Crónica para/desde Buitrago: ¡Victorina cumple 100 años!
Fotos: Cortesía del Centro Pablo

Desde hace dos días estoy escribiendo esta crónica. Desde luego no he estado todo ese tiempo frente a esta pantalla iluminada, tecleando, como ahora hago. Pero la he estado escribiendo/pensando/recordando/reviviendo desde que recibí este correo electrónico de Alfredo Moreno, fotógrafo y hermano solidario, que realizó la exposición de refotografías Pablo en Buitrago, (La Habana-Nueva York), con la participación de Enrique Smith y Yolanda del Amo, dentro del Salón de Arte Digital de año 2011.

Alfredo, además de un excelente artista, es un pabliano de corazón y un buitragueño de adopción, porque de allí es la familia de su esposa Alicia. Por todo ello, cuando aún no nos conocíamos, Alfredo envió un mensaje al Centro Pablo diciendo que en uno de nuestros sitios digitales había encontrado una foto de Pablo de la Torriente Brau, de pie, con la iglesia de Buitrago al fondo, y que le gustaría hacer un trabajo de refotografía a partir de la presencia del cronista en Buitrago en octubre de 1936. Un rápido intercambio de mensajes desató la realización de aquella formidable idea, a la que se sumó la colaboración del fotógrafo cubano Enrique Smith y la fotógrafa española (profesora de Ramapo College, Nueva Jersey) que incorporaron la presencia de Pablo en locaciones de La Habana y Nueva York, respectivamente.

El mensaje de Alfredo que hizo necesaria esta crónica decía, dice:

Hola Ví­ctor,

Te escribo para comunicarte, que el pasado sábado 27 de febrero cumplió Victorina 100 años. Un grupo de personas de Buitrago la homenajeamos yendo a su casa a felicitarla y a hacerle entrega de unos ramos de flores y un pequeño dossier (libro) de artí­culos, noticias y fotografías sobre su vida. Nos recibió con su sonrisa perenne y saludamos a la familia, entre ellos a Victor, Ricardo y Virginia.

El acto fue breve, debido lógicamente a su salud, pero muy intenso y emocionante.

No te he podido avisar antes, porque hasta el último momento tampoco yo lo sabí­a. Di recuerdos en tu nombre. Próximamente te mandaré algunas fotos del acto.

Aquí­ abajo te remito un enlace que ha aparecido en un periódico local.

Un abrazo,

Alfredo

pd_ Si te apetece escribir algo, yo se lo hago llegar y lo sumarí­amos al dossier.

Me apetece tanto que estoy aquí ahora, dos días después, para poner juntas las líneas que siguen y cumplir con Victorina: es decir, cumplir con el alegre encargo de felicitarla, recordándola, en su centenario, a nombre de toda la gente del Centro Pablo.


 

Alfredo efectivamente envió varias fotos del momento que narra y he vuelto a ver a Victorina, ahora rodeada de los afectos de la familia y los amigos, en la salita de su casa en Buitrago, donde varias veces hemos conversado, a lo largo de estos años, desde que filmamos allí escenas para el documental Pablo, en 1976, junto a Raúl Rodríguez, Mario Crespo y otros compañeros del ICAIC. Entonces Victorina nos recibió, sonriente y vestida totalmente de negro, una expresión del luto traído desde muchos años atrás. Tenía esa “sonrisa perenne” que menciona Alfredo ahora en su mensaje y gracias a ella pudimos filmar los sitios relacionados con Pablo en Buitrago, la memoria de la guerra civil española que descansa aún en esas piedras y el testimonio del combatiente internacionalista cubano Francisco Maydagán, que habíamos llevado desde Cuba para preguntarle, sobre el terreno (en Madrid y en Buitrago), acerca de la presencia de Pablo en la contienda española.


