Luc Chessex: Cuba a todo formato

Después de tres intensas jornadas en un seminario sobre la obra de Luc Chessex en Cuba [1], sus libros y sus miradas fotográficas a las cubanas de épocas pasadas (años 1961-75), nos fuimos a las calles de la vieja Habana rumbo a los archivos de la Fototeca de Cuba. Junto a ese suizo incansable arribé a sus bien conservadas colecciones. En un espacio aderezado por el calor y el pertinaz ruido de pasantes y sones de la Plaza, nos pusimos a revisar imágenes, a provocar la historia, a incitar la memoria.

Tras varias pasadas, con guantes blancos en mano, de aquellas pequeñas fotografías vintage e intercambio de preguntas, buscamos refugio finalmente en un recodo tranquilo de la edificación donde dejar fluir y grabar el diálogo. Más que una entrevista detallada en los cómo o los qué (de las que ya existen), me impulsaba conocer por voz de su protagonista el latir de un país que hizo suyo, de una cultura, de sus procederes y sus actuantes. Me atraía la parte humana e intelectual, convergidas, en la manera de conformar, erigir, la fotografía y su historia en aquellos complejos tiempos.

Verificando imágenes que fueron de su autoría y ante el extenso, preciso, trabajo sobre las representaciones del líder político Fidel Castro en la gráfica y el contexto popular y cotidiano de los años 60 en Cuba (aunado en el libro Le visage de la Révolution), le pregunto: ¿Le tomó fotos a Fidel directamente? ¿Sabe con exactitud cuáles eran?

Sí porque sé bien en qué momento exacto las hice. Cuando estaba tomando vino, en situación más cercana. Después viajé con él a la Sierra Maestra.

El cuño que tienen por detrás significa que fueron ampliadas en Suiza y luego traídas a La Habana.
 

 Fotos: Luc Chessex
 

¿Y las fotos que no lo tienen así?

Era que las imprimía aquí. En mi cuarto de hotel. Por eso llegué en barco. Traía mi equipo fotográfico, no solo la cámara, también la ampliadora, las cubetas. Trabajaba de noche. Montaba el cuarto oscuro en el baño.

Cuando empezó en el Consejo Nacional de Cultura, ¿ya tenía laboratorio?

No, yo seguía trabajando en el cuarto, en el baño del hotel. Empecé a trabajar en un laboratorio cuando la revista Cuba, en el año 70.

Es decir, estuvo desde el 61 hasta el 69 revelando en un baño de hotel

Sí. Realmente lo importante era tener una buena ampliadora y podía trabajar de noche. Como no había prisa, no era fotografía para prensa diaria, era mensual, podía con calma probar, revelar, imprimir sin ningún problema. En el 70 cuando llego de responsable de fotografía a la revista Cuba trabajo en el cuarto oscuro. Estaba bien equipado. En la revista había como siete u ocho fotógrafos, con dos técnicos de laboratorio. Allí yo armé mi ampliadora, y también en el Hotel Habana Libre.

¿Quién le suministraba la química y los rollos?

Era difícil. Siempre había dificultad, más bien con los rollos. Cuando venían fotógrafos extranjeros, como Ribuod, Burri o Cartier Bresson, me dejaban los rollos que le sobraban cuando se iban. Ellos venías con una reserva bastante grande, a veces les quedaban veinte o treinta rollos, y siempre me los regalaban. Si no, el gobierno compraba películas, polacas un tiempo, también checas, alemanas, después había que adaptarse al cambio de película, lo que no era muy agradable.

Se trabajaba con lo que había, con lo que llegara…

Sí, había que adaptar.

¿La revista Cuba no les daba un stock de trabajo a los fotógrafos de su staff?

Sí, pero como yo luché porque los fotógrafos fueran dueños de sus fotografías, del derecho de autor, ellos generalmente preferían “meter” la película para así quedarse con los negativos, como los más jóvenes, Iván Cañas, Figueroa. Y otros fotógrafos más de la vieja escuela, con un género más tradicional, haciendo 4x5, como Nicolás Delgado, trabajaban con material suministrado por la revista, y quedaba en la revista.

¿Cómo prefería imprimir usted, a todo formato?

Sí, generalmente lo hacía a todo formato, a veces con el borde negro, otras no.

¿Era común que fotógrafos y fotógrafas del momento lo hicieran?

Así se pensaba más o menos. Era conveniente no empezar a recortar el negativo, perdiendo calidad. Pero de vez en cuando había que hacerlo. En la revista yo aconsejaba a todos no recortar, pero a veces los diseñadores lo recortaban, antes de publicar, cuando hacían las verticales de una foto horizontal.

