Cuatro microficciones

LA INCRÉDULA

 

Sin mujer a mi costado y con la excitación de deseos acuciosos y perentorios, arribé a un sueño obseso. En él se me apareció una, dispuesta a la complacencia. Estaba tan pródigo, que me pasé en su compañía de la hora nona a la hora sexta, cuando el canto del gallo. Abrí luego los ojos y ella misma, a mi diestra, consonrisa benévola, me incitó a que la tomara. Le expliqué, con sorprendida y agotada excusa, que ya lo había hecho.

—Lo sé —respondió—, pero quiero estar cierta.

Yo no hice caso a su reclamo y volví a dormirme, profundamente, para no caer en una tentación irregular y quizás ya innecesaria.

 

 

 

¿POR QUÉ?

 

En el sueño, fascinado por la pesadilla, me vi alzando el puñal sobre el objeto de mi crimen.

Un instante, el único instante que podría cambiar mi designio y con él mi destino y el de otro ser, mi libertad y su muerte, su vida o mi esclavitud, la pesadilla se frustró y estuve despierto.

Al verme alzando el puñal sobre el objeto de mi crimen, comprendí que no era un sueño volver a decidir entre su vida o mi libertad, entre su muerte o mi esclavitud.

Cerré los ojos y asesté el golpe.

¿Soy preso por mi crimen o víctima de un sueño?

 

 

LA MARIONETA

 

El marionetista, ebrio, se tambalea mal sostenido por invisibles y precarios hilos. Sus ojos, en agonía alucinada, no atinan la esperanza de un soporte. Empujado o atraído por un caos de círculos y esguinces, trastabilla sobre el desorden de su camerino, eslabona angustias de inestabilidad, oscila hacia el vértigo de una inevitable caída. Y en última y frustrada resistencia, se despeña al fin como muñeco absurdo.

La marioneta —un payaso en cuyo rostro de madera asoma, tras el guiño sonriente, una nostalgia infinita—ha observado el drama de quien le da transitoria y ajena locomoción. Sus ojos parecen concebir lágrimas concretas, incapaz de ceder al marionetista la trama de los hilos con los cuales él adquiere movimiento.

 

 

FINAL

 

De pronto, como predestinado por una fuerza invisible, el carro respondió a otra intención, enfilado hacia imprevisible destino, sin que mis inútiles esfuerzos lograran desviar la dirección para volver al rumbo que me había propuesto.

Caminamos así, en la noche y el misterio, en el horror y lafatalidad, sin que yo pudiera hacer nada para oponerme.

El otro ser paró el motor, allí en un sitio desolado. Alguien que no estaba antes, me apuntó desde el asiento posterior con el frío implacable de una arma. Y su voz definitiva, me sentenció.

—¡Prepárate al fin de este cuento!

 

 

Edmundo Valadés (México, 1915-1994) es recordado, sobre todo, por ser el gestor de la fabulosa revista “El cuento”, que fundara en 1964 y al frente de la cual se mantuvo hasta el final de su vida (alcanzó 110 números). Desde sus páginas realizó una importante divulgación de lo mejor del género producido en cualquier latitud y en cualquier época, y privilegió el conocimiento de autores emergentes, algunos de los cuales se convirtieron con el paso del tiempo en nombres de primera magnitud.

Fue, asimismo, traductor, periodista, crítico literario y… cuentista de gran capacidad de invención, que apartó su prosa del tan socorrido color local (demasiada atención a los contextos) en función de la fábula misma: se ocupó más del qué y el cómo que del cuándo y el dónde. Su primer libro de relatos, La muerte tiene permiso (1955, Fondo de Cultura Económica) resultó un bestseller. Otros títulos de su autoría son: La Revolución y las letras (1960), Las dualidades funestas (1967), El libro de la imaginación (1970), Por caminos de Proust (1974), y Sólo los sueños y los deseos son inmortales, palomita (1986). Es considerado un maestro de ese subgénero llamado microficción o microrrelato, que tantos y tan buenos cultores ha tenido en su país.

En 1982 un joven periodista, que viajaba con Teatro Estudio por varios estados de México, fue a conocer a Valadés a la redacción del periódico Excelsior, donde se ocupaba de la sección cultural. Como llegó en medio del caos que es cualquier diario a la hora del cierre, el narrador apenas pudo intercambiar con él un saludo. Ya a las afueras del edificio, en la calle Reforma, y un poco amoscado, lo alcanzó su asistente. “¿Usted es el cubano?” –preguntó. Como recibiera una respuesta afirmativa, terminó el mensaje: “Dice el maestro que mande crónicas desde donde quiera que llegue, que a la vuelta lo estará esperando para conversar, para pagarle las colaboraciones y para beber ron. Pero que, por favor, no regrese a una hora tan chingona.” (A.F)