Cultura digital y literatura: informe de un sueƱo y proyecto

A finales del pasado mes de abril, como parte del programa de trabajo habitual en la Asociación de Escritores de la UNEAC, tuvo lugar una reunión con los presidentes provinciales de dicha Asociación; en esta oportunidad, además de intercambiar a propósito de problemas organizativos y de funcionamiento interno, el asunto que los convocó fue la intersección entre la literatura y la cultura digital. A lo largo del encuentro, que tuvo lugar en la sede de la UNEAC, fueron abordados temas como la promoción de literatura en la red, las características de una biblioteca digital, la edición electrónica y las humanidades digitales, entre otros. La reunión concluyó con un homenaje al ensayista, traductor y promotor cultural Desiderio Navarro; no solo por los 45 años del proyecto “Criterios”, que dirige desde su creación, sino por su liderazgo en el uso de las nuevas tecnologías para crear espacios de debate y socializar conocimiento.

Entre nosotros, exponer y dialogar acerca de los impactos y posibilidades que, para el escritor, derivan del acelerado desarrollo de las “nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones” es —ya desde la misma situación ambiental en la que se produce la invitación o pregunta implícita— una suerte de enigma multiplicado. ¿Cómo hablar de eso, mucho, enorme, que sabemos que existe, leemos en revistas, vemos en películas, escuchamos hablar, pero que no poseemos y que —si miramos lo que nos rodea con el tipo de calma que impone el realismo— aún demorará en ser parte “normal” de nuestras vidas: equipamiento, conectividad, procesos, etc.?


Foto: Internet


A propósito de esto, y durante la reunión, partimos de la voluntad de no quedar empantanados en las carencias del presente, sino —por el contrario— transformar la limitación en punto de partida para revisar cuanto se deja de hacer o alcanzar con nuestro actual nivel tecnológico, al mismo tiempo que para intentar proyectos que posibiliten superar metas nuevas. Ello significa tener presente que, pese a las más diversas insatisfacciones, en el país de hoy existen casi cuatro millones de líneas de teléfono móvil y más de un millón y medio de computadoras; junto a ello, significa también que ha sido instalada una planta para ensamblar laptops y tablets con capacidad anual para ciento cincuenta mil de estos equipos. Si a ello sumamos las cantidades que puedan provenir de otras vías, no hay duda alguna de que están siendo sentadas las bases de una transformación que —a un plazo relativamente corto y por simple acumulación— va a estremecer la totalidad de la vida en el país.

¿Cómo entender esa “totalidad”? ¿Cómo hacer que “descienda” y sea parte “normal” en el trabajo cotidiano de una organización de escritores y artistas en un país? ¿De qué forma vamos a ser afectados? ¿Cuáles nuevas oportunidades serán abiertas y con cuáles consecuencias? ¿Qué hacer para extraer de la nueva situación el mayor beneficio o rendimiento posible?

Se hace necesario interpretar el presente y, a la misma vez, trascenderlo; padecer las manquedades y angustias de este momento actual del devenir, pero sin perder la idea (o visión) del flujo, de lo que se transforma. Ello permite suponer, o calcular, que cualquier incremento importante dentro de la cantidad de tablets, laptops, móviles dentro del país no puede sino conducir, de modo directo, a una mayor presión sobre las débiles redes nacionales en lo que toca a demandar mayor cantidad y facilidad de acceso; mejorar los diseños y estructuras de los sitios; incrementar y mejorar la integración entre ellos; ampliar, diversificar y profundizar la información disponible, así como los servicios que sean ofertados; estimular la colaboración entre los diversos usuarios de modo que se produzca el salto hacia un nuevo nivel de procesamiento, accionar y soñar en la realidad. A este escalón diferente le llamamos pensar en red.

Para nosotros, escritores, la progresión del encuentro entre cultura digital y literatura equivale a un mundo en el cual cambian la forma de escribir, la lectura, el libro, la comunicación, la socialización de los textos y su consumo, la enseñanza, la librería, la biblioteca y, finalmente, la conservación de lo escrito.

La cantidad de fascinantes problemas y desafíos que se abren ante nuestros ojos es descomunal; desde los cambios en el lenguaje (típicos del twitter o del móvil) hasta los debates acerca del libro electrónico y la supervivencia o eternidad del libro papel; desde el cambio en las estrategias de promoción cultural y difusión de información hasta el desarrollo de las bibliotecas digitales; desde la transformación en los modos de producir conocimiento (por ejemplo, el modelo de trabajo colaborativo al estilo wiki) hasta la llamada “impresión-por-demanda”; desde las literaturas hechas para el espacio digital (blogs, sitios web, revistas electrónicas, etc.) hasta la crisis de la enseñanza tradicional y su desplazamiento hacia el llamado e-learning (aprendizaje en la red).


Encuentro entre cultura digital y literatura. Foto: Internet


Mucho de esto que hoy leemos con asombro en revistas especializadas o simples noticiarios, aumentará su presencia e impacto en nuestro país y hará que vayamos penetrando, cada vez más, en las paradojas y tensiones propias de la cultura digital. ¿Cómo entender esa “totalidad” y qué hacer para extraer de la nueva situación el mayor beneficio o rendimiento?

