sea conocido ya? ¿Repetir que un grupo de originalísimos creadores se nucleó en la séptima década del siglo pasado con el propósito de satirizar con elegancia? ¿Que ese colectivo iluminado logró reflejar la sociedad con la exigencia que define el auténtico costumbrismo, de fundir al unísono disgusto y enamoramiento hacia el entorno? ¿Asegurar que fue así que surgió el mejor suplemento humorístico de todos los tiempos en Cuba? Cualquier consideración que se proponga resultará insuficiente. No obstante, sería imperdonable no reverenciar la resonancia de la obra a la cual se rinde tributo, heredera de las publicaciones El Sable y La chicharra.

Exactamente 30 años después de que el investigador suizo Paul Muller diera a conocer la eficacia del insecticida Dicloro Difenil Tricloroetano gracias al cual obtuvo un Premio Nobel, y justo en el momento en que dicho producto era prohibido a nivel internacional, nació nuestro DDT, que llegó a convertirse no solo en un referente del humorismo gráfico cubano sino también literario y social. Como resultado de la magia que no podía intuirse en aquel distante 1969, esta publicación alcanzó el inusual título de Mejor Publicación de Humor Político a nivel mundial en 1984, y cinco de sus artistas plásticos han sido nominados a la categoría de mejor dibujante del siglo.

DDT llegó a convertirse no solo en un referente del humorismo gráfico cubano sino también literario y social.

Pocas veces se produce el milagro de aglutinar en un mismo proyecto a artistas del vuelo, la originalidad, la valentía y el talento de quienes fundaron el DDT. Algunos permanecen entre nosotros, unos cuantos ya no nos acompañan en vida, se han incorporado nuevos rostros, y varios decidieron radicarse en otras latitudes. Nada de esto reviste ninguna importancia. Los casi 50 años de existencia de esta publicación superan lejanías y discrepancias, y matizan las incomprensiones que en algún momento soportaron sus colaboradores. A la luz de casi medio siglo todo parece divertido, aunque el recuento incluya, como le sucede a toda creación genuinamente renovadora, ciertos esquematismos que hoy nos parecen disparatados e inverosímiles.

El resultado habla por sí solo: el trabajo de cada uno de los integrantes del DDT, y el de todos en conjunto, nos lega el humor más elaborado, más fiel y mejor admitido por críticos, dibujantes, caricaturistas, escritores, y público en general. La trascendencia de esta publicación, mantenida a lo largo de varias décadas, es el homenaje más rotundo al que una obra de arte puede aspirar. Reconocernos, reírnos de nosotros, encontrarnos en dibujos, en viñetas, en estampas literarias, y a la vez ser conminados a reflexionar sobre qué fuimos, cómo somos, adónde iremos, solo es posible gracias al talento y la versatilidad de aquellos que se atreven a intentar la precisión de dicho reflejo. He aquí un ejemplo de humor de vanguardia que ha alcanzado en vida la condición de ser un mito. Celebremos, pues, y sobre todo, rindamos honores a los padres de esta criatura excepcional con nombre de veneno que, para suerte de todos, nos sigue acompañando.