Cuestión de monedas

I
Cierto joven, inexperto sí, pero no pobre, porque llevaba consigo considerable suma de dinero, salió a correr. el mundo y fue a pasar la noche de aquel día a una ciudad populosa en donde quiso proveerse de lo necesario; y era esto algo de comer porque se sentía con buen apetito, y una cama donde reposar porque estaba por demás fatigado del viaje, que fue largo y penoso. Pidió, pues, con qué pagar el hambre, en el primer restaurant que topó, y puso en la mesa un reluciente doblón diciendo:

―¡Ea, ahí va el dinero!

Miráronle sorprendidos y con ademán de gente incómoda los del restaurant, y le increparon que si era esa la moneda que él usaba.

―¿Cómo que no? ―dijo el novel viajero―, y que es de oro y de buena ley.

―Váyase noramala el estafador ―le rugieron en los oídos, y le pusieron en la puerta de la calle.

Desde allí oyó que se reían de él a carcajadas otros que le tomaban por loco y que daban a entender esto a los mozos del mesón. Perplejo se estuvo nuestro viajero algunos instantes, mirando alternativamente las estrellas y los adoquines, porque aquella ciudad estaba adoquinada, y era de noche, aunque no llovía; pero al fin, echó a andar y fue a parar a una casa de huéspedes que de allí no lejos alumbraba con una gran farola su tentadora muestra.

Aquí, como pidiera cama y quisiera hacer la prueba de su dinero, acontecióle lo mismo que en la fonda.

―¡Si me habrán engañado los que me enseñaron allá en mi casa que el oro era metal de gran precio, y me dieron ésta por buena moneda ―dijo, como si desconfiase de la calidad de la que llevaba.

Y esta vez su perplejidad fue mayor y también mayor el número de adoquines y estrellas que pudo contar antes de resolverse a seguir adelante y a probar en otra parte la fortuna que en el restaurant y la hospedería le había faltado.

Caminando caminando se encontró en medio de una gran plaza en donde se vendía de todo; comestibles y ropa, virtud y fama; que es decir que había de qué contentar las necesidades del cuerpo y las del alma. ¡Ah!, se me olvidaba decir que el amor estaba asomado al postigo de su tienda, que tenía en medio de la plaza, y que pregonaba con voz enfática su mercancía.

―Aquí seré sin duda más afortunado ―se dijo, y parándose delante del primer escaparate pidió de lo primero que vio; y en llegando el momento de pagarlo le tiraron a la cara el dinero que ofrecía.

Pidió explicaciones, y no se la dieron, y allí mismo se agruparon los de las tiendas convecinas que acudían como a defenderse de común peligro.

Huyó, esta vez huyó nuestro viajero, sintiéndose reo de un crimen que más podía sospechar por la opinión general que conocer por la revelación de su conciencia, y anduvo así vagando entre el lodo y la sombra de que estaba llena la ciudad hasta que apuntó el alba. No tenía hambre ni sed; que con el susto, junto con el cansancio, se le habían ido del cuerpo; pero le acosaba otra necesidad que le aguijoneaba el alma con la tiranía de un verdadero apetito.

He dicho que era nuestro viajero joven e inexperto, y no es extraño que sintiese necesidad de amar. Se le ocurrió una idea luminosa:

―Si será el amor ―dijo― lo único que se pueda comprar con este dinero mío, porque sea lo único que valga; pues que, a la verdad, y a pesar de todo cuanto me ha sucedido, tengo todavía por bueno mi dinero. Es, además de esto, tan sincero, leal, y desinteresado el vendedor de este sentimiento, que no pretenderá engañarme como esos otros comerciantes de víveres, de honor y de buena fama.

Y con el corazón más que con los ojos, vio la tienda que buscaba y en la cual había toda la noche encendido un candil que daba más humo que claridad. ¡Cómo le palpitaba el corazón a nuestro joven! (Pero advierto que no lo hemos bautizado todavía; llamémosle Apofemo, nombre aunque bárbaro, sonoro y que le cuadra bien, por otra parte.) ¡Cómo le palpitaba el corazón a Apofemo cuando llegó a la puerta de la tienda!

Ya allí, escogió entre sus monedas la mayor, de más precio y más luciente, y la arrojó con cierto atrevimiento sobre el mostrador.