Por cierto que, cuando mismo nos reuníamos en ese pequeño encuentro de la Asociación de Escritores, en la ciudad de Camagüey (y como parte de ese hermoso proyecto llamado “la calle de los cines”) tenía lugar el “Segundo Encuentro sobre Cultura Audiovisual y Tecnologías Digitales” del que García Borrero es animador principal. Durante el evento, auspiciado por la Asociación Hermanos Saíz, la Dirección Provincial de Cultura, el Centro Provincial del Cine, y la Unión de Informáticos de Cuba, con el apoyo del Gobierno y el Partido del territorio, se reunieron informáticos, diseñadores y artistas para presentar y discutir acciones de reanimación cultural que allí son realizadas mediante el uso de las nuevas tecnologías. Un fragmento del artículo titulado “Cultura y tecnología se abrazaron en evento tecnológico”, aparecido el 28 de abril, bajo la firma de Zoila Pérez Navarro, en el periódico provincial Adelante nos cuenta que:

“Alianzas entre el Proyecto de Fomento de la Cultura Audiovisual El Callejón de los Milagros y organismos como Desoft, ya permitieron el nacimiento del portal web Callejón de los Milagros, al que cualquier persona que esté en el Paseo de los Cines con un móvil, tablet o laptop puede conectarse gratuitamente a través de una red WiFi local. Desde ahí se acceden a imágenes, carteleras, juegos y bandas sonoras de reconocidos filmes nacionales o extranjeros, que también pueden llevarse a casa”.

En palabras de García Borrero: “… no se trata de organizar foros o cursos”, sino de integrarnos “a lo que ya está sucediendo de modo informal y allí crear las situaciones, como pedían los situacionistas, que puedan favorecer nuestra gestión cultural.” A esta velocidad de reacción la denomina él “hacerlo en caliente”, sobre la base de lo que ya existe, de los caminos de creatividad que han sido descubiertos y adelantados en los procesos de producción y consumo informal. En sus palabras: “Mientras más cosas ‘hagamos’ más cerca estaremos de que nuestras teorías alcancen validez”.

En términos de una teoría de sistemas, lo anterior se traduce en la obligación de atender a lo que sucede en los puntos más aislados, independientes o de posición jerárquica inferior dado que allí son posibles velocidades de desarrollo mayores que las del sistema global. Aquí vale la pena recordar que, por simple cuestión de edad, no pocas veces estas velocidades mayores son conseguidas por aquellos a quienes menos trabajo cuesta manejarse en el mundo de las nuevas tecnologías: los jóvenes.


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Es más que evidente que cualquier dialéctica de prueba y error funciona más rápido, con menor gasto de energía y menores riesgos en una de estas unidades antes que en la totalidad del sistema a cuyos planificadores y directivos toca entonces “vigilar” esos puntos de desarrollo acelerado, comprender las características de su funcionamiento, entender sus logros y “alimentarse” de ellos en función de introducir mejoras en los escalones superiores. Dicho de otra forma, las condiciones de velocidad, ubicuidad, cooperación, crecimiento exponencial de la información, almacenamiento y acceso, reutilización, apertura de la red, etc., obligan a planificar y controlar los procesos de otro modo. O sea, a transformar incluso la manera de dirigir. 

Quizás necesitemos una segunda Campaña de Alfabetización, pero enfocada esta vez en los temas del universo digital. Un esfuerzo que vaya más lejos que el encomiable trabajo de los Joven Club y de los numerosos cursos sobre informática que centenares de miles de personas han pasado a lo largo del país; más allá de lo que han aprendido en sus escuelas, a pesar de la mínima tecnología con que cuentan, centenares de miles de estudiantes de la Enseñanza Media. Me refiero a diversos proyectos que, con alcance masivo, estimulen “el uso creativo de las nuevas tecnologías”, frase que tomo del intelectual camagüeyano García Borrero; o sea, no quedar detenidos en el conocimiento o manejo de uno o un grupo de programas informáticos, sino propiciar un modo de pensamiento que tenga en su base las ideas de conectividad, velocidad, acceso a fuentes diversas, organización y catalogación del conocimiento, así como su jerarquización, compartir, reutilizar, colaboración permanente, etc.

Quizás, como escritores y artistas, necesitemos —a todo lo largo del país y no de modo azaroso y puntual— inventar lugares y ocasiones en los cuales encontrarnos para intercambiar, debatir y soñar el futuro de la creación artístico-cultural: productos hipermediales, realidad aumentada, obras colaborativas en la red, espacios inmersivos, pantallas electrónicas que —en el espacio público— enlacen arte y literatura, libros que contengan literatura hipertextual, nuevas modalidades de investigación y mucho más.

Quizás necesitemos colecciones de libros especializadas en el enorme universo de la cultura digital, programas televisivos (¿por qué no una “Universidad para todos”?), cursos y entrenamientos, debates públicos, etc. O incorporar a la red, como una decisión de política pública, una mayor cantidad de servicios para el usuario común de modo que podamos saber, al menos, adónde ir en caso de urgencia hospitalaria, cómo llegar a cualquier punto de la ciudad haciendo combinaciones en el transporte público o cuáles monumentos hay en el municipio donde vivo y por qué.   

Se trata de un cambio tal, que abarca tanto y con tanta profundidad, que quizás necesitemos, simplemente, reinventarnos.