Le preguntaba por si era un espíritu de época. Se dice que los fotógrafos cubanos aprendieron a ver las fotos hasta su límite, imprimir hasta el extremo, cuando comenzaron a ver los libros que traían Raúl Martínez y usted sobre los clásicos de la fotografía documental, a raíz de esa influencia.

Sí. Vino también con el pequeño formato. Antes con el formato grande se podía recortar sin problemas. Pero claro, con el negativo chiquito y de mala calidad, de rollos polacos o soviéticos, si empezabas a cortar perdías mucho. Así que lo aconsejable era realmente encuadrar bien, hacer la foto en el momento que uno estaba detrás de la cámara y no en el cuarto oscuro.

Y hoy día igual. Con esas cámaras digitales que cada año tienen más millones de pixeles, puedes después recortar algo, pero siempre pierdes calidad cuando se disminuye la superficie de la imagen.
 


 

¿Qué cubanos entonces siguieron ese estilo?

Mayito (Mario García Joya) era considerado un poco “loquito”, yo el tipo extraño que venía de afuera, Raúl Martínez no era fotógrafo y había sido sacado de la universidad, no éramos los más recomendables…

Si habláramos de estilo, documento, realidad, ficción, arte y fotografía, ¿todo ello iría junto?

Es que había poca crítica. Yo creo que el más agudo era Edmundo Desnoes y los otros eran… la mujer de Retamar, Adelaida. Era más bien una crítica descriptiva, una descripción de la obra.

¿No había en general crítica de arte aguda en ese momento?

Desnoes. Él publicó en la colección Cocuyo, del Instituto del Libro, un texto sobre la visión fotográfica del subdesarrollo, otro sobre ¿Foto-mentira! Era el único.

¿No había talleres de crítica o debate entre los fotógrafos?

No, en la época no era tanto el debate, más bien era la cosa de la unanimidad. Todo era por la misma cuerda.

Pero después del 65 hay cambios. Empieza a bajar el tiempo de multitudes y plazas, y la fotografía ya no es desde una sola mirada. Está ¿Foto-mentira! en 1966, Graziella Pogolotti habla de fotografía como arte en el 64. Aparecen como pequeñas maneras diferentes de apreciar, islas en el contexto. Ella escribió sobre la primera exposición de Mayito, Dos momentos, que se hizo en Galería de La Habana en diciembre del 63. Creo que ahí se habla por primera vez de fotografía como arte. También, en el 68 se hace el Congreso Cultural de La Habana

Sí, pero la fotografía no era considerada realmente como que formaba parte de la cultura, era subcultura. La cultura era más bien la pintura; no solo en Cuba, en general en el mundo la aceptación de la fotografía como hecho cultural se hace en Estado Unidos, quizás entre los años 40-50, en Europa más tarde.

¿En Cuba no era considera aún como parte de la cultura artística entonces?

En la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba) no había sección de fotografía, eso vino en los siguientes años. Enrique de la Uz estuvo en su presidencia.

¿Será por ello que en el libro Polémicas culturales de los 60 de Graziella Pogolotti, que he leído buscando respuestas a la época?

¿La película del hermano de Cabrera Infante? Porque la primera polémica cultural que hubo fue en el 61 con esa película, que era de cine “de verdad”, tomada en la rampa, en el malecón, donde se veía la vida nocturna, para nada escandaloso. Algo menos lógico que las fotos que ahora mismo están montadas aquí abajo [una exposición homoerótica masculina en el hall de la Fototeca].

Los afiliados al Partido Comunista salieron en contra de esa película y ahí se formó realmente un gran conflicto.

Sí, PM, que cámara en mano recorría un fragmento de la vida nocturna habanera. Pero le hablo del libro publicado hace pocos años donde se muestra parte de la polémica cultural, los cuestionamientos de la compleja década del 60. Una de las últimas veces que lo leí fui buscando la mirada a lo fotográfico, el lugar de la fotografía, y no se menciona, ni como arte, ni como recurso, ni como parte de ninguna polémica.  Sin embargo, debates sobre el cine sí.

Porque realmente la fotografía no había entrado en el mundo del arte. El cine sí. Alfredo Guevara era defensor de un cine más experimental, incluso de una sexualidad diferente, y claro la gente más cuadrada tenía al ICAIC (Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficas) y a Alfredo en su visor. Había una polémica clásica sobre el realismo socialista, sobre la libertad de creación, el nivel de abstracción. Un grupo en el cual Raúl y otros pintores eran los integrantes, con líneas del arte abstracto, eran vistos por los defensores de la línea soviética como una desviación pequeñoburguesa.
 


