Danza y literatura: un binomio inseparable

La danza es una de las artes con mayor relación con otros géneros como la música, las artes plásticas y la literatura.

Tanto el ballet como otras expresiones danzarias más contemporáneas han acudido a las obras de conocidos autores desde el siglo XIX para influir a bailarines y coreógrafos en lo que a guiones, estilos y períodos literarios se refiere.

Compañías como el Ballet Nacional de Cuba bajo la dirección de la prima ballerina assoluta Alicia Alonso tienen en su repertorio piezas basadas en cuentos infantiles como La Bella Durmiente, Cascanueces o Coppelia.


Ballet Nacional de Cuba en Coppelia. Foto: Internet


También han recurrido a grandes clásicos como El Quijote o Shakespeare y a obras de la literatura cubana como Cecilia Valdés pasando por poemas de autores como Lezama Lima o Fina García Marruz.

Lo mismo sucede con otras compañías, de manera que el Conjunto Folclórico Nacional acude a los patakines de origen africano o Danza Combinatoria se regodea en traducciones del ya mencionado Lezama o Virgilio Piñera.

Por su parte la literatura cubana está llena de referencias danzarias. Desde los bailes de cuna de Cirilo Villaverde hasta La Consagración de la Primavera de Alejo Carpentier, cuya protagonista es una bailarina rusa, podemos ver la suma importancia que tiene esta manifestación en un país donde el baile resulta un elemento de identidad tan importante como la música.

En el capítulo X de la novela Paradiso, José Lezama Lima desarrolla un importante pasaje que se relaciona con el ballet y con el nombre de Diáguilev, una de las más prestigiosas figuras del arte danzario en el siglo pasado.

Experimentos como los de Martha Graham con su apelación a los mitos literarios griegos o Pina Baush, la gran coreógrafa alemana que realizó un importante trabajo con el cuento Barbazul, nos demuestran la importancia que ha tenido y sigue teniendo en la actualidad la literatura como punto de partida de la danza.

Esta imbricación o interrelación influye desde todo punto de vista tanto en el movimiento como en la interpretación de los bailarines que deben reflejar el espíritu de cada obra, así como su trama y argumento en el resultado final.

La danza en la literatura, por su parte, integra el arsenal de la cultura de los autores como Carpentier y Lezama nunca ajenos al resto de las manifestaciones culturales de su tiempo y de épocas pasadas.

La hibridación de las diferentes artes en cualquiera de sus manifestaciones es un fenómeno de la postmodernidad, pero data de épocas muy antiguas empezando por los referentes tribales donde la oralidad se integra al movimiento de manera natural.

Grandes obras como El Lago de los cisnes parten de un referente literario y grandes novelas como la ya citada Consagración de la Primavera, recurren a los elementos de la danza para conformar una trama en la que el escritor debe ser un conocedor de las intríngulis del mundo escénico.

En fin: danza y literatura constituyen un binomio que no es siempre suficientemente remarcado por los especialistas, quienes tienden a ver las manifestaciones artísticas en compartimentos estancos.

En Cuba esta relación se mantiene perennemente viva y no son pocos los bailarines y coreógrafos que ven en la literatura una fuente inagotable de argumentos y precisiones en las obras creadas y en las que están por crearse.