―¡Que se me dé en cambio lo que esto valga! ―dijo.

Y vino el dependiente, que era una muchacha, cogió la moneda, miró de frente al advenedizo, y rompió a reír en son de burla; a esto salieron otras que estaban en el interior de la tienda y le hicieron coro; tiraron por el suelo la moneda, pisoteándola y la echaron luego a la calle, deslustrada y sucia. Estaba Apofemo lívido como ladrón cogido in fraganti, y acercándose a la que parecía directora del establecimiento, en voz baja y balbuciente se excusó como supo de su falta, y le dijo por fin:

―Decidme, señorita, cuál es la materia de que está hecha la moneda que circula en este país; y dejadme, por Dios, que vea vuestro dinero.

Metieron las muchachas las manos en los bolsillos y sacaron de ellas unos pedazos informes de una cosa negra.

―¡Mirad! ―le dijeron con voz y ademán satisfechos.

Tomó Apofemo uno de aquellos cuerpos y vio que eran hechos de lodo muy hediondo.

―¿Conque es esta vuestra moneda? ―prorrumpió, entre asombrado y afligido―; ¿con que es esto lo que preferís al oro? Ah, vosotras no conocéis su precio, no: desgraciadas, yo os diré...

Las muchachas le cerraron el postigo en las narices y quedó Apofemo solo en la plaza con sus pensamientos que ya se iban oscureciendo con tantos disgustos, y con el día que aclaraba con el sol.

II
Al que me diga que la situación de Apofemo no era difícil y dolorosa, le diré yo que lo era, y mucho. Considérese si no la naturaleza de los contrapuestos afectos que en aquel trance se disputaban la atención de su juicio, mortificándole con dolorosísima obsesión.

De una parte los aguijones de la necesidad, y de otra un sentimiento como de indignación y de temor, que se hacía lugar en su alma ante aquel desprecio que de todos había sufrido: el cuerpo que pedía pan y el espíritu que demandaba con no menor premura la reparación de una ofensa tan injustamente inferida a sus mejores y más sólidas creencias: dolor y disgusto, hambre y cólera, sobresalto y miedo, y todo esto con no sé qué vaguedad de pensamiento que abultaba los males de que se sentía aquejado.

―¿Será posible ―decía para sus adentros― que toda esta gente de esta ciudad se engañe o pretendan engañarme cuando desprecian mi oro, o será, por el contrario, que mis buenos padres y todos aquellos que me enseñaron a usar de esta moneda y me proveyeron de ella en abundancia, se equivocaron, y me dieron con una mala doctrina, tan despreciable materia como parece serlo aquí el oro? Y que no hay por donde pasar; que esto es lo que tengo, y no otra cosa para proveerme de lo necesario, y en esta ciudad no está en uso, y yo no puedo prolongar mi ayuno ni vivir así al raso como vivo. Buenos ojos tenía también la muchacha aquella de la tienda del amor.

―Pero, ¿qué vamos a hacer? ¿Será así todo el mundo? ―se dijo.

Y con esto le vino al pensamiento la idea de salirse de la ciudad, y así pensando tiró por una calle y luego por otra y anduvo todo el día vagando sin encontrar salida; que estaba encerrado como en un laberinto, y se le oscurecía, de la mucha hambre, la vista, y nadie quiso decirle por dónde se salía de aquella Creta.

―¡Conque estoy prisionero en este maldito lugar! ―exclamó el desgraciado Apofemo, dejándose caer sobre una piedra, y rompiendo a sollozar-; conque no tendré más remedio que morirme de hambre; aquí en medio de la abundancia, de pobreza, viéndome rico, aislado como un leproso entre tanta gente que hace asco de mí y que me insulta con insolente satisfacción.

Un recurso le quedaba y era robar algo que comer; pero ni se le ocurrió, ni sabía qué cosa fuera a robar, ni lo hubiera hecho sabiéndolo. En medio de aquella tribulación desconfió por completo de sí mismo y procuró, escudriñando su conciencia, ver en ella su crimen; que tanta es la fuerza abrumadora del juicio del mayor número, cuando se ejerce sobre un espíritu débil o inadecuado en las artes de la vida.

―Mi oro no es oro, o el oro no vale lo que me dijeron ―concluyó―; porque todos aquí no pueden engañarse.

