Contra el cristal

¿Cuán conscientes somos de nuestros actos? Caminamos ciegos cuando nos impulsan nuestros sueños, cuando nuestra realidad es tan distinta a ese mundo donde todo es rosa y las historias terminan como todos queremos que terminen. Nuestro viaje es largo hacia esa tierra prometida, pero Danza Contemporánea de Cuba (DCC) ha parado su tiempo para dialogar desde la escena del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso.

Las funciones conformaron uno de los destinos seguros para los espectadores que desde el movimiento encuentran una verdad. La Temporada de Teatro Latinoamericano y Caribeño Mayo Teatral las acogió en su programación; también hicieron presencia las piezas Cenit, de Laura Domingo, y Matria Etnocentra, de George Céspedes, historias contadas a través del cuerpo, debatidas entre las frustraciones, las conquistas y las desgarrantes miradas del consumismo, capaces de convertir una identidad en una etiqueta de venta.

El telón cerrado anuncia la quietud, desde uno de los laterales irrumpe en silencio una pareja. A primera vista solo vemos un hombre con un vestido rojo, quien maneja a otro que simula ser un micrófono. Es posible no entender de qué se trata, sin embargo, bastan solo segundos para comenzar a desentramar los conflictos entre ese hombre de vestido rojo que canta en inglés y necesita ser escuchado, pero no todos hablamos en su lengua y no podemos establecer un diálogo. Aún así quiere sobrepasar las barreras del idioma y nos grita, su queja es una canción desde la cabeza del que simula ser su micrófono.


El Cristal, de Julio César Iglesias
 

Así se nos presenta la obra El Cristal, del coreógrafo cubano Julio C. Iglesias: desde la añoranza, la soledad, las frustraciones y el idioma. Su intercomunicador fue un hombre con vestido rojo, quizá su sueño es convertirse en uno de los artistas más importantes del panorama musical cubano, aunque nunca lo llegamos a saber.

El Cristal es una pieza que cuestiona la realidad circundante, un mundo que creemos nuestro esclavo y termina convirtiéndonos en marionetas de nuestro propio destino. La pieza, desde su poesía, convierte al hombre en un ser semejante a las aves cuando inician vuelo y su viaje es detenido por el cristal transparente que no pueden ver y las hace caer al suelo. Por eso vemos las precipitadas salidas de los bailarines frenadas por otros que los esperan como el cristal para detener su camino.

 Es una pieza que dialoga desde la fisicalidad —sello que ha caracterizado a la compañía desde hace algún tiempo— para proponernos una realidad traducida en imágenes de alto simbolismo, que muchas veces se vuelven difíciles de dilucidar ante una línea dramática que se pierde en ocasiones, dejándole solo espacio al movimiento.


El Cristal, de Julio César Iglesias
 

La necesidad de la palabra es eminente, constantemente se siente su ausencia porque el cuerpo es limitado, no puede traducir toda la información que el coreógrafo nos propone. Las escenas se alivian cuando el canto crea un balance entre el movimiento y la voz.

El diseño de luces a cargo de Fernando Alonso conjuga la idea de la puesta con nuestra realidad, una verdad que miramos distante. Este conforma un espacio entre lo real y lo mágico imposible de dividir, compuesto por una cuerda que solo la vivacidad del astuto creador es capaz de ponernos a jugar a sus anchas.

Quizá una playa llena de hombres y mujeres con gafas oscuras no es el escenario que soñó el hombre con vestido rojo para hacer derroche de su histrionismo, pero es la realidad que le ha tocado vivir y a la cual debe adaptarse.


El Cristal, de Julio César Iglesias
 

A pesar de no gustarle el coro, o entender que los cigarrillos no aportan nada a la idea de la escena porque tal vez la que se imaginó era la de un concierto en Viña del Mar o en la clausura de los premios Billboard, el show debe continuar y sus risas ocultan cualquier tristeza que le pueda rondar.

La pieza se nos hace recurrente en algunas de las temporadas de DCC, la escena es el reflejo de conflictos que constantemente están produciendo ideas. Los conflictos son los de una generación joven,  en su mayoría menor de 30 años. La validez de la puesta está dada por el trabajo de los bailarines —que luchan contra cualquier ley biológica y hacen del virtuosismo su lenguaje—, y por el diseño de luces y vestuario que se vuelven palabra para ubicarnos en la trama.

Cubanía y autenticidad se percibe en la escena, disímiles son los rostros que cuentan su verdad. Aunque vale acotar ¿por qué son tan largos los saludos?

La compañía continúa creando fuertes cimientos en su estética y defiende su manera de discursar. Las miradas pueden ser diversas, aun así demuestran que su verdad no es absoluta. La línea creativa varía según el coreógrafo, pero los bailarines seguirán siendo la voz de una historia convertida en danza.