Cuentos a caballo

Un buen espectáculo para niños del Grupo de Teatro Escambray (GTE) nos ofrece de nuevo la pareja Maikel Valdés y Teresa Denisse: Cuentos a caballo. Con la dirección artística de Maikel evidencia ya una trayectoria cierta y un estilo propio. Estimulado por la antología homónima de Enrique Pérez Díaz, Maikel selecciona para su adaptación titiritera “El caballito de los siete colores”, relato del folklor universal vertido por Samuel Feijóo en moldes cubanísmos, y “El dueño de los caballitos”, de la autoría de Luis Rafael Hernández. Tiene el sello musical, el humor y la ternura de sus espectáculos anteriores, pero se muestra diferente; tal vez la raíz ancestral del primer relato, así como la atmósfera un poco mágica medieval del segundo, hayan dado como resultado esa necesidad de asociar nuestra tradición campesina con la juglaresca universal. Como arlequines o saltimbanquis, van vestidos de satén colorido y brillante, con puntas y cascabeles. La entrada y la salida de la obra la ejecutan al son de la Original de Manzanillo —Todos tienen un poquito de muchacho— Maikel montando una gran cabeza equina, y Teresa dentro de un cuadrado de satén negro con flores, a manera de carretón; los dos bailan con ritmo y gracia, cabalgando por el escenario. El cuadrado negro será el retablillo básico que experimentará diferentes transformaciones a lo largo de la obra. Las técnicas utilizadas funcionan para las tareas que los personajes deben realizar y la cantidad limitada de actores.
 


Cuentos a caballo
 

En el primer cuento, que se desarrolla en un paisaje típico campestre cubano, utilizan títeres de bastón, con mandos que accionan, las extremidades; el caballito se para en dos patas, relincha, se sacude, y, por supuesto, vuela. Todo caballo que vuela es de un simbolismo cósmico, en la obra el caballo es de color azul celeste con las figuras del sol, la luna y las estrellas en su cuerpo. Las divertidas conversaciones de los personajes, con su fraseo guajiro, aluden a Internet; la cooperativa, el precio de las viandas. El conflicto consiste en llegar con el caballo hasta lo alto de la “mansión” donde un guajiro rico —casa de placa y “merendero” por cuenta propia— da un guateque y ofrece la mano de su hija Yunisleyki a quien pueda llegar de un salto de caballo a la azotea. Excelente coordinación en la escena del vuelo cuando se “van” los novios, con el son montuno Guajiro, interpretado por Sexto Sentido. Cierran los comentarios: “Los caballos se volvieron a comer el mai”; “La tierra no da na”; “Y los estudios tampoco”.  Si en este cuento se apuntan las crecientes desigualdades económicas que sufre nuestra sociedad, esta será la metáfora central del segundo.

El rey de los caballitos se realiza con títeres de guantes, en la estética de lo grotesco, acentuada en el rey, que en sus demagógicos discursos al pueblo se proyecta como un cochero codicioso de ganancia a toda costa. El niño solo tiene un caballo-escoba, sueña a la luz de la medialuna que cabalga por el cielo, pasan otros niños a caballo que se burlan; ellos pueden “alquilar caballos”, él no porque es pobre. Los juglares interactúan eficazmente con el títere al compás de música medieval cortesana, mientras el decidido niño se va a la corte. El rey lo persigue, le acusa de ladrón, esto da lugar a escenas de escondidos y de cachiporra, que producen la risa y la identificación de los niños espectadores. El desenlace es, a mi juicio, algo simplista: el rey, arrepentido por los cachiporrazos, promete que tratará mejor a su pueblo, no alquilará los caballos, etc. En sentido general, la animación, sin alcanzar el virtuosismo —que no es, por otra parte, lo que se persigue— sí evidencia buen dominio de las técnicas escogidas y, además,   audacia en sus rompimientos, pues se manipula hasta en el aire. Sobresale la habilidad  y limpieza en el tránsito de actor en vivo a animador de títeres, y el adecuado trabajo con las voces. Sin embargo, este espectáculo, a pesar de todos sus logros, no constituye un escalón más alto con respecto a El sinsonte y el rosal y, sobre todo, a Los pintores. Quizás porque el tejido de sus dos historias no da un resultado tan coherente, o porque el nivel de originalidad y constante sorpresa escénica de Los pintores situó la vara muy alta. No obstante, la presencia escénica, la gracia y energía actoral de Teresa y Maikel, más su seguridad en el escenario al enfrentar gran número de situaciones complejas, denotan un fuerte trabajo creativo y la consolidación de su estética teatral.