 

Aquella señora canosa y sonriente, de piel blanca y lisa, que nos abría la puerta de su casa (donde radicaba a la vez la carnicería de Buitrago, situada en la Plaza principal del pueblo) era la hija de Víctor Rodrigo, el alcalde de Buitrago en octubre del 36, cuando Pablo subió allí, a Somosierra, para documentar y difundir la resistencia de los madrileños que habían detenido en aquellos parajes, a 70 kilómetros de la capital, el avance de las fuerzas franquistas, y habían puesto bajo custodia el agua de Madrid, que llegaba desde allí hasta la capital, garantizando ese imprescindible recurso natural para la ciudad sitiada.


 

Victorina rememoró entonces la llegada de aquel periodista cubano que “tenía cara de listo”, y que entrevistó, frente a ella y sus hermanos, a su papá, Víctor Rodrigo, “un alcalde de la revolución”, según el título final del trabajo periodístico de Pablo. El cronista describió así a Victorina —que ahora ha cumplido felizmente 100 años— cuando escribió en sus notas y en la entrevista final:

Una hija, una muchacha vestida con bata de baño blanca, porque “le tocaba cocinar en el hospital”, no sin mucha satisfacción ingenua preludió el relato diciendo:

—Papá fue el primer herido de la Sierra...

A partir de la sugerencia de Victorina, su padre contó a Pablo cómo había sido herido, a la entrada del túnel que entra en la montaña, ya pasado Buitrago:

… me fui en un coche con dos paisanos y un guardia de asalto. Y todo fue bien hasta que llegamos frente al túnel que atraviesa la montaña. Ya era tarde y ellos habían llegado. Nos dejaron llegar hasta muy cerca, emboscados, y nos abrieron fuego cuando no podíamos doblar. Les hicimos frente desde el coche hasta que se nos acabaron las municiones. Dentro del coche murieron mis dos amigos paisanos. Yo tenía un balazo en el hombro, y el guardia de asalto otro en la pierna. Cuando ellos vieron que no respondíamos al fuego, se acercaron y nos tomaron prisioneros.

Por suerte, don Víctor pudo escapar de sus captores, entrando al túnel de 4 kilómetros que atraviesa la montaña: “Cuando vinieron a darse cuenta, ya ni nosotros mismos nos veíamos uno a otro, y como ellos tenían mi carnet, gritaban: «¡Víctor... Víctor!», pero no se atrevían a perseguirnos porque sabían que, dentro del túnel, un hombre con una piedra en la mano mata a cualquiera sin que lo vean”. Cuando llegaron a la mitad del túnel, “le dije al guardia, después de escuchar que no nos seguían: “¡Aquí echamos un pitillo!...” Y nos pusimos a fumar, procurando tapar la candela”.

Después de filmar en Buitrago para nuestro documental Pablo, volví varias veces allí, a veces acompañado de María Santucho, y juntos compartimos el té o el café en el patio trasero de la casa, que da a las viejas murallas, escuchando las noticias de Victorina sobre sus hermanos y sobrinos o sobrinas, entre los recuerdos que siempre regresan, a pesar del paso del tiempo. Allí supimos de los años posteriores a la derrota republicana, cuando tuvieron que enfrentar y resistir los intentos de humillación por parte de los vencedores. Todos, menos un hermano que emigró a Francia, quedaron viviendo en la carnicería de Buitrago, frente a su plaza principal, donde años, décadas atrás zumbaban los obuses lanzados por el enemigo cercano y un periodista de una isla lejana llegaba con su libreta de notas y su chaqueta oscura a convivir con los milicianos en las trincheras e incluso a polemizar desde ellas con el enemigo fascista, llevando la voz de América y las verdades republicanas a los aires de Buitrago.

Una de las hermanas de aquel cronista, Ruth, madrina querida del Centro Pablo, estuvo en alguno de esos encuentros, junto a Carmen Carreras y la gente amiga de la Asociación Pablo de la Torriente Brau de San Fernando de los Reyes, llegados para conocer aquellas trincheras que todavía se mantienen en la geografía buitragueña y para visitar a aquella muchacha vestida con bata de baño blanca, porque “le tocaba cocinar en el hospital”, Victorina Rodrigo, la misma que ahora, felizmente, según me cuenta Alfredo Moreno, ha cumplido 100 años.


