Crónicas de vida: historias del tío Felipe, o de cómo Dulzaides se nos hizo música y placer

Siempre hay un tío en la familia que es el preferido; bien puede ser carnal o político. A veces ese tío se asume por simpatía o por la convivencia; en otros casos, se suele llamar tío a aquella persona a la que se le profesa determinado afecto, aunque la cercanía no sea superior a unos escasos cinco metros de distancia. De alguna manera, todos hemos tenido a alguien que reúne estas características.


Fotos: Internet


En mi caso, soy un afortunado: mi número de tíos preferido es tres y, curiosamente, todos responden al nombre de Felipe; aunque solo a dos ellos me unen lazos sanguíneos. Al tercero lo fui asumiendo según pasaron los años ─que, bien vistos, no fueron más de siete─, en la medida en que gané admiración por su trabajo y me convertí en un asiduo visitante de aquel lugar donde siempre estaba. 

Don Felipe Dulzaides. Así me fue presentado formalmente una tarde noche del año 1983 en la entrada del Bar Elegante del habanero Hotel Riviera; aunque le conocía desde antes, pues mi padre y algunos colegas suyos hablaban de él, y en casa había alguno de sus discos con Los Armónicos, el grupo que había fundado en los años 50. También tenía amigos que estudiaban música en esos tiempos y no dejaban pasar la oportunidad de ir a escucharle, a la espera de que les invitara a participar de su pequeño concierto cotidiano, mientras yo les acompañaba. La ciudad vivía, en esas fechas, la aventura del Festival Jazz Plaza.

Me estrechó su mano huesuda, cuya punta de los dedos estaba tan saturada de nicotina como su respiración, mientras apretaba con el brazo un manojo de partituras. Eran unas manos pequeñas.

Felipe Dulzaidez entró y se sentó en una mesa al final de la barra del que había sido su cuartel general durante más de 20 años, y uno de los dependientes, tras saludarlo, le sirvió un largo vaso de agua. El lugar se había ido llenando de parejas y personas que venían a disfrutar de su música, pero también de sus amigos. No pasaban de las siete de la noche cuando todos sus músicos estaban ante los atriles y él, de forma inspiradora, comenzó con las notas de un tema clásico del jazz: “Una noche en Túnez”, del trompetista Dizzie Gillespie, un estándar que ha estado en el repertorio de los jazzistas cubanos desde hace 30 años y no parece desaparecer. Después volvió con temas del cine americano. Era la música de Cole Porter, de Arthur Bernstein y otros más. Así pasaron los primeros 40 minutos y, aunque el lugar no era una sala de concierto, había silencio total. El servicio se había paralizado y algunas parejas allí presentes, más que conversar, se tomaban de la mano extasiados.

Felipe era el homenajeado en el Festival de Jazz de ese año; pero en su modestia, solo había acudido a la noche inaugural cuando algunos músicos que una vez formaron parte de sus Armónicos, organizaron una descarga en su honor; primero fue su sobrino Sergio Vitier a golpe de guitarra, tocando aquellos temas que le enseñó en la infancia y en la primera juventud cuando aún era estudiante en el Instituto de la Víbora; después vinieron muchos temas y algunas complicidades al piano entre Emiliano Salvador y un naciente Gonzalo Rubalcaba. Había muchos amigos con ganas de tocar, y esa fue la última vez que Leonardo Acosta tocó el saxofón en público y que Rembert Egües regresó al vibráfono con la misma pasión de los años 60, haciendo dúos con el bajista Carlos del Puerto padre. Como colofón de esa noche, Felipe estrenó una pieza que recién había compuesto y que tituló “Alexander”.

jazzista Felipe Dulzaides
 

Aquellos que fueron sus músicos durante años rieron atronadoramente, y es que en el Bar Elegante, donde siempre trabajaba, se comentaba que hacían los mejores Alexander de Cuba y que Felipe siempre bebía uno en el intermedio de sus presentaciones, pero debía venir acompañado de un largo vaso de agua efervescente.

Durante esos mismos años ochenta, el Festival Jazz Plaza siguió ganando fama tanto dentro como fuera de Cuba. En el Hotel Riviera se alojaban los músicos extranjeros que venían al mismo; y fue una sorpresa ver entrar una noche a Gillespie, algunos de sus músicos y al baterista Max Roach, los cuales, entusiasmados, fueron por sus instrumentos y regresaron a los años en que hacer “jazzing” era su razón de ser. A nadie en el lugar importó que a las cinco de la mañana todavía hubiera público y música en el lugar. Aún la sensibilidad y el sentido común coincidían con la música, la cultura y el buen gusto.

Alguna de las tantas veces que conversamos, Felipe me comentó cómo formaba su repertorio: ensayaba, escuchaba música, transcribía o buscaba arreglos en casa de su amigo Armando Romeu, brillante músico y jazzista a quien me invitó a conocer. “Romeu es el sabio y yo el obrero”, me comentó mientras encendía un cigarro, que debía ser el quinto desde que estábamos hablando.

Para ese entonces, ya su nombre era referente del jazz latino dentro y fuera de Cuba; tanto, que se le consideraba uno de sus fundadores, pero, a diferencia de algunos colegas, su trabajo no se basaba en la saturación de virtuosismo en cada presentación; era lo opuesto. Su música era discreta, hermosamente discreta y emocional; sin embargo, estaba siempre pendiente del trabajo de los jóvenes músicos. A él se debe la difusión de parte de la música de Emiliano Salvador —sobre todo los temas “Una mañana” y “Angélica”—, quien no perdía ocasión de pasar por el Elegante y, si se lo permitía el maestro, hacer algún que otro tema.

Pero Felipe y el Elegante tenían competidores en el Bar del Habana Libre. Allí estaba el saxofonista Nicolás Reinoso con un piquete musical parecido al de Felipe. Ninguno de los instrumentistas era conocido en ese momento, pero eran muy talentosos, con un repertorio de clásicos de la música universal y del jazz. Ambos músicos se visitaban y se mostraban respeto. Nicolás le profesaba tal admiración, que le consultaba arreglos y hasta ensayaba algunos de sus temas para visitarle en el Elegante y modestamente sentarse a un atril.

Entonces hacer sopa, que era una forma de llamar a la música que acompañaba comidas y tragos, no era vergonzoso ni denigrante, como ocurriría años después.

Así fui viviendo la música de Felipe Dulzaidez, al que alguna vez llamé “tío”; era una deferencia que permitía a aquellos que estaban cerca de su música y que amaban el jazz. Ahora era “el tío Felipe”, que formaba parte de mi vida y que siempre me dejaba un sitio en aquella mesa al final de la barra junto con un largo vaso de agua.

Una tarde de 1990 volví al Bar Elegante como solía hacer al menos una vez a la semana. Felipe no estaba ya, no estaría nunca más y aquella mesa al final de la barra la habían retirado, el escenario situado sobre las neveras estaba a oscuras y el sitio estaba vacío.

En su lugar, llamaron a la pianista Freída Anido, una mujer que dominaba todo un repertorio de jazz y música internacional intenso. Había estudiado primero en Santa Clara y después en La Habana, había conseguido parte del repertorio de Felipe y lo dominaba; pero era mucha carga para ella, tanto, que sentía la mirada del maestro mientras tocaba cualquier tema, el mismo maestro que alguna vez le llamó para que trabajara con sus músicos en diversos lugares.

El sentido común y el buen gusto se fueron junto con Felipe del Bar Elegante. Ha pasado casi un cuarto de siglo desde aquella, mi última visita, y aunque el lugar es el mismo, ya no tiene el encanto de tiempos pasados. Los que hoy le habitan desconocen esta historia y las que le rodearon; para ellos, el sitio no es más que un bar. Ya ni siquiera puedo tomar un Alexander en memoria de ese tío Felipe, y la buena música, como otros tantos placeres, ha sido desterrada de este sitio.