Cuando se abrieron las ventanas de la imaginaciĆ³n

El 1961 fue un año dramático, fructífero, conmovedor. Comenzó con la ruptura de relaciones de los Estados Unidos con Cuba y el presagio de mayores antagonismos. Se abastecía desde el aire a las bandas contrarrevolucionarias en el Escambray. Se organizó el ejército de 100 mil alfabetizadores voluntarios. El 16 de abril se declaró el carácter socialista de la Revolución y al siguiente día desembarcaba en Playa Girón la brigada mercenaria que sería derrotada tres días después. El 16 de junio se aprobó la ley de nacionalización de la enseñanza y en diciembre se declaró al país territorio libre de analfabetismo. Dentro de la reorganización institucional en curso, la cultura era un área imprescindible. En aquel verano de 1961 ya existían el ICAIC, Casa de las Américas y el Consejo Nacional de Cultura. Algunos intentaron convertir a este último en un dispositivo para instrumentar el realismo socialista zdanoviano, aunque contaba entre sus directivos con prestigiosas figuras de la cultura cubana como Alejo Carpentier y José Lezama Lima, ajenos a esa intención doctrinaria.


Fotos: Archivo La Jiribilla
 

Desde 1960 existía una pugna subterránea por alcanzar mayor ascendencia en los asuntos culturales. De una parte un grupo teoricista, apegado a las normas clásicas del marxismo para la esfera cultural, y la otra, un equipo partidario de no ahogar la libertad creativa con consignas, de permitir el libre vuelo de la imaginación artística. Los primeros favorecían un arte comprendido; los segundos eran permisivos y aspiraban a una tolerancia respetuosa de la pluralidad de tendencias.

Desde luego, esquematizo: los partidarios de la ortodoxia socialista incluían a quienes no fueron miembros del viejo partido, los liberales comprendían a muchos que operaban por cuenta propia, como francotiradores culturales. Aunque algunos estábamos en desacuerdo con los postulados dogmáticos, rehusábamos sometemos al predominio hegemónico de los liberales porque algunos alentaban pretensiones caudillísticas. La opción era bien desalentadora: saltar del sartén para caer en las brasas. En mayo de 1961 Sabá Cabrera, hermano de Guillermo Cabrera Infante, filmó una película intrascendente a la que tituló PM (pasado meridiano), sobre las actividades nocturnas de una parte de la población habanera. Si este documental se hubiese rodado en otro instante de la historia habría sido olvidado a la semana siguiente, pero nació en una hora de enfrentamiento de camarillas. La película pasó por televisión pero fue vista con objeciones en el Instituto del Cine. La acusaban de escamotear la presencia de milicianos, de obreros, de maestros alfabetizadores en la imagen que se ofrecía del pueblo; quienes aparecían en las diversiones nocturnas eran marginales, lumpen. Mostrar una parte de la verdad, decían, era una forma de mentir sobre la realidad cubana. Los permisivos alegaban que se había confiscado el filme de manera insultante, coaccionando la libertad de expresión en el umbral del estalinismo. En conciliábulos cotidianos se daba crédito a las especulaciones mas exageradas, rayanas a veces en una histeria alarmista. Guillermo Cabrera Infante y Carlos Franqui, binomio que aspiraba al control total del aparato cultural, aprovecharon aquel incidente para atizar el temor de muchos a la repetición posible en Cuba de las coacciones a la creatividad ocurridas en la Unión Soviética. Convocado el Primer Congreso de Escritores y Artistas sería imposible un diálogo en aquel clima. Se organizó, por tanto, una reunión previa en la Biblioteca Nacional, para despejar la atmósfera.

Fidel trenzó las inquietudes de los escritores y artistas revolucionarios con las de aquellos que, sin serlo, tampoco eran contrarrevolucionarios. En los días 16, 23 y 30 de junio de 1961 se reunieron allí las figuras más representativas de la intelectualidad cubana para discutir problemas inherentes a la creación literaria y artística. En la Presidencia se encontraban Fidel, Dorticós, Roa, Carlos Rafael, Guillén, Carpentier, Vicentina Antuña, Núñez Jiménez, Aragonés y Hart. Dorticós dijo, en unas palabras introductorias al debate, que la cultura, con todos sus cauces y matices debía servir al pueblo, lo cual fue recibido con alivio porque constituía una primera aseveración inclinada a la apertura.