 

Recordando/escribiendo esta crónica he vuelto a leer la entrevista de Pablo a don Víctor Rodrígo, “Un alcalde de la revolución”, donde el cronista nos habla de Buitrago, “un típico pueblo castellano, en un valle pequeño a las faldas de la Sierra de Guadarrama, por el camino a Somosierra. Callejuelas torcidas con casas blancas de cal o de piedra viva, o de argamasa, con rústicos balcones de solana, y calles pendientes por las que pasan los pastores con sus rebaños de ovejas color de polvo, que suenan sus esquilas como un lamento antiguo e interminable. De vez en cuando, también las vacas lecheras pasan pastando por el pueblo, camino del Lozoya, a beber, y regresa, sobre un pollino color de roca, el campesino que vuelve de la era”.

También en homenaje a Pablo, en el año 80 de su caída en combate en Majadahonda, defendiendo el Madrid agredido, propongo que esa formidable entrevista acompañe esta crónica con que felicitamos a Victorina en sus (nuestros) 100 años queridos.

UN ALCALDE DE LA REVOLUCIÓN
Buitrago es un típico pueblo castellano, en un valle pequeño a las faldas de la Sierra de Guadarrama, por el camino a Somosierra. Callejuelas torcidas con casas blancas de cal o de piedra viva, o de argamasa, con rústicos balcones de solana, y calles pendientes por las que pasan los pastores con sus rebaños de ovejas color de polvo, que suenan sus esquilas como un lamento antiguo e interminable. De vez en cuando, también las vacas lecheras pasan pastando por el pueblo, camino del Lozoya, a beber, y regresa, sobre un pollino color de roca, el campesino que vuelve de la era.

Tiene Buitrago aire poético de rústica simplicidad, pero tiene, también, la majestad de su historia, que se manifiesta en sus ruinas seculares y en los escudos heráldicos que campean sobre los dinteles de algunas de sus edificaciones.


 

En un tiempo, todo el pueblo estuvo dentro de los muros del castillo, que aún se conservan. Y el castillo, del cual fue uno de los señores aquel don Íñigo López de Mendoza, que fue el primer marqués de Santillana, guerrero y poeta insigne, conserva, para el arqueólogo, para el poeta o para el historiador, recuerdos infinitos.

“Un alcalde de la revolución”, crónica fechada por Pablo en Madrid el 18 de octubre, es una viva semblanza de Buitrago de Lozoya, “un típico pueblo castellano, en un valle pequeño a las faldas de la Sierra de Guadarrama, por el camino a Somosierra”. Situado a más de 70 kilómetros al norte de Madrid, Buitrago es parte sensible y esencial de la vida y la lucha del cronista en tierra española: allí conoció a Paco Galán y a Campesino, vivió con los milicianos el enfrentamiento cercano con los agresores que querían controlar desde ese sitio estratégico el agua de Madrid y polemizó con el enemigo a viva voz “bajo la noche lunar”.

La iglesia de Santa María, con su bella torre mudéjar, recuerda la dominación de los árabes; los pilares de los viejos puentes evocan la memoria de aquel régulo que se llamó Corribilón, en Litabrum, la antigua Buitrago, que menciona Tito Livio; y las cinco torres que empinan el castillo sobre las márgenes del Lozoya, frente a una ladera de encinares, encierran páginas inolvidables, muchas de ellas sombrías, de la historia de la Edad Media española.

Cuando la conquista de Toledo, en 1085, por Alfonso VI, Buitrago volvió a manos cristianas, y Sancho IV, el Bravo, y Fernando IV, el Emplazado, le concedieron privilegios. Después el pueblo, frente a su señor don Pero González de Mendoza, estuvo por el rey Pedro el Cruel, frente al pretendiente Enrique de Trastamara.

