Cruce de estrellas danzarias

Que Cuba es una plaza importante del ballet quedó demostrado, con creces, el pasado 20 de agosto en la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso. Una agradable sorpresa, un regalo danzario/visual llegó a unas centenarias tablas en el caluroso verano cubano.

Utilizando un mismo idioma, estrellas internacionales del ballet de Rusia, Estados Unidos, Japón, Italia, Ucrania, Canadá y Cuba, todos, primeros bailarines de las más célebres compañías del orbe, se reunieron, por vez primera, en una gala única, un hermoso regalo para nuestro público conocedor, que desbordó el coliseo de Prado más allá de sus paredes, pues, en una inmensa pantalla ubicada al costado del teatro (calle San José) paseó también la importante función. Según comentaron los organizadores en rueda de prensa previa —el Consejo Nacional de las Artes Escénicas, del Ministerio de Cultura de Cuba, e Improvedance, de Cincinatti (Estados Unidos)—, la gala pasará próximamente por nuestra pequeña pantalla.

Fue un espectáculo ágil y variado —que ojalá se repita—, conformado por los más diversos estilos clásicos, escuelas, maneras de abordar la danza y las coreografías, en el que los danzantes entregaron su energía y talento en cada pieza. Ellos fueron muy ovacionados por un público liderado por la Maestra, la prima ballerina assoluta, cubana y universal, Alicia Alonso. Ella, firme y vigilante, cual nuestra palma real en su usual paisaje de danza, participó del importante instante, junto con otras estrellas del Ballet Nacional de Cuba en sus distintas generaciones, maîtres, alumnos, especialistas y amantes de este arte. Es importante de destacar que, además de entregar su baile, las destacadas figuras participantes, a partir de declaraciones filmadas/mostradas en una pantalla en el proscenio antes de cada obra, hicieron palpable la importancia que ellos, personalidades de renombre del ballet en el siglo XXI, conceden a la Escuela Cubana de Ballet, a sus bailarines, profesores, al público muestro y, por supuesto, a la inmensa bailarina que junto al grupo fundacional encabezado por Fernando y Alberto Alonso, comenzó esta obra en 1948 y así sembraron esa semilla que nos enorgullece de ser cubanos.

Un canto a la amistad

La Gala trajo obras cumbres del ballet clásico y algunas piezas contemporáneas, y fue la oportunidad de ver reunidos en la escena a célebres figuras del ballet clásico actual. La noche se inició con La sílfide (pas de deux), de Auguste Bournonville. La música de Jean Schneitzhoeffer inundó la sala, y una magia particular acercaron los jóvenes Misa Kuranaga y el cubano Rodrigo Almarales, primeros bailarines del Boston Ballet y del Cincinatti Ballet, respectivamente.


Fotos: Kike


El escenario lo ocupó, seguidamente, la pareja de Iana Salenko (primera bailarina del Ballet Estatal de Berlín) y el primer bailarín del Royal Ballet, Matthew Golding, quienes unieron sus fuerzas en el Cisne negro. La coreografía de Petipá motivó una vez más al auditorio para coronar con fuertes aplausos las ejecuciones de los danzantes, que dieron muestras de virtuosismo, tanto en sus solos como en la labor de pareja. Bells Pas de deux, de Yuri Possokhov, regaló un instante de pura magia y trajo a dos singulares intérpretes: María Kochetkova/Carlo Di Lanno (primeros bailarines del San Francisco Ballet). Un cerrado aplauso llenó el coliseo, que agradecía una labor de alto sentido estético que rozaba hasta los diseños de vestuario, pues, en breves minutos, la pieza esboza posibilidades válidas al traducir conceptos al lenguaje de la danza, en la que la energía física alcanza altos instantes en un baile que desprende ternura/sensualidad.

Clases de estilo/actuaciones…

Con su desmesurada presencia y, por supuesto, baile, Semyon Chudin (primer bailarín del Ballet Bolshoi) y Jurgita Dronina (primera bailarina del Ballet Nacional de Canadá), entregaron una clase de estilo en el pas de deux del tercer acto de La bella durmiente.


 

Fue un momento de particular belleza, un baile supremo en el que se constató el resultado de una buena preparación técnica, el físico indispensable para que luzca mejor el puro diseño de los movimientos y la orgánica asimilación del estilo no perdido nunca de vista, a través de las exigencias de este pas de deux; algo que volvieron a mostrar ambos artistas —en la segunda parte del programa— en el pas de deux del segundo acto de Giselle, donde aparecieron nuevamente con desbordante elegancia y perfección, al abordar esta pieza cumbre del Romanticismo.

Una verdadera explosión de vitalidad y energía, que arrancó una de las más sonadas ovaciones de la jornada, apareció con el dúctil y espigado primer bailarín del American Ballet Theater, Daniil Simkin en Le bourgeois, firmado por Ben Van Cauwennergh y música de Jacques Brel. El excepcional bailarín, cuya piel y corazón están espontáneamente aliados con la danza, ataviado de una enorme ductilidad, se lanzó a una intrincada combinación de pasos con fuerte técnica: giros y saltos descomunales entrelazados en un tiempo veloz, con virtuosismo sin par.


 

En la primera parte hubo mucho más. El italiano Carlo Di Lanno regresó con el estreno del solo Painting Greys, de Myles Thatcher, donde mostró nuevamente su clase; y cerró por lo alto con el pas de trois de El corsario, interpretado magistralmente por la  cubana Aidarys Almeida, Joseph Michael Gatti —ambos primeros bailarines internacionales— y Matthew Golding. Con su excelente quehacer escénico subieron la temperatura del auditorio con virtuosas ejecuciones que desataron fuertes ovaciones.

Una noche de virtuosismo extremo

La segunda parte trajo otros gratos instantes para seducir ampliamente al público. Entre otros, la desbordante interpretación/ejecución del célebre Iván Vasiliev —primer bailarín del Ballet Mijailovski y del ABT, y ya conocido del espectador cubano—, quien se unió en el pas de deux de Las llamas de París a Iana Salenko. Ambos bailaron con mucha pasión y conquistaron al auditorio, que los premió con una de las más sostenidas, entusiastas y prolongadas ovaciones de la noche. No es solamente baile virtuoso, sino interpretación, técnica, intensidad…, patentes en cada movimiento.


 

Otros minutos para el recuerdo vinieron de la mano de Misa Kuranaga, quien volvió a las tablas con La muerte del cisne, para recrear una poética que transmite la eterna lucha entre la vida y la muerte. Los cubanos Adiarys Almeida/Rodrigo Almarales se reunieron en la coreografía de este último titulada Chor. No. 2, que dejó una agradable estela de frescura e interpretación técnica de los jóvenes, quienes hicieron palpables sus excelentes condiciones.


 

Don Quijote, pas de deux del tercer acto, fue un fértil terreno en el que María Kochetkova/Daniil Simkin llegaron palpitantes al público con una entrega de alto vuelo danzario. Como colofón, y al ritmo de salsa, salieron todos los bailarines a saludar a un público que los ovacionó hasta el delirio. La Gala fue, en pocas palabras, un preámbulo al 25 Festival Internacional de Ballet de La Habana, que llenará de danza la capital entre el 28 de octubre y el 6 de noviembre, amén de acercar a la escena cubana a destacadas figuras y coreografías que ejemplificaron modos diversos de entender la danza en el tiempo.