Virgilio Piñera fue el primero en hablar “porque era el que tenía más miedo”, según declaró al iniciar sus palabras. Manifestó que “por ahí se decía que el Movimiento 26 de Julio iba a proclamar la cultura dirigida” y Fidel Ie preguntó sonriendo que por donde se corría eso. Virgilio replicó en su peculiar estilo coloquial: “hay voces por ahí, yo lo he oído”. Baragaño lo interrumpió: “¡Yo nunca he oído eso!”. Virgilio prosiguió: “Está en el aire, se especula con eso. Yo no soy contrarrevolucionario, no estoy en Miami, estoy aquí; hay dudas y reservas; aunque alguna gente habla con eufemismos, yo lo digo ramplón”. Un poeta dijo que el nivel actual de nuestra cultura era bajo y debía realizarse un esfuerzo por aumentar su nivel, lo cual motivó una réplica de una actriz contra los “elitistas”. Un arquitecto citó a Jaeger y habló de forma y contenido. Un músico se quejó de nuestra crítica cultural, excesivamente benigna. Un pintor habló de las relaciones entre el Estado y el individuo y afirmó que el diseño industrial tenía reservado un lugar de importancia en el futuro. Un director de teatro planteó que en lo sucesivo debían convivir criterios dispares y que la Revolución debía admitir y proteger por igual todas las modalidades de la cultura. Un narrador dijo que si no se estaba de acuerdo con la película PM, debía haberse discutido con los realizadores y sugerido modificaciones.

Titón Gutiérrez Alea planteó que el arte necesitaba de la tolerancia. Que la película PM mentía porque solamente decía una parte de la verdad. Que efectivamente había inquietudes en relación con la libertad de la cultura y que la Iglesia no se atacaba cerrando templos. No se podía vetar a un artista porque no pudiese transformar su instrumento de creación. Defendió el cine polaco como el más vital de los países socialistas y terminó diciendo que la centralización de la organización cultural podría ser muy dañina. Roberto Fernandez Retamar manifestó que los intelectuales no nos habíamos sumado a la Revolución, éramos parte de ella: la Revolución era nuestra, pero habría que definir qué se esperaba del escritor en la nueva sociedad. Dijo que a Pushkin no lo leían los campesinos de su época. En una Revolución se integraban elementos muy disímiles; Lam, por ejemplo, no podría pintar barbudos a estas alturas de su obra y recordó a Lenin: no haremos de ningún amigo, un neutral, ni de ningún neutral, un enemigo.

El arte no es un medio de escape, sino un instrumento para enfrentarse a los problemas.Hice una larga, quizá excesivamente prolongada intervención, a la cual Fidel se refirió en sus palabras finales. Frente a quienes pretendían una cultura edulcorada, optimista, sin conflictos, recreativa, defendí el arte como uno de los medios que el hombre posee para crearse una conciencia de sí mismo, profundizando en sus contradicciones; el arte, dije, no es un medio de escape, sino un instrumento para enfrentarse a los problemas. Frente a quienes deseaban la formulación de normas rígidas y medidas administrativas para dirigir la invención artística, defendí el derecho a la experimentación, porque restringirla equivalía a desalentar la creación con el consiguiente estancamiento del proceso cultural.

El día 30 de junio Fidel Castro hizo un resumen de las discusiones, con un análisis de las inquietudes de entonces y de la perspectiva histórica abierta ante la cultura cubana. Ese discurso, del cual se conmemora en estos días cuarenta años, ha pasado a ser conocido con el nombre de “Palabras a los intelectuales”. Fidel trenzó las inquietudes de los escritores y artistas revolucionarios con las de aquellos que, sin serlo, tampoco eran contrarrevolucionarios. Enfrentó el problema principal en el ambiente, el de la libertad de creación artística, y se preguntó cómo podría la Revolución, que transformó las condiciones de trabajo deprimentes de escritores y artistas, cambiar el ambiente creativo propiciado por la propia Revolución.