Y en el castillo vivió Diego Hurtado de Mendoza, almirante de Castilla; y la reina Juana, la impúdica mujer de Enrique el Impotente; y la Beltraneja, rival de Isabel la Católica.

Por último, a su retirada de Madrid, los franceses quemaron el castillo y destruyeron sus mejores riquezas. Desde entonces, aunque declarado monumento nacional, nada se ha hecho por repararlo. Y se alza, junto al rumor imperceptible del río, con el silencio de la ruinas.

Hoy, los milicianos que ocupan el pueblo, suben a las murallas a pasear por los adarves y contemplar a la distancia nuestro pueblo de Gascones, y poco más lejos aún, el de Briojos, que está en poder de los fascistas. Desde los muros, y desde la torre de la iglesia, en cuyo techo las cigüeñas han hecho sus monumentales nidos, se contempla el cañoneo en los días de combate, y hasta las muchachas suben allá “para no perderse el espectáculo”.

Pablo hizo numerosos apuntes en su libreta el 3 de octubre acerca de la historia y la vida de Buitrago. También anota el título de un libro que quizás le sirvió de bibliografía sobre el tema: ―Castillos de Buitrago y Real de Manzanares, Fco. Layna Serrano, 1935—.

Porque hoy Buitrago ha vuelto a sus días de gloria militar, y a su escudo, en el que campea la potencia de un toro embistiendo y el verdor de una encina, habría que añadir ahora el lema: “No pasarán”, orgullo y sostén de los hombres que defienden el agua de Madrid.

De este pueblo, habitado hoy en su gran mayoría por las tropas de la revolución, es alcalde Víctor Rodrigo, un español de madura edad, con algunas canas en la cabeza, robusto cuerpo y ojos de brillo juvenil.

La primera vez que fui a hablar con él, me dijo:

—Usted perdone. Ahora me voy a reunir con los “industriales”, que tenemos problemas a tratar.

Pablo narra en esta crónica la vida de Víctor Rodrigo, “el primer herido de la Sierra”, convertido en “un alcalde de la revolución” durante aquellos días de febriles acontecimientos. Victorina, la hija de aquel alcalde, a quien Pablo vio entonces como “una muchacha vestida con bata de baño blanca, porque le tocaba cocinar en el hospital”, ofrecería muchos años después, a finales de la década del 70, en la misma carnicería donde Pablo entrevistara a su padre, un testimonio memorable para el primer documental que realizó el cine cubano sobre la vida del cronista.

Los “industriales” eran, el boticario, dos tenderos, dos carniceros y algunos dueños de unas pocas vacas. Y él, aparte de ser alcalde, era también un “industrial”, dueño de una carnicería, en la cual pude verlo al atardecer, rodeado de hijos, de amigos, de perros amables, al pie de una escalera blanca de la que colgaban jaulas de canarios y jilgueros.

Verdaderamente, Víctor Rodrigo, con su boina negra, su tipo, a un tiempo de guerrillero y de “industrial”, su gran simpatía humana, era la figura de alcalde de un pueblo de la revolución.

Mi visita a él fue de gran interés para mí. De vez en cuando, una hija o un hijo, adolescentes, añadían algo al relato del padre; la mujer, en la mesa al lado, con el hacha partía los huesos de una res; algún vecino entraba a cada rato a dar cuenta de alguna actividad, y el secretario del Ayuntamiento, un viejecito simpático, completaba los olvidos biográficos del alcalde.

Y como era al atardecer, pronto comenzaron los fascistas su cañoneo vesperal contra el pueblo. Un perro se levantó con calma y salió a la calle, como a enterarse. Otro, abrió un ojo y se viró de lado. La mujer entró para decir:

—Son unos mierdas. Ya ni les explotan las balas.

Y, en efecto, dos granadas caídas en el patio de la carnicería no hicieron explosión.

