Contribución de Rubén Darío, Miguel de Unamuno y Ángel Augier al estudio de Versos libres

El propio año de la aparición de Versos libres [1] el otro gran escritor que había dado el siglo XIX hispanoamericano se detiene por primera vez en el libro. Bajo el título de “José Martí, Poeta” [2]  Rubén Darío escribió cuatro artículos que aparecieron en La Nación de Buenos Aires entre abril y junio de 1913. En el periódico cita Darío fragmentos del prólogo de Martí a Versos libres: «“Amo las sonoridades difíciles y la sinceridad”. ¿No se diría un precursor del movimiento que me tocara iniciar años después? Estos versos fueron escritos en 1882, y han permanecido inéditos hasta ahora». O siente la grandeza, la relevancia del cubano dentro del Modernismo, y no puede acallar su reconocimiento unido a cierta desazón. Tampoco tarda en advertir que Martí en Versos libres hace innovaciones dignas de las que realiza en la prosa.
 

“Darío llamó al Apóstol de la Independencia de Cuba ‘Padre y Maestro’, y Martí le respondió: ‘Hijo mío’”.
Foto: prensa Latina
 

El acápite dedicado a Versos libres dentro del ensayo viene a ser un comentario embebido y asombrado de la lectura de los rebeldes versos del poeta cubano. Al tiempo que comenta los textos los va citando, para compartir la emoción con sus lectores —recuérdese que el artículo se publica en 1913 y que sin dudas su acercamiento hubo de constituir una de las primeras fuentes de promoción del gran libro martiano—. Para aludir a la cualidad irradiante y de excelsa elaboración de esta poesía utiliza una frase muy original y paradójica, pero muy a tono con los “endecasílabos hirsutos”: “Se pensaría en relámpagos de academia”. De “Amor de Ciudad Grande” dice: “Tiene el tono de las antiguas epístolas morales, mas con el tuétano contemporáneo”, con lo que devela el carácter transgresor de su poética, que une tradición y novedad, y que Martí plasma en verdaderos monumentos de la poesía castellana. Los apuntes de Darío son como fogonazos que ya prefiguran la esencia del libro ígneo: «“Estrofa Nueva”, en donde preconiza una poética atlética». Cuántas páginas luego, en más de cien años de lecturas anotadas sobre la lírica de Martí, para arribar a esta idea volcada por Darío en dos palabras.

No es una casualidad que hayan sido dos bardos los primeros en acercarse al libro excelso. Es verdad sabida que los mejores críticos de poesía son los propios poetas, pero una razón más raigal fue la que movió tanto a Darío como a Miguel de Unamuno a ensayar sobre Versos libres: los aciertos poéticos en el plano de la lengua y el sobre pasamiento de la elemental diacronía literaria. El relevante escritor español, cuya poesía recibe influjos de la lírica martiana, publica en 1914 un trabajo en El Heraldo de Cuba bajo el título “Sobre los Versos libres de Martí” [3], y es uno de los primeros en reconocer que estos son sus versos más íntimos, los más suyos, criterio que respalda Juan Marinello decenas de años después. La inusual fuerza de la expresión martiana, la cadencia del poemario descrito por él como “la recia sacudida [...] de ritmos selváticos” lo lleva a reflexiones interesantes donde asocia la forma de estos versos a la de otro grande de la literatura norteamericana y la poesía universal, Walt Whitman. Seguidamente, el importante escritor español se refiere a la íntima relación del sentimiento libre con la naturaleza del metro endecasílabo, y señala el afán autocaracterizador de muchos de los versos del poemario, el énfasis que manifiesta Martí en describir cómo es esta poesía que escribe. Unamuno termina su breve, pero sustancial artículo, reconociendo la especial cualidad de estos textos que no hallaban paralelo en la poesía laureada de aquella época, con lo que una vez más ponía y pone de manifiesto la falsedad de los salones literarios.

Luego de 30 años de silencio Ángel Augier publica su estudio “Martí, poeta, y su influencia innovadora en la poesía de América” [4]. El importante ensayo de Augier describe un viaje cronológico por la poesía del escritor cubano y dedica un acápite a este cuaderno, que por su singularidad comentaremos en nuestro estudio. Augier atribuye sabiamente a todo el libro martiano el apelativo que el poeta usa como metáfora de su poesía en “Académica”, poema pórtico del libro: “potro brioso”. En 1942 el ensayista esboza un criterio al que se opondrá Emilio de Armas muchos años después con su idea del poemario como ciclo: “Parece lo más lógico situarla —la obra—  con anterioridad a los versos sencillos, a pesar de que permaneciera inédita hasta cuatro lustros después de la publicación de estos” [5]. Como la mayoría de los estudiosos que se han referido al poemario, Augier hace mención a la maestría del prólogo: “Puede asegurarse que ningún poeta ha definido con tanta valentía cuanto exactitud su propia obra, como Martí la suya en el proemio de estos versos [...] se adelanta así al examen frío del crítico de laboratorio que gasta numerosas vigilias en remover toda la genealogía de una obra de pasión humana” [6]. Este texto constituye un embebido ensayo, delineado con el filo de la poesía, y el ojo sagaz de un crítico quizá en sus mejores momentos. Allí las ideas se eslabonan sin el giro brusco o denso del alarde filológico. El escritor recorre el libro martiano y se van comentando sus grandes momentos, más que sus grandes poemas, a veces series de pocos versos, que desnudan el camino y el signo del pensamiento de Martí.

 

Notas:
 
 [1] Versos libres, Obras Completas, Volumen XI, La Habana, Imprenta y Papelería de Rambla, Bouza y Compañía, 1913, intd de Gonzalo de Quesada y Aróstegui (1900-1919), 16 tomos.
[2] Rubén Darío. “José Martí, Poeta” en Antología Crítica de José Martí, Universidad de Oriente, Editorial Cultura, México, 1960, p. 267 – 296.
[3] Miguel de Unamuno. “Sobre los Versos libres de Martí” en Archivo José Martí. Volumen IV, número 11, La Habana, Enero – Diciembre de 1947, p. 7 – 9.
[4] Ángel Augier. “Martí, poeta y su influencia innovadora en la poesía de América” en Vida y pensamiento de Martí, tomo II, Municipio de La Habana, Colección Histórica Cubana y Americana, 4, La Habana, 1942.
[5] Ángel Augier. Ob. Cit., p.204.
[6] Ob. Cit, p.205.