Crónica de la (doble) memoria

No encuentro manera mejor para nombrar, desde el título de esta crónica urgente, lo que sucedió, dos noches atrás, en Camallera, Cataluña, cuando mostramos allí el documental Pablo durante la Temporada Baixa de la Casa de la Cultura de esa comunidad.

El hecho mismo puede narrarse sintéticamente en dos líneas: la gente amiga de la Casa de Cultura, con el impulso inicial y sostenido de un hermano múltiple y querido, Pere Camps, director del Festival de la Canción de Barnasants, decidió exhibir en su programación el documental que realizamos en el Instituto Cubano del Arte de Industria Cinematográficos (ICAIC) en el año 1976-77, para recordar la vida y la obra de Pablo de la Torriente Brau.

Los ecos, las connotaciones de esta acción cultural, rebasaron la hora de proyección audiovisual, y la noche acercó memorias aparentemente lejanas para vibrar juntos al calor de los recuerdos visuales o la palabra explicadora.

La introducción a esos momentos estuvo a cargo de nuestro amigo Jaume Torrents, presidente de la Casa, abogado, animador cultural sensible y activo que lleva adelante los planes de esa Casa, junto a miembros activos y fieles, como el hermano Pere Camps.

Jaume evocó los lazos culturales entre Cuba y estas tierras, recordó la significación de aquella guerra y dio la bienvenida al que ahora redacta esta crónica urgente y querida.

A la proyección del documental siguió nuestro conversatorio para ampliar informaciones, subrayar los caminos por los que el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau ha dado a conocer la vida y la obra del cronista y, sobre todo, detenernos en los momentos actuales para evocar la vida intensa de Fidel, ese líder de dimensiones planetarias.

En ese punto se unieron, de manera simbólica y emotiva, los nombres de Pablo y de Fidel; entonces recordé aquella referencia sensible y emocionante que ahora comparto brevemente con ustedes, ya en los finales de esta crónica urgente.

En su serie periodística titulada “Realengo 18”, Pablo escribió a la altura del año 1934, sus impresiones sobre aquella zona de la geografía oriental de la isla cubana en la que bravos campesinos defendían, a capa y machete, las tierras que cultivaban con su sudor y eran codiciadas activamente por los grandes latifundios norteamericanos que se habían apoderado, tres décadas atrás, de la economía de la Isla.

En aquella intensa serie Pablo rindió tributo a la riqueza natural de esos parajes que entonces visitaba para conocer la realidad en que vivían sus indómitos habitantes. Y al calor del entusiasmo y la fascinación, escribió: “aquí, detrás de un caguairán, un solo hombre puede hacer frente a un ejército”. Pablo conoció esa verdad de labios de Lino, el recio dirigente campesino que encabezó la defensa del Realengo.

El capítulo siguiente de esa anécdota aleccionadora tiene su epicentro muchos años después, cuando Fidel Castro confesó, luego del triunfo revolucionario de 1959, que la lectura de aquel texto de Pablo había contribuido a esclarecerle definitivamente la importancia de la geografía serrana, con su vegetación exuberante, sus macizos árboles de caguairán u otras especies similares, para la concepción imaginativa y audaz de la guerra de guerrillas con la que finalmente el Ejército Rebelde derrotaría en los últimos días de diciembre de 1958 a la tiranía proimperialista de Fulgencio Batista.

Esas remembranzas, aquellas verdades, resonaron y flotaron en el aire de Camallera esta noche que les cuento, traídas por las imágenes sugerentes de un documental que continúa revelando verdades y alimentando sueños tan necesarios y bienvenidos en estos tiempos que corren.