Y estas reflexiones se las sugerían el aislamiento y el hambre que son poderosos a sugerirlas peores en todos casos. Estando en esto, acertó a pasar por allí un viejo de cara maliciosa y de cínico aspecto, y encarándose a Apofemo le dijo con burlona sonrisa:

―Sé lo que te pasa y eres un tonto si tanto te embaraza tu situación. Muchos otros como tú han llegado a esta ciudad y hoy se encuentran entre nosotros muy a su sabor y en vías de progreso. ¿Por qué en vez de estarte atormentando con inútiles preocupaciones, no tiras todo ese metal que llevas encima y que te embarga los movimientos? ¿Por qué no buscas aquí trabajo con que ganes la moneda que se usa en el país? ¿Por qué, en suma, no te acomodas a nuestros gustos y costumbres? Ya ves que aquí vivimos todos y que no eres mejor que nosotros.

Aquellas palabras cayeron como una descarga eléctrica sobre Apofemo; inquietóse más que estaba, y en punto sintió todas las turbaciones de la vacilación y las solicitaciones todas de sus no satisfechos apetitos con la fuerza de la gran tentación que se le ofrecía.

Cerró los ojos, se incorporó como pudo, y dio al viejo una mano fría y sudorosa.

―Guiadme ―le dijo.

III
Sin que supiera cómo, se encontró nuestro malaventurado viajero colocado en un establecimiento de los mejores de la ciudad, y vestido a la usanza y moda de aquel país.

Las gentes que le rodeaban mirábanle con cierta sospechosa reserva, y el viejo había desaparecido. Dijéronle lo que tenía que hacer, y él lo hizo bien; que era hombre capaz en aquellos momentos de dar vueltas a una noria. Llegada la hora de comer, comieron, y comió un manjar desabrido que era el plato que allí más gustaba.

Por la noche cayó rendido en su tarima, y el cansancio no le dio tiempo, ni la postración lucidez para reflexionar sobre su estado. Llamáronle al alba, y aquel día le hicieron trabajar tanto como el anterior, con lo cual se durmió también fatigadísimo aquella noche; y así fueron sucediéndose los días y las semanas y corriendo el tiempo, embotando su espíritu, por el dolor y la influencia insensible e incontrastable del hábito, todo sentimiento de disgusto y aun el de su propia existencia. Habla sido dominado por el cuerpo, tirano tan brutal como absoluto.

Así y todo, y con haberse acomodado a los usos y costumbres de los hombres con quienes vivía, era escaso el jornal que le daban, y se lo pagaban en el peor lodo del país.

No podían perdonarle que hubiera pretendido hacer valer en aquella plaza otra moneda, ni se avenían bien con cierto aire de candidez y de segura inocencia que Apofemo, a pesar de todo, conservaba.

Dábanle valla; burlábanle de todos modos; y lograron infundirle un sentimiento de penosísima desconfianza de sí mismo. Vedábanle los goces más necesarios, a tal punto, que encarecían a sus ojos las groseras satisfacciones que sólo a hurtadillas podía proporcionarse. No hay para qué decir que todos allí disfrutaban en toda la plenitud del goce de aquello mismo que a él le estaba vedado; y que, en ocasiones, cuando tímidamente se atrevía a probar de lo que todos se hartaban, echabánselo en cara con mal encubierto espíritu de acusación, y con tal cinismo, que para él se convertía en espíritu de justicia a fuerza de ser, como era, audaz, soez y descocada la gente aquella.

¡Ay! , lector de mi alma, por salvación de ella, te juro que le pusieron en los labios y en el corazón más hiel y más veneno que se pudiera encontrar en los hígados de todos los tigres de la Hircania y en las hadas famosas del Calabar.

Tornóse en asustadizo de su genio: desconfiaba de todo, atrevíase apenas a respirar, medíase la luz que le era dado tener, y aún su sueño, con estar en él adormecida sus potencias, era inquieto, breve y lleno de horrorosas pesadillas. Hambriento así de todo, acarició alguna vez entre las sombras de su enflaquecida mente la esperanza de amontonar mucho lodo con qué saciar sus hambres, y guardó como un tesoro esta punzante fruición que para consuelo de sus cuitas le elaboraba todavía su lastimado cerebro.