 

La crítica no significa menosprecio

Vamos a hablar no de cómo llegó, o qué hizo, aspectos sobre los que ya se ha expresado y escrito en buena medida. Le diré algunos nombres y lugares que pudieron ser claves para usted acá en Cuba, y me gustaría que me confesara lo que le representa o recuerda, en su trabajo o en su vida personal. Lo primero que venga a su memoria.

El Hotel Presidente

Viví allí del 61 hasta el final del 68. Yo cada vez que regreso por La Habana me doy una vuelta para ver al Presidente. No ha cambiado tanto, en aspecto, porque adentro sí ha cambiado bastante. El barrio, Calzada, El Carmelo, el teatro Almadeo Roldán… Realmente la primera visión que tengo de La Habana fue una semana o diez días viviendo en el Hotel Vedado, en la calle O, y después fue el Hotel Presidente con su barrio. Yo paseaba por su alrededor. Descubrí Casa de las Américas, que queda a unos tres minutos caminando, y ahí conocí a Retamar, al guatemalteco Manuel Galich, a Humberto Peña que era el diseñador de la revista Casa, que era una excelente revista desde el punto de vista gráfico y de los artículos que publicaba.

El Consejo Nacional de Cultura

Fue mi primer lugar de trabajo. Quedaba no muy lejos del Presidente, en la calle 2, cerca de la avenida Paseo y la Casa Potín que era un salón de té, de propietarios originales franceses. Como Alejo Carpentier fue quien me hizo entrar al Consejo y a él le encantaba hablar francés, íbamos a merendar juntos a la terraza del Potín. Eso nunca lo voy a olvidar.

El ICAIC

También fue mi primer encuentro con la cultura cubana y después la cinemateca y todo el mundo intelectual que giraba alrededor del ICAIC: Mayito, Titón, Jorge Fraga. A Alfredo lo conocí más tarde y más de lejos. No fui íntimo con él. Muchos de mis amigos sí trabajaban allí. Recuerdo a Nicolasito Guillén, que era el sobrino de Nicolás Guillén, cineasta y documentalista.

Algunos nombres que le fueron más cercanos, Mayito

Él fue quien me presentó a Carpentier. Siempre tuvimos realmente muy buenas relaciones. Nunca hubo el más mínimo celo. Fíjate que entre fotógrafos, como entre médicos, arquitectos, puede haber sus peleas por intereses, pero con Mayito siempre fue una relación sin nubes ninguna.

Raúl Martínez

Aprendí bastante con Raúl, que además de pintor era diseñador. Él trabajaba en el Instituto del Libro y me enseñó bastante de diseño, tal como Humberto Peña. Agudicé mi mirada viendo tanto el trabajo de Raúl como el de Humberto.

Pueblo y Cultura

Era la revista del Consejo que creó Alejo. Cuando me contrató, él tenía en mente crear esa revista. Después se llamó Revolución y Cultura. Fue donde conocí a Reinaldo González y a Héctor Villaverde. En el primer equipo de Pueblo y Cultura en la calle 2, estaba Manolo Vidal como diseñador, hermano del pintor Antonio. Era un equipo de trabajo pequeño, éramos tres o cuatro.

Reinaldo González entra un poco más tarde, después mudamos la sede para Marianao, en el edificio del ayuntamiento, y luego para el Palacio del Segundo Cabo. Entra también Villaverde. Se cambia la edición que era sobre papel gaceta, así como la Gaceta de la UNEAC, y con el cambio de nombre viene la modificación de formato y una impresión mucho mejor.

Edmundo Desnoes

Fue muy importante para mí. Era realmente el que más teorizaba acerca de las artes plásticas y que se interesó temprano por la fotografía. Cuando lo conocí estaba metido en el mundo de la pintura. Él me presentó a Wifredo Lam, era su amigo. Luego empezó a interesarse más por la fotografía, a escribir sobre ella. Pasaba horas y horas hablando con Edmundo. Con La mirada fotográfica del subdesarrollo fue un precursor. Él escribió bastante antes que los norteamericanos, que Susan Sontang, por ejemplo.

La revista Cuba

Fue otra época, en el 70. Tenía la responsabilidad de un equipo. Yo era el responsable del Departamento Fotográfico. Antes había trabajado con diseñadores y redactores, pero no con un equipo de fotógrafos. En la revista había un grupo importante de fotógrafos y de escritores. Fue una experiencia que me formó bastante.
 