Más tarde se refirió a la intervención de Eliseo Diego: ¿podía escribir de acuerdo con su visión idealista, que no era la ideología de la Revolución? Fidel Ie respondió que la Revolución debía aspirar a que marchasen junto a ella no solo los revolucionarios, no solo la vanguardia, sino todos los ciudadanos honestos, fuesen o no escritores o artistas. La Revolución, continuó, debía comprender a ese sector y propiciarle un campo donde manifestarse. De ahí pasó a la definición mas polémica de su discurso, luego una guía para la práctica en los años por venir: “Esto significa que dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada. Contra la Revolución nada, porque la Revolución tiene también sus derechos y el primer derecho de la Revolución es el derecho a existir y frente al derecho de la Revolución de ser y de existir, nadie. Por cuanto la Revolución comprende los intereses del pueblo, por cuanto la Revolución significa los intereses de la Nación entera, nadie puede alegar con razón un derecho contra ella”. Fidel veía los peligros acechantes en el futuro inmediato. Cualquier posibilidad de infiltrarse, por un resquebrajamiento en la unidad, sería aprovechada por nuestros antagonistas.

Ante todo la Revolución debía sobrevivir porque ese gran movimiento social era la base de todo, de la cultura, del derecho a una vida mejor. Sin duda la cultura se dirige al pueblo, eso hicieron Cervantes y Shakespeare, Chaplin y Picasso, pero ¿hacia qué etapa de su desarrollo dirigirse: hacia el nivel en que fue sumido por las clases dominantes o hacia la cúspide hacia donde lo elevaba la Revolución?, era la pregunta. ¿Masividad o elitismo?, simplificaban otros la alternativa. “Debemos propiciar —dijo Fidel— las condiciones necesarias para que todos esos bienes culturales Ileguen al pueblo. No quiere decir eso que el artista tenga que sacrificar el valor de sus creaciones, y que necesariamente tenga que sacrificar su calidad. Quiere decir que tenemos que luchar en todos los sentidos para que el creador produzca para el pueblo y el pueblo, a su vez, eleve su nivel cultural a fin de acercarse también a los creadores [...] Hay que esforzarse en todas las manifestaciones por Ilegar al pueblo, pero a su vez hay que hacer todo lo que esté al alcance de nuestras manos para que el pueblo pueda comprender cada vez más y mejor”.

Cuarenta años después de aquellas sesiones resalta con nitidez su importancia histórica. Aquel diálogo fue el punto de partida de las principales instituciones culturales vigentes. LasPalabras a los intelectuales”, de Fidel Castro, ayudan a comprender por qué, pese a parciales retrocesos, coyunturales nubarrones y desaciertos, la cultura cubana ha atravesado en estos últimos decenios una etapa de desarrollo. Casi dos meses después de las reuniones en la Biblioteca se efectuó el Primer Congreso de Escritores y Artistas. Algunos intelectuales favorecían un arte hermético, evasivo, de espaldas a las realidades de su tiempo, y otros deseaban hacer arte facilista, literatura al por mayor, negligente y barata. Aunque el debate no condujo a una síntesis, el diálogo facilitó una mejor comprensión de las diversas tendencias.

Las “Palabras a los intelectuales”, de Fidel Castro, ayudan a comprender por qué, pese a parciales retrocesos, coyunturales nubarrones y desaciertos, la cultura cubana ha atravesado en estos últimos decenios una etapa de desarrollo. En octubre de 1965 se creó el Partido Comunista de Cuba y algunos escritores y artistas fuimos convocados al edificio frente al Capitolio Nacional. Julio García Espinosa hizo un resumen de las causas de nuestra inquietud y planteó que era muy difícil abrir un diálogo mientras permanecían sin resolver problemas muy espinosos de la cultura. Ambrosio Fornet señaló el preocupante cuadro que ofrecía un aparato cultural debilitado mientras las masas seguían avanzando en su desarrollo educacional; los creadores artísticos estábamos limitados. Sergio Corrieri expresó su inquietud por la reducción de grupos teatrales, lo cual impediría la popularización del teatro. Juan Blanco manifestó con vehemencia su rechazo a quienes consideraban a los artistas parásitos sociales. Retamar aclaró que los intelectuales no manteníamos una actitud esteticista, tal como se nos imputaba, sino que reclamábamos el derecho de usar la búsqueda y el tanteo en la experimentación creativa, de la misma manera que la dirección política lo hacía en el seno de la Revolución. Por mi parte reiteré la inquietud de los debates en la Biblioteca Nacional: ¿a qué nivel educacional del pueblo debía dirigir el artista su obra?