El Alcalde, como justificando, me dijo:

—Ya estamos acostumbrados. Todos los días, mañana y noche...

Víctor Rodrigo no era alcalde de Buitrago al estallar la traición. Era sólo concejal del pueblo.

Pero el Ministro de la Guerra, aquel inolvidable 19 de julio, acordándose de que Buitrago era la llave del agua de Madrid, llamó con urgencia al Alcalde. Se le respondió que había huido y entonces supo que no quedaba en el pueblo más autoridad civil que el último concejal, don Víctor Rodrigo. Este se puso al aparato y se enteró de la gravedad de la situación.

—Pierda usted cuidado, señor Ministro, respondió, e investido ya de toda la autoridad, requisó los revólveres de los serenos del pueblo, y en un automóvil con un guardia de asalto y dos paisanos de su confianza, se internó en los caminos de las montañas, para llegar al puerto de

Somosierra y otear desde allí los avances del enemigo.

Una hija, una muchacha vestida con bata de baño blanca, porque “le tocaba cocinar en el hospital”, no sin mucha satisfacción ingenua preludió el relato diciendo:

—Papá fue el primer herido de la Sierra...

—Sí —completó el Alcalde—. Como ya le dije, me fui en un coche con dos paisanos y un guardia de asalto. Y todo fue bien hasta que llegamos frente al túnel que atraviesa la montaña.

Ya era tarde y ellos habían llegado. Nos dejaron llegar hasta muy cerca, emboscados, y nos abrieron fuego cuando no podíamos doblar. Les hicimos frente desde el coche hasta que se nos acabaron las municiones. Dentro del coche murieron mis dos amigos paisanos. Yo tenía un balazo en el hombro, y el guardia de asalto otro en la pierna. Cuando ellos vieron que no respondíamos al fuego, se acercaron y nos tomaron prisioneros. Bueno, esto era una represalia, porque había olvidado decir a usted que ya antes habíamos dado otro viaje, y que durante él, haciéndonos los que teníamos descompuesto el coche, habíamos permitido que se nos acercaran cuatro fascistas a los que hicimos prisioneros y trajimos para Buitrago. Esto que le cuento fue el segundo viaje.

—Don Víctor, dígale ahora cómo fue que se escapó —le dijo el secretario del

Ayuntamiento, don Mauricio Cobertén.

Y don Víctor, casi con el recuerdo alegre de aquellos momentos angustiosos, me hizo el relato de cómo pudo escapárseles a los fascistas.

—Bueno, fue la suerte. Yo “por suerte”, tenía mi carné de Izquierda Republicana —porque he sido republicano toda mi vida—, y al verlo me dijo uno: “Tira, tira por ahí...” Y me metieron en el túnel, junto con el guardia de asalto, para fusilarnos a los dos. Yo ya me había dicho: si me meten en el túnel me escapo. Ahora que si nos dejan fuera para fusilarnos no tiene remedio la cosa, claro está. En el túnel ya variaba el asunto, porque, figúrese usted, tiene cuatro kilómetros de largo por debajo de la montaña, y a poco que se camine en él, ya está oscuro, y poco más lejos no se ve ni donde uno pone el pie... y calcúlese, yo que me conozco todo esto...

—Pero cuéntale lo del otro coche, papá —intervino un hijo.

—Sí, hombre, sí —aprobó el Alcalde—. Si por eso ya le advertí que es que tuvimos suerte.