Iba entre tanto pasando el tiempo y saliendo insensiblemente nuestro amigo de la estupefacción dolorosa en que le habían sumido sus desgracias, y con esto, como recobrasen su imperio las embotadas actividades de su espíritu, tuvo algunas vislumbres de su verdadera situación y conciencia de lo que le pasaba. Vio y conoció en toda su horrible fealdad el vicio que a todos corría y la disolución a que habían llegado los elementos de aquel extraño pueblo; supo darse cuenta de su propio valor; comparó, y la comparación le fue favorable, y se encontró mejor de lo que le habían hecho creer que era, y muy superior a todos los que le rodeaban. Metió los ojos en la hediondez en que vivían sumidos, y de asombro en asombro, hizo la repugnante disección del cadáver putrefacto de aquella sociedad.

Nada sé decirte sino que al tener conocimiento de ello fue su indignación tan grande como había sido su sufrimiento, y tan profundo el desprecio que sintió por todos, como había sido terrible el miedo y el temeroso respeto que supieron inspirarle. Apoderóse de su espíritu un saludable horror que le dio fuerzas para romper los lazos que a aquella sociedad le ligaban, y una noche se salió despavorido por los tejados y se echó al campo y echó a correr como alma perseguida por el enemigo. Tropezó en el camino con un cuerpo duro, cayó, y reconoció al tocarlo que era el talego de oro que los de la ciudad habían tirado a un muladar: recuperaba intacto su tesoro.

Una cosa había perdido, que fue la inocencia y el vigor que le robaron en aquella vida; acompañábale un gran dolor, pero conservaba en el alma inexhausta las fuentes del consuelo: lloró, lloró mucho y se sintió fortalecido.

El recuerdo de su vida pasada ha ido desvaneciéndose en su memoria como el de un sueño penoso; y aunque a veces y cuando se revuelve el tiempo le lastiman el alma las cicatrices y costurones de sus viejas heridas, cúrase de estos dolores con el bálsamo de la experiencia, única cosa buena que había en el pueblo donde sufrió tanto.

Hoy vive en su modesta ciudad natal en donde corre con general aceptación la buena moneda; y ha conseguido del ilustrado gobierno de su país la creación de un cuerpo de vigilancia que vela constantemente porque no se introduzca en el mercado el lodo que circula en aquel otro maldecido lugar.

 

FICHA
Esteban Borrero Echeverría: Médico, pedagogo, poeta, narrador y mambí. Camagüey, Cuba, 26 de junio de 1849 – Pinar del Río, Cuba, 29 de marzo de 1906. Importante figura de las letras en Cuba en el período de transición del siglo XIX al XX. Padre de las poetisas Juana, Dulce María y Ana María. Durante la Guerra del 68, llegó a ser jefe de servicio de avanzada, capitán y más tarde coronel. También fundó dos escuelas. Después de la guerra se ganó la vida como zapatero y panadero. Fue cofundador de la Sociedad de Estudios Clínicos y de la Sociedad Antropológica. Luego del estallido de la Guerra del 95, se vio obligado a emigrar a EE.UU., donde ejerció como farmacéutico, médico y maestro, y donde dirigió la Escuela del Club San Carlos, de los emigrados cubanos. En el exilio, fue nombrado delegado del Partido Revolucionario Cubano y ministro del gobierno de la República en Armas en Costa Rica y El Salvador. En el contexto de la República, Borrero se desempeñó como catedrático de Anatomía, de Psicología Pedagógica, Historia de la Pedagogía e Higiene Escolar en la Universidad de La Habana. Tuvo una función importante en la dirección de publicaciones científicas como Crónica Médico Quirúrgica de la Isla de CubaBoletín de la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba y la Revista de Ciencias Médicas de La Habana. Su autobiografía fue publicada, en 1906, en la Revista de la Facultad de Letras y Ciencias de la Universidad de La Habana, de cuyo consejo de redacción formó parte. Su narrativa se caracterizó por su carácter reflexivo, escéptico y pesimista, donde abundan las indagaciones psicológicas, las evocaciones y los enfrentamientos de ideas con la finalidad de entender las conductas del género humano. Este interés, a su vez, lo llevó a recurrir a la sátira, así como a los elementos simbólicos y alegóricos.