Cura clásica del hipo

Nosotros, de muchachos, nos entreteníamos pegando gritos grimosos en las ventanas de las casas. Lo hacíamos por amor al arte, por asustar a la gente sin más ni más. La tropa la formábamos Lulo, El Pata y yo, que tendríamos unos diez u 11 años y por las noches nos mataba el aburrimiento. Los gritos grimosos no son gritos corrientes: tienen componentes de terror-pánico, como cuando un muerto se le aparece a alguien; también de miedo-sorpresa, muy frecuentes cuando una mujer presencia una puñalada; y se le suman los de vértigo, que son los alaridos que pega una persona cuando se cae por un precipicio. Nosotros teníamos aquellas funciones muy bien repartidas: Lulo (su grito era ¡Aaaaarrrrrgggg!) transmitía el terror-pánico, El Pata (soltando el clásico ¡Aaaaaayyyyyyy!) comunicaba miedo-sorpresa, y yo agregaba el vértigo (¡Aaaaaahhhhhh!), los tres gritando a la cuenta de tres. Predominaban los agudos y la voz rajada, con algún que otro chillido, pues colábamos “íes” en medio de los sonidos en “aes”. La gente se daba tremendos sustos y cuando salían a ver qué había pasado, ya nosotros estábamos a cuadra y media de distancia.


Ilustración utilizada en la segunda edición de El ungüento de La Magdalena. Foto: Cortesía de Ricardo Riverón

Una de esas noches, por casualidad —debido a que daba su paseo nocturno— nos vio Emeterio González Jiménez, conocido por Merito, quien fuera alcalde de este pueblo hasta el triunfo de la Revolución. Él nos localizó al día siguiente, sin decirles nada a nuestros padres, y nos pidió que fuéramos esa noche a su casa y pegáramos aquellos gritos grimosos en la ventana de su sala para ver si así le curábamos un hipo muy rebelde que, desde hacía tres días, tenía su mamá. Nosotros llegamos, muy sutilitos, y estudiamos el terreno: el ventanal era grande y con rejas (daba buena acústica); en la sala la ancianita, sentada en un mimbre, tejía con agujetas; a cada rato hipaba, pegando el brinquito característico de ese trastorno. Nos pusimos de acuerdo y decidimos alargar un poco más el grito, que como promedio duraba cuatro segundos. El que dimos aquella noche duró más o menos seis. Cuando pegamos el grito aquel, a la vieja parecía que le habían puesto un cohete en el culo, porque se levantó de un salto, salió corriendo, llegó hasta el patio, regresó a la sala, todavía corriendo, y se dejó caer, medio muerta en el mismo mimbre. Ya venía sin hipo, y nosotros aquella vez no salimos huyendo, porque teníamos cobertura oficial. Después de aquello, la voz se corrió y alguna gente más contrató nuestros gritos grimosos para curar el hipo. Al segundo cliente ya empezamos a cobrarle: un real por consulta, que trabajo es trabajo y diversión es diversión.