En reuniones ulteriores se añadieron Guillén, Lezama, Alicia Alonso, Portocarrero, Marinello, Portuondo, Pita, Fernando Alonso, Salvador Bueno y Harold Gramatges, entre otros. Carpentier habló de la gran participación de los surrealistas en la resistencia antinazi cuando la ocupación de Francia. Alicia Alonso reclamó que la dotación de medios materiales a la cultura se equiparara con lo otorgado al deporte. Juan Marinello intervino: la esmerada atención al deporte tenía su origen en el tratamiento similar de esa área en los países socialistas. Alicia planteó la necesidad de jerarquizar los valores: no se podía otorgar el mismo reconocimiento social a un intelectual que estudia su arte académicamente durante muchos años, que a uno que se manifiesta intuitivamente.

Aquellas tres reuniones, continuación del diálogo en la Biblioteca Nacional, dejaron un clima de entendimiento entre creadores artísticos y dirigentes. Para todos nosotros, los intelectuales revolucionarios, era más que evidente que una adecuada política cultural de la Revolución Cubana debía llevar implícita la más absoluta libertad de creación, sin olvidar el derecho a experimentar y a equivocarse; también debía incluir una preocupación por la divulgación masiva, por la calidad y por la actualización de técnicas y tendencias. Pero habría, además, que confiar en los intelectuales eliminando reservas, haciéndolos participar de manera funcional en el proceso, utilizando operativamente su capacidad específica dentro de la dinámica social.

Una adecuada política cultural de la Revolución Cubana debía llevar implícita la más absoluta libertad de creación, sin olvidar el derecho a experimentar y a equivocarse.En marzo de 1965 la carta de Che Guevara a Carlos Quijano, director del semanario Marcha, de Montevideo, más conocida como El socialismo y el hombre en Cuba, asestó un golpe letal a las tesis del “realismo socialista”: “Se busca entonces la simplificación, lo que entiende todo el mundo, que es lo que entienden los funcionarios —comentaba el Che—. Se anula la auténtica investigación artística y se reduce el problema de la cultura general a una apropiación del presente socialista y del pasado muerto (por tanto, no peligroso). Así nace el realismo socialista sobre las bases del arte del siglo pasado”.

Las posiciones discrepantes entre los creadores artísticos eran consecuencia de la tardía inserción de la vanguardia intelectual de nuestra generación en el decursar histórico. Fidel había sobrepasado a la avanzada de los políticos y los intelectuales de izquierda con una serie de movimientos rápidos, inusitados, usando caminos desconocidos hasta entonces, para alcanzar el poder y con él la posibilidad de realizar un gran vuelco, de cambiar la vida. Tal como describiera Retamar en su ensayo “Hacia una intelectualidad revolucionaria en Cuba”, publicado en septiembre de 1966, nosotros, la primera generación revolucionaria, éramos los herederos de los intelectuales de la vanguardia, los que hicieron la Revista de Avance, los que insertaron el legado africano en nuestra cultura y se vincularon al marxismo, y también de Orígenes, grupo que supo reconocer la fuerza de nuestras raíces en el siglo XIX, se preocupó por la expresión de “lo cubano” y se dedicó con seriedad a la creación artística. Nosotros, los que fundamos Nuestro Tiempo, y rechazamos activamente la podredumbre de nuestra endeble vida cívica, andábamos disgregados por el mundo, en Roma, Madrid, París y Nueva York, cuando la vanguardia política andaba madurando en la guerrilla montañesa o en la resistencia urbana. Como Che Guevara precisó: “No hay artista de gran autoridad que, a su vez, tenga gran autoridad revolucionaria”. Fuimos sobrepasados y nuestro papel, como postuló Retamar, fue: “[...] recuperar el tiempo perdido, recuperarnos a nosotros mismos, hacernos intelectuales de la revolución en la revolución. Y esto debía hacerse desde una revolución que ya era poder”.

Ahora, 40 años después de aquellos debates, podemos ver nuestros aciertos y errores. Entre estos últimos no contamos, afortunadamente, la implantación de los dogmas estéticos del realismo socialista. La política de apertura se afianzó. En aquella primera década, teniendo como base las “Palabras a los intelectuales”, de Fidel Castro, la Revolución Cubana abrió todas las ventanas a la imaginación.

Nota: Publicado en La Gaceta de Cuba, no.4, julio-agosto, 2001, pp.52-55.