 

¿Cómo era dirigir a otros fotógrafos, siendo fotógrafo?

Bueno, espero haber sido un dirigente no muy dirigente, vamos a decir. Era hablar e intercambiar con los fotógrafos, no venía con una pauta así de hay que hacer esto o lo otro. Cada fotógrafo tenía su estilo, era más o menos escoger quien podía ser mejor para un tipo de reportaje. No era la misma cosa hacer un reportaje en un asilo de ancianos que en un gimnasio de jóvenes boxeadores, o meterse dos semanas en la Sierra Maestra para hacer fotos de los médicos que estaban allí. Había que tener ese ojo para repartir el trabajo de la mejor manera, para que el resultado del fotorreportaje fuera el mejor.

¿Fue entonces un jefe justo?

¡Espero!... No sé, habría que preguntarle a Ernesto Fernández, a Figueroa…    

Su amigo Enrique de la Uz

Es un amigo muy cercano. No pertenecía al staff de la revista, lo conocí antes cuando trabajaba en Cultura y Enrique había llegado de la Unión Soviética donde se había formado como ingeniero. Al parecer no le interesaba la ingeniería, más bien la fotografía y nos vimos por primera vez creo en casa de Raúl.

Prensa Latina

Cogió el mando de la revista Cuba y fue una etapa bastante difícil para la revista. Antes había sido dirigida por Ernesto González Bermejo y el Comité Central. Pero Bermejo estaba más cerca, tenía allí su oficina. Era un intelectual uruguayo con una visión amplia y cuando Prensa Latina toma el mando, me mandan a mí con Bermejo a viajar por América Latina y ponen otro director, quizás un cuadro más cuadrado, y creo que la revista sufrió por ese cambio. Yo no, porque a mi realmente me mandan para afuera y era un trabajo muy interesante de poder viajar como fotoperiodista a Uruguay, a Chile después de la toma de poder de Salvador Allende, a Bolivia… fue como ampliar mi horizonte. Al final fue una suerte, podría decir.

Hablemos de algunos de sus ensayos. Los cubanos, por ejemplo, del año 65 que no llevó a libro, pero expuso en Casa de las Américas, donde aún se conserva. ¿Ese ensayo fue bien apreciado en su momento?

Bueno, para algunos fue una visión un poco en tono bajo. Claro, no era la estética heroica que más o menos imperaba en ese momento. Decían que era una visión un poco triste, un poco otoñal, un poco suiza… En verdad lo que me interesaba no era ver los macheteros, los cortadores de caña cortando, sino más bien los instantes de ocio, lo que sucedía entre los momentos heroicos. 

Cuando miró a los suizos, y años más tarde hizo el ensayo Swiss life, ¿también le dijeron lo mismo?

Sí, me dijeron que era también crítico. Bueno, siempre hay gente que entiende que la crítica no tiene que ser menosprecio y que sin crítica no se adelanta.

El libro Cherchez la femme 

Su título parte de una película francesa que estaba de moda por esos días, no era ni buena película, ni su director era famoso. La idea viene de conversaciones con Edmundo, con Mayito, con Enrique… Llevarlo a libro es más reciente, se debe a que el Musee de L´Elysee decidió exponer ese trabajo y cuando ellos hacen una exposición buscan financiamiento para hacer un libro.

¿Tuvo usted alguna relación con los movimientos feministas de los años 60-70 que le influenciaran en la idea de hacer este ensayo, este libro?

No. Yo veía eso desde lejos. Vi el embullo que provocó la venida de Ángela Davis, pero nunca tuve relación cercana ni con la Federación de Mujeres Cubanas, ni con ningún grupo de feministas.

He regresado fielmente

Expresó en una ocasión en una entrevista que se “sentía más cubano que los propios cubanos”, a pesar que de vez en cuando nosotros los cubanos, le cito, “te sacaban el tema de tu extranjería y que eso a veces era molesto”, ¿cómo se siente Luc después de tantos años, de tanta obra, de tanta experiencia, de varias idas y venidas, de amor y odio, de abrazos y despidos?

Es un poco un chiste… Pero claro, después de vivir catorce años aquí trabajando, sin cobrar nunca ni un dólar, así con el sueldo básico de un cubano, te vienen a sacar tu extranjería, por supuesto no te hace mucha gracia. Pero me siento bien. He regresado fielmente.