Porque sucedió que apenas nos llevaron para el túnel, se escuchó en la carretera el ruido de otro coche... Y ahí sí fue donde yo las vi negras. Pensé que en él venía un hijo mío. Pero ellos tuvieron picardía, porque al ver en el camino un coche ametrallado, cerca de la boca del túnel, pensaron bien y pusieron el suyo en dirección para acá antes de explorar. Y cuando les abrieron fuego pudieron huir. Nosotros, mientras tanto, aprovechamos el que los fascistas, al vernos heridos, pensaron que no podíamos escapar, y nos internamos por el túnel apenas comenzó el tiroteo. Cuando vinieron a darse cuenta, ya ni nosotros mismos nos veíamos uno a otro, y como ellos tenían mi carnet, gritaban: “¡Víctor... Víctor!”, pero no se atrevían a perseguirnos porque sabían que, dentro del túnel, un hombre con una piedra en la mano mata a cualquiera sin que lo vean. Además, eran pocos y tenían que cuidar su puesto. Nosotros, dándonos ánimo uno al otro, el guardia de asalto cojeando y yo sujetándome un brazo, llegamos hasta la mitad. Allí le dije al guardia, después de escuchar que no nos seguían: “¡Aquí echamos un pitillo!...” Y nos pusimos a fumar, procurando tapar la candela.

—¿Y la salida? —le pregunté, interesado en aquella fuga espectacular.

—¡Ah! Eso fue lo difícil. Todo lo hicimos oyendo nada más. Y paso a paso, para que no rodaran las piedras, por si había guardia. Yo sabía que a la salida había un terraplén muy brusco que daba al valle, y cuando ya estábamos cerca de la boca del túnel dimos una carrera, y sin saber ni cómo, él cojo y yo manco, saltamos el contén y nos tiramos por el terraplén. Y así fue como les escapé a los fascistas —terminó don Víctor Rodrigo, con una cara de satisfacción que casi permitía creer que con gusto pasaría de nuevo por el peligro.

Hay hombres que conservan de los recuerdos dramáticos esa esencia de alegría que da la audacia, y que muchas veces se traduce en humorismo del mejor.

El Alcalde de Buitrago, sin él saberlo, es humorista... Por eso me contó, con cierta sorna, que una vez pasado el peligro se apareció el Alcalde, y el Teniente-Alcalde y alguno que otro concejal a tomar posesión de los cargos de nuevo.

—Por fortuna —dice—, apenas llegaron comenzó el cañoneo y tomaron las de Villadiego. Y por eso me tiene usted ahora de Alcalde. Porque además, el general Bernal y el capitán Gallo, se fueron al Ministerio y aclararon que aquí no había más Alcalde que yo.

—¿Y qué, le interesa la alcaldía? —le pregunté.

—Hombre, le diré. Ahora, mientras esté esto en peligro, sí. Después, no. Después veremos a ver cómo reconstruimos a España.

La vitalidad que hay en este hombre, y su sentido optimista de las cosas, se traduce también en su visión de la España futura.

—Mire —me dijo—, yo conozco a España. Yo he sido campesino, pastor, ganadero, carnicero. De todo. La primera carrera que me dieron, fue labrar. Y España es rica. España tiene aceite, uvas, naranjas, arroz; tiene ganados numerosos; minas. España tiene de todo. Por muy mal, muy mal que quedemos, en cuatro años, si nos dejan, la reconstruiremos. Y estará mejor que nunca. Porque hasta ahora España ha sido pobre, porque ha sido para unos cuantos nada más. La energía acumulada en la guerra, el pueblo la aplicará en la paz.

Y el Alcalde de Buitrago, siempre optimista, piensa que vendrá un acuerdo entre los socialistas y los republicanos para beneficio del trabajador y del pequeño propietario.

—Porque no vaya a pensar usted que somos burgueses —interviene la mujer, porque nos vea con esta pequeña carnicería. Esto es para comer y trabajar. Nada más. Y no sabe usted cómo nos han perseguido los cochinos fascistas, sólo por ser republicanos. Nos han tenido sitiados.

—Papá, vienen trimotores y no se sabe qué son —dijo un «chavalito» que entraba.

—Bueno, hombre, pues vamos a ver qué son.

—Y el Alcalde de Buitrago, con su familia, salió a la plazoleta del pueblo a ver qué clase de trimotores eran los que venían, amigos o enemigos.

Madrid, 18-10-1936