Hubo esa época, que vamos a llamarle otra vez “el quinquenio gris”, donde hubo esa incomprensión, que como ya he dicho, no entendí por qué me habían dejado plantado, fuera de salario, que es como decir la muerte, porque en el año 75 sin salario aquí no se podía vivir. Entonces no lo entendí. Por eso escribí a Carlos Rafael Rodríguez, y recibí esa respuesta, un poco como decimos en francés, en “lengua de madera”, donde no se dice nada.

Pero como ocho o diez años después vino la invitación del actual Ministro de Cultura, Abel Prieto.

¿Quién es el primero que abre otra vez ese puente de Luc hacia La Habana?

Quizás es Enrique de la Uz hablando con la gente de la Fototeca. La cosa es que cuando llego estaba el Ministro aquí, la Embajada de Suiza había hecho un coctel, entonces oficialmente me abren la puerta.

Luego todo fue fluyendo, hasta el día de hoy que está otra vez en La Habana. Permítame una pregunta que ya le hice en una ocasión, pero me gustaría cerrar con ella la entrevista. Se ha hablado durante todos estos años qué ha significado Luc y su obra para la fotografía cubana, ya es algo indudable, como el cartel que vimos hace un rato. Ya se consume fotografía cubana con la influencia de Luc, multiplicada con los años. Pero a la inversa, confiéseme, ¿qué ha significado Cuba para Luc, además de sinsabores y amores?

Es un periodo de formación para mí, más cuando uno tiene 25 años. La realización de cosas que yo había estudiado, hablado en Suiza, sobre los movimientos de liberación, de la independencia, del Tercer Mundo. Aquí fue donde viví en carne propia la transformación que sufrió el mundo en esa época: la Revolución cubana, las independencias africanas, la liberación de Viet Nam, otro equilibro en el mundo, la importancia de la Tricontinental y el Tercer Mundo para la historia.

¿Y en lo personal, no la Cuba de los grandes cambios y su poder simbólico, la Cuba del día a día, la de comer en la mesa de los cubanos?

Sí, la de comer en plato de aluminio… Pero fue consecuencia de los grandes cambios, esos países que hicieron su revolución. Yo tuve el privilegio de vivirlo, mientras la mayoría de mis amigos lo vivieron a través de lecturas, películas o de pantallas de televisión, sin haberse movido de su país. Es otra cosa vivirlo desde adentro, que observarla de afuera. Una cosa es mirarlo y otra vivirlo.

¿Algún consejo para las nuevas generaciones y la fotografía actual? ¿Alguna fórmula?

No, no… no hay fórmulas ni recetas. El único consejo es que la gente sea feliz, que la vida pasa muy aprisa, así que hay que hacer lo que uno quiere hacer lo más afondo y lo más rápido posible. No dejar para luego. Uno no sabe, uno está vivo hoy y mañana no sabes lo que pueda pasar.

Sí, sí puedo dar un consejo: comer la vida completamente, con entusiasmo, sin reparos. Hacer lo que un piensa hacer con su vida, de modo justo.

¿Se siente realizado? 

Nunca, hasta el último soplo. Espero hacer cosas todavía, tengo aún planes, pero el último soplo no sé cuándo llegará, puede ser esta tarde, dentro de uno o tres años, no sabes. Claro, mi vida está largamente detrás y no delante, porque veo cada vez que tengo más amigos que desaparecen o se enferman, así que estoy más consciente de lo frágil que resulta la vida de uno cuando llegas después de los 80. Aconsejo no perder tiempo en hacer cosas que uno no quiere hacer.

La fotografía lo ha hecho feliz… ¿No hubiera concebido su vida sin fotografiar?

Cuando empecé no tenía una vocación. Leo a veces personas que dicen que desde que nacen o desde que tiene cinco años ya tienen una vocación, que quieren ser aviadores o capitán de barco, por ejemplo. Mi oficio vino trabajando, sobre la marcha.

Ahora si tuviera que empezar otra vez, no pudiera hacer la misma vida, no podría duplicar la vida que viví, pero como no se me va a dar otra oportunidad no tengo que pensarlo demasiado. Estoy contento con lo que he hecho. 

 

Notas:
 
[1]  Seminario Luc Chessex en Cuba. Miradas de género, impartido por Grethel Morell, organizado por Circuito Líquido, con la participación de la Embajada de Suiza y la agencia COSUDE, la colaboración de especialistas invitados, la Consejería Cultural de la Embajada de España en La Habana y el Centro para la Interpretación de las Relaciones Culturales Cuba-Europa (Palacio del Segundo Cabo), La